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Pista
S alermo subió presuroso los tres pisos del instituto. Antes de entrar en la oficina de Hugo secó el sudor de su cuello con un pañuelo de papel que asomaba de su bolsillo y se arregló la camisa blanca del uniforme de policía, que se le había pegado al cuerpo.
—Maldito calor —masculló.
Hugo Muscatello, con un mechón de pelo que le caía en la frente, los hombros tensos y los ojos fijos en los monitores, parecía haber perdido peso.
Después del robo del óleo, había instalado cámaras de seguridad alrededor de todo el edificio.
Sobre el escritorio, dos grandes monitores permitían tener una vista global de los puntos de acceso y los salones del instituto.
La cortina, que anteriormente había tenido una función decorativa, tapaba la ventana y parte de un amarillento bonsái.
Salermo se acercó vacilante al escritorio, se retiró la gorra y la colocó sobre la mesa.
Hugo, con la mirada fija en los monitores, no pareció inmutarse con su llegada.
El teléfono sonó, largo y chirriante. Tampoco contestó, sino que extrajo del cajón unas pastillas blancas sin nombre, masticó dos de golpe sin molestarse en buscar un vaso de agua .
—¿La llamada de quién evitas? —preguntó Salermo.
Hugo contestó con una mueca.
Ambos se centraron en los monitores, en el ir y venir de los alumnos.
—Parecen hormigas —dijo Salermo sentándose en la silla—. ¿Quieres un café?
—Son insectos.
—Tengo noticias sobre los permisos de la Galería. —Salermo intentó animar a Muscatello.
—¿Sabes que hay volantes con el cuadro de Masseo por toda la calle del Ciompi? —dijo Hugo.
—Ha sido imposible no verlos —rio nervioso—. He retirado todos los que he podido. ¿Cuándo quieres reunirte? Te han convocado para entregar los permisos.
—Cuando encuentres el óleo. —Hugo clavó nuevamente la mirada en los monitores.
Salermo estaba acostumbrado a los impredecibles cambios de humor de Muscatello, pero esta vez parecía físicamente diferente: tenía los ojos hundidos y secos, estaba despeinado y la ropa parecía quedarle grande.
Hugo escrutaba las pantallas. Parecía haberse olvidado de que él estaba presente.
Tenía la boca seca y los labios partidos.
—Entré al piso de la chica —anunció Salermo.
—¿De la hija de Febres?
—Sí. —Sintió su cuello moverse en un espasmo involuntario. Un rayo de claridad pareció atravesar el casco de pensamientos de Hugo. Se acomodó el mechón de pelo y se recostó sobre el sillón—. ¿La viste?
Salermo, alentado por la reacción de Hugo, se apresuró en contestar:
—Sí, pero no estaba sola. —Salermo empezó de nuevo a sudar.
—¿Dices que no estaba sola? —preguntó Hugo .
—Estaba con un joven alto y fuerte, de pelo claro.
—El rubio es su cómplice —dijo Hugo rojo de ira.
—No me pareció prudente el enfrentamiento. Esperé a que se fueran y subí en busca del lienzo. Revolví toda la estancia y quebré alguna cosita para que nos recuerde.
—Supongo que no estaba el óleo.
Salermo movió negativamente la cabeza.
—¿Dónde vive?
—Cerca de aquí, en el ático del edificio de Carlo Mancini.
—¿Carlo Mancini, el viejo notario? —Hugo se levantó exaltado de su silla—. ¡Eres bruto! Empieza por allí. A Mancini le gusta hablar. ¿Qué averiguaste?
Salermo sudaba copiosamente.
—Mancini dijo que la última vez que la había visto viajaba a la abadía de Roble.
—¿Por qué Giulia Febres querría ir a la abadía de Roble? —Hugo puso ambos puños sobre la mesa y frunció la frente, concentrado.
—Hay un proyecto importante de la compañía El Pozzo en los terrenos de la abadía. Muchos se han trasladado a este pueblo por la demanda de trabajo. Quizás fue a una entrevista, porque regresó en la tarde.
—No, ella viajó para esconderse —dijo Hugo—. No mencionó tener familiares en Roble.
—No puede esconderse en la abadía, no le permitirían.
—Podemos averiguarlo —señaló con un movimiento de la mano.
Hugo activó las manos libres del teléfono de escritorio de tal forma que Salermo escuchó con claridad el tono de llamada.
—¿Hablo con el notario Carlo Mancini? —dijo Hugo con voz enérgica.
—Soy Carlo Mancini —contestó una voz gangosa en la línea .
—Señor notario, ¿podría usted ser tan amable de ser el receptor de un importante mensaje para Giulia Febres? —preguntó Hugo—. Es de crucial importancia que reciba el mensaje a tiempo.
—Un segundo, por favor, voy por un lápiz. —Se escuchó el sonido de una silla rodando—. Soy un hombre escrupuloso: dícteme exacto el mensaje.
Hugo se levantó de su silla y apretó los labios.
—¿Puede hacerle llegar hoy el mensaje?
—Por supuesto —dijo Mancini—, en cuanto me lo dicte se lo hago llegar. O, si prefiere, llámela en quince minutos, que la voy a buscar.
—No es necesario, por favor, anote esto: «Te espero hoy. En el pozo de la abadía del Roble. A las nueve de la noche. Trae el óleo».
—¿De parte de quién?
—Gracias, doctor Mancini.
Hugo cortó la llamada.
—¿Crees que eso funcionará? —preguntó Salermo.
Hugo tomó su saco.
—¿Te acompaño? —preguntó Salermo.
Hugo abrió el cajón del escritorio y tomó la pequeña Beretta de 9 mm, lomo de acero y cuerpo color negro azabache.
—Voy solo —contestó guardando el arma en el bolsillo del saco.