El secreto del lienzo 37
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Traslado

G iulia cortó el pan y armó unos bocadillos.

Serían buenos para el viaje que tenía pensado proponer.

Empaquetó el último cuando sonó el timbre de la puerta.

Eran Carina y Manolo. Carina llevaba un cordón sin atar del zapato y la abrazó con cariño.

Su pelo ensortijado olía a esa mezcla de insecticida y trementina del instituto.

—¿Qué te pasó en la cara? —Carina vestía una camiseta de Tom y Jerry.

Manolo pasó por delante de ella y dobló las rodillas a la altura de Giulia, inspeccionando el golpe.

—Es una historia larga —Giulia se soltó la coleta para tapar el golpe.

—¿De qué tipo de historia estamos hablando exactamente? —preguntó Carina.

Giulia hizo una seña invitándoles a entrar.

—¡Lo encontraste! —Manolo se acercó a su colchón en el piso, donde el lienzo estaba extendido, y luego se acuclilló. Su brazo era tan largo que desde la esquina alcanzó a rozar el daño de la pintura—. Parece que no fuiste la única golpeada .

—Qué gracioso —Giulia se puso roja del coraje.

—Esa marca —dijo Carina sin levantar la vista del óleo— se ve hiperreal.

La pintura alrededor del rasguño había tomado un tinte violáceo, produciendo un efecto de profundidad, como si fuera una cortada con hacha.

—Me gusta el efecto, parece partido a palos —añadió Manolo.

Carina se acercó aún más al lienzo. Lo observó con detalle y en silencio.

—No entiendo cómo lograste ese efecto con la pintura—murmuró, incorporándose—. Bueno, nos dijiste que necesitabas ayuda. ¿Por dónde empezamos?

—Primero —contestó Giulia—: por favor, ata el pasador de tu zapato.

—¡Ni lo pienses! Pídeme otra cosa.

Giulia la miró muy seria.

—De hecho, sí hay algo: ¿puedes preguntarle a Donna si tiene rojo cadmio? Pero no el que venden en la tienda, sino el que me regaló a mí. Es la única forma de arreglar el óleo.

—¡Oh, Giulia! Algunos en el instituto le han pedido tu rojo cadmio a Donna. Yo incluso acompañé a Ingrid cuando ella quiso comprar un bote. Donna dijo que no sabía de dónde había aparecido esa pintura y tampoco tenía idea de cómo conseguir más. ¿Y si intentas con otra pintura?

—Este rojo cadmio no acepta otra —Giulia puso las manos en jarras—. Es la pintura más extraña que he conocido en mi vida. No se mezcla. Si te das cuenta, no varía su tonalidad, solo el grosor y la textura.

—¿Dónde estaba el lienzo? —preguntó Manolo.

—Lo tenía Muscatello.

—¿Y por qué tenía Muscatello tu lienzo? —preguntó Carina .

—Eso mismo quisiera saber yo —contestó Giulia—. Por ahora solo tengo claro que no está muy contento con que yo me haya llevado la pintura del instituto.

—Hasta ahora nosotros lo hemos evadido, pero Muscatello pregunta todos los días por ti. ¿Quieres que te acompañemos a hablar con él? —preguntó Carina—. Seguro que debe de haber una explicación.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—No voy a regresar al instituto.

—¿Por? —preguntó Manolo con los ojos como platos.

—¿Y Milán? —preguntó Carina—. Es todo de lo que has hablado en los últimos meses.

—Voy a llevar el lienzo a Milán, pero necesito esconderlo un par de semanas, hasta la fecha de entrega. Creo que no está seguro en esta habitación.

Carina y Manolo recorrieron el pequeño espacio y luego intercambiaron una mirada.

—Giulia, quizás estás exagerando. No deberías dejar así el instituto, es muy difícil que le presten atención al lienzo sin el aval de Muscatello.

—No, no estoy exagerando.

Giulia les contó cómo se había llevado el óleo de la bodega en la oficina de Muscatello, y el espeluznante encuentro en la banca de los Novios.

—¿Cómo te zafaste de él? —Carina estaba lívida.

—Salió la gente del teatro. Yo supongo que quiso evitar un escándalo. Después de todo, tuve suerte.

Manolo meneó la cabeza.

—¿Qué quería contigo?

—Bueno, aparte de estar enojado porque me metí en su oficina, me dio la impresión de que quería recuperar el óleo .

—Lo dudo, Giulia. ¿Para qué querría un óleo? No debiste quedarte sola en el instituto hasta la noche. —La expresión de Manolo era sombría—. No te acerques de nuevo a él.

Giulia se mordió el labio, nerviosa.

—Pues no pienso que Muscatello vaya a extenderme ninguna recomendación. Lo mejor va a ser llevarme la pintura a otro lugar.

—¿Dónde lo vas a guardar?

—Fuera de la ciudad. Hay una abadía donde puedo esconderlo. Está en las montañas, a un par de horas de aquí.

—¿Por qué allí? —preguntó Carina.

—Es mejor que esté fuera de Florencia.

Carina le sostuvo la mano a Giulia.

—¡Bueno! —dijo Manolo—. A cambiar esas caras, me encanta la idea de ir a la montaña, este calor de la ciudad no me gusta.

—¿Tienen abrigo?

—No lo voy a necesitar —dijo Manolo—. El frío y yo somos invencibles. ¿Y estos bocadillos?

—Son para el viaje —dijo Giulia.

—Vamos a hacer un control de calidad. —Se zampó el primero de ellos.

Giulia le prestó un abrigo a Carina y empacaron el lienzo en el tubo de cartón.

Manolo bajó el tubo y tropezó en la escalera.

—Ten cuidado, por favor —Giulia casi lloraba.

—¡Tranquila! Tengo todo bajo control.

Carina suspiró ruidosamente.

Situada a diez minutos de la Catedral, entre un conjunto de anchas avenidas en las que desembocaban las apretadas callejuelas florentinas, se encontraba la estación más importante de la ciudad, la Stazione di Firenze Santa Maria Novella , o como anunciaba en su abreviatura el letrero celeste con gruesas letras blancas, Firenze SMN .

La bandera italiana ondeaba sobre la construcción limpia y, sobre todo, práctica.

Los trenes antiguos color verdoso se intercalaban con los trenes rápidos de última generación y reinaba el orden del reloj.

Dentro de la estación, el piso vibraba entre la oscilación de los vagones, las voces de los pasajeros y el rodar de las maletas.

Los transeúntes, contagiados del ritmo de la Stazione , bien apresuraban sus pasos embarcando en los trenes o caminaban pausadamente entre las tiendas y las estaciones de comida rápida.

Embarcaron en el tren. El tubo con el óleo no entraba en el maletero, y para evitar que molestara el paso, Giulia lo puso sobre un asiento desocupado frente a ella.

Allí permaneció durante dos paradas hasta que el encargado, un señor de pelo blanco y tez curtida, la amonestó por ocupar el asiento con equipaje.

Giulia lo puso a un lado y respiró tranquila cuando pudieron desembarcar en la estación de Roble sin mayores contratiempos.

En el pueblo todos conocían la abadía. Se encontraba rodeada por el bosque y los turistas podían acceder a ella de dos formas: la primera, y la popular entre los peregrinos, consistía en una caminata de unos cincuenta minutos desde el pueblo a través del bosque; la segunda opción era por la carretera, en auto.

Había que utilizar la carretera de los Apeninos Centrales, en la ladera opuesta de la región montañosa, rodeando el bosque.

Esta opción demoraba dos horas y media desde el pueblo de Roble a la puerta de la abadía, y debía pasar por la garita de control vehicular del Bosque Protector.

—Prefiero caminar —dijo Manolo.

—Yo también —contestó Giulia.

—Odio caminar. —Carina avanzó murmurando hacia el bosque.

Giulia nunca había estado en esa zona geográfica, pero la forma de los árboles con las hojas casi tocándose entre ellas, el sonido de las golondrinas y el piso mullido se le hicieron familiares .

La abadía se asentaba sobre la falda de la montaña y, vista desde el carretero, se distinguían sus techos de teja oscura entre las copas de los árboles.

Estaba cercada por un muro de piedra con símbolos tallados, que la convertía en una fortaleza de gran altura.

Una gruesa puerta de madera asegurada con metales en sus extremos cerraba la entrada de la abadía.

Fray Moreto, un fraile grueso como un buey, fue quien los hizo pasar. Lo acompañaba un perro ovejero, muy interesado en agarrar los cordones del zapato de Carina que golpeaban el piso.

—¡Fuera de aquí, Firulais! —lo amonestó Carina.

Dejaron el lienzo y sus mochilas en una sala que tenía una confortable chimenea y algunos libros. Manolo y Carina discutieron por el último bocadillo.

—Pronto les daré de comer —dijo el fraile.

Eso pareció poner de buen humor a Carina y dejaron de discutir. Incluso el perro se recostó y golpeó su cola contra el piso.

—Joven Giulia —preguntó con amabilidad fray Moreto—, ¿te llegaron las cartas?

—Sí, me llegaron, fray Moreto. Gracias por enviarlas.

El fraile los llevó a la parte central de la construcción donde se encontraba la capilla, sostenida por columnas de piedra igualmente talladas, con un altar de mármol en su interior y adornada por descoloridos frescos de la Edad Media, y luego al sótano donde se encontraba la reliquia.

—¿Qué tienen allí? —Manolo puso ambas manos contra los barrotes y metió la cara, tratando de distinguir.

—Es nuestra reliquia —contestó el religioso—. En el siglo xiii , cuando estaba iniciando nuestra orden, un ángel golpeó la puerta de entrada de lo que en ese entonces era una ermita.

Giulia escuchó la explicación de Fray Moreto.

—Entonces —dijo Carina—. ¿Es una madera lo que hay allí ?

—Sí, una parte de la puerta que tocó el ángel.

Giulia y su comitiva regresaron a la biblioteca.

—Fray Moreto, tengo un lienzo de Masseo de Marignano —dijo Giulia—. ¿Puedo guardarlo aquí? Solo un par de semanas hasta que lo pueda trasladar.

Giulia abrió el lienzo para que fray Moreto pudiera apreciarlo. Carina y Manolo lo sostuvieron por las esquinas superiores.

—Por supuesto, esta es su casa. Masseo de Marignano era uno de los preferidos de san Francisco por su forma de hablar amigable, por su porte y prudencia.

Además, tenía el arte de protegerlo de indiscreciones cuando se hallaba en oración.

Lo que me ha llamado la atención es que lo has retratado de unos cuarenta y cinco años, cuando el único retrato que he visto de él era de mayor. ¿De dónde copiaste ese retrato?

—Se podría decir que prácticamente lo tuve de modelo. —Luego lo pensó un poco—. Entonces, ¿Masseo no murió joven?

—No, todo lo contrario, como de ochenta años.

—Qué bien —dijo Giulia.

Fray Moreto lo dejó sobre una inscripción en la pared que decía «Cuando en una cosa se encuentra todo bien, no conviene mudar. Masseo de Marignano».