El secreto del lienzo 36
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Precauciones

U n viento helado bajaba desde los Pirineos hasta la abadía de Roble.

Las corrientes de aire frío podrían secar la masa de pan o ralentizar el proceso de fermentación, así que fray Moreto cerró cuidadosamente las ventanas y la puerta de la cocina.

Levantó el trapo de lino que cubría las porciones y aspiró el cálido olor a levadura.

Las piezas blancas y elásticas espolvoreadas con harina, pronto llegarían al momento justo de su generosa fermentación.

Abrió la portezuela del horno de piedra que previamente había encendido. Las llamas dentro del hornillo se alzaban con altura y danzaban calladas, desprendidas de los troncos de madera.

Fue cuando llamaron a la puerta. Fue como un temblor, el viento abrió las ventanas y el fuego dejó de respirar hasta casi desaparecer. El llamado potente retumbó en cada centímetro de la cocina.

Moreto cerró la escotilla del horno, trabó las ventanas y salió de allí. En el patio central se topó con el grupo de novicios de la abadía, quienes habían abandonado sus estudios debido al inusitado llamar de la puerta.

—¿Quién llama así? —escuchó que se preguntaban.

Moreto siguió su camino dejando al grupo de novicios, en dirección a la puerta de entrada. Un segundo llamar de la puerta, tan poderoso que pareció recorrer hasta las raíces de los árboles de la abadía, se escuchó frente a él. Fray Moreto abrió la cerradura con mano temblorosa.

Era un joven bien parecido, vestido en una leva de viaje, el pelo claro le cubría ligeramente las orejas, llegando hasta la mitad del cuello.

Moreto buscó con la mirada el objeto contundente con el que había golpeado la puerta. Pero el peregrino no cargaba ningún bolso. Sus manos caían relajadamente sobre la leva de viaje.

—¿Por qué has tocado así la puerta, peregrino? —preguntó fray Moreto intrigado.

—Tengo asuntos urgentes que me llevan con prisa, fray Moreto —contestó con voz enérgica, sin acento.

Un rayo de luz atravesó los árboles, cegando a Moreto, quien alzó la mano para cubrirse. No reconoció al peregrino que lo había llamado por su nombre. Estaba cada vez más consternado.

—El Señor te dé la paz —contestó Moreto, haciéndole paso hacia el patio interior. Recibe el saludo de nuestra comunidad, los Frailes del Bosque de Roble, que desde hace ocho siglos custodiamos la riqueza espiritual que alberga esta morada.

El peregrino ingresó a la abadía. Fray Moreto señaló el lateral izquierdo y empezó la explicación acostumbrada: «Aquí tenemos la biblioteca y el comedor; por este patio nos dirigimos directamente a la capilla». Caminaron un tramo hacia el patio central.

—Si necesitas descanso, en el lateral derecho, detrás de los árboles, podrás distinguir la estructura de dos pisos compuesta por veinticuatro habitaciones, doce de las cuales están destinadas a los peregrinos.

En la parte posterior se encuentra la cocina, los viveros y el huerto, donde elaboramos nuestro propio vino y aceite.

—Conozco cada piedra de la abadía —contestó el joven con el mismo aplomo con el que sonaron las puertas .

—¿A qué te refieres, peregrino?

Caminaron por las estaciones del Vía Crucis, los jardines, la cocina, la huerta.

Moreto había recorrido innumerables veces aquellos caminos, pero esta vez tuvo la sensación de que el tiempo se detenía, que los pinos y las flores silvestres soltaban un dulce aroma y que la luz del atardecer los acompañaba en sus pasos.

Cuando finalmente llegaron a la antigua capilla, sintió el corazón agitado y alegre.

El joven, que entró primero, hizo una genuflexión sobre la rodilla izquierda e inclinó el pecho extendiéndolo hacia delante hasta casi tocar el piso.

—Llévame al subterráneo —pidió el peregrino. Sus ojos brillaron con alegría.

—El acceso al subterráneo está en la parte externa de la capilla. Allí guardamos la reliquia de la abadía —explicó fray Moreto—. Dime, peregrino, ¿cómo debo llamarte?

—¿Por qué quieres saber mi nombre?

—¿Y cómo puedo dirigirme a ti, si no es por tu nombre?

En el patio, frente al acceso del subterráneo, se hallaba el abad Cristóforo junto con uno de los aprendices. Recitaban la oración del Regina Coeli cuando el abad se dispuso a recordarle al aprendiz las normas para los peregrinos:

—El reglamento es estricto: un recorrido por la abadía, una comida y una noche.

Aunque hablaba con el aprendiz, Moreto tuvo la sensación de que el abad Cristóforo se dirigía a ellos.

Junto con el peregrino, bajaron los seis escalones de piedra viva hacia el subterráneo, cubierto de piso a techo con la misma piedra húmeda de la escalera, hasta llegar a la celda rodeada de barrotes y vidrio donde se encontraba la reliquia.

El abad Cristóforo los siguió hasta el sótano.

Bien conocía fray Moreto lo celoso que era el abad Cristóforo con la reliquia de la abadía de Roble y, en ese momento, le bastó ver su paso apresurado para saber que al abad le había disgustado que ingresaran a esa hora de la tarde al subterráneo.

Se detuvieron frente a la celda. La luz cenital brillaba sobre el cojín morado donde descansaba el fragmento de madera.

—¿Por qué está tras barrotes? —preguntó el peregrino.

—Es por seguridad —contestó el abad Cristóforo.

—Si lo ves con atención, puedes distinguir el fragmento de madera, sobre el cojín morado, en el centro de la celda —explicó fray Moreto—. Perteneció alguna vez a la puerta de entrada de esta abadía.

El peregrino había permanecido de pie. Tenía los hombros hacia atrás, la frente inclinada y la mirada fija en la reliquia. A Moreto le recordó cuando él era un niño, sentado frente al fuego de la caldera en un día de invierno, recibiendo el calor en la cara.

—Debe estar a la vista de todos —ordenó el joven—, no oculta en una celda.

Moreto, inquieto, miró al abad Cristóforo.

—Solo el vicario puede autorizar tu petición —contestó el abad Cristóforo con disimulada enervación.

—¿Dónde lo encuentro? —preguntó el joven sin inmutarse.

—Llega al pueblo mañana —dijo Moreto sin reparar en la mirada fulminante del abad Cristóforo—. Vive a un lado de la iglesia del pueblo.

El peregrino solicitó pasar esa noche en la abadía, petición que Moreto acogió con gusto. Los demás visitantes abandonaron la abadía antes del anochecer.

A la mañana siguiente el fraile Moreto se levantó antes del amanecer.

Sintió que las oraciones matutinas, dirigidas a santificar la mañana, le llenaban el corazón.

Limpió la cocina y caminó hacia los árboles de olivo, el aroma de los frutos rojos sobre la tierra arcillosa y fértil se mezclaba con el olor de las especias del huerto donde solía parquear el único y muy apreciado vehículo de la abadía: un Fiat del noventa y cinco.

El tintineo de las llaves en el bolsillo de su sotana alertó a Pastor, quien se le unió a buen trote.

El perro, dispuesto a colarse en cuanto se abriera la portezuela del vehículo, mantenía las orejas erguidas y se detenía impaciente, a medida que se aproximaban al vehículo.

—¡Moreto! —escuchó tras él.

Era el abad Cristóforo, quien acostumbraba a dirigir a los frailes en su día marcado por las oraciones, que eran el principio y el fin de su jornada.

Se levantaba antes de la aurora para orar, asistía al oficio del amanecer y antes del desayuno celebraba la eucaristía para ofrecer los trabajos físicos o intelectuales de la mañana.

A fray Moreto le costó cerca de cinco años que el abad Cristóforo aceptara que él, a diferencia del resto de la comunidad, debía empezar su jornada en la cocina, puesto que debía preparar el pan, el desayuno y las hostias que serían consumidos a primera hora por los monjes y huéspedes.

A pesar de sus diferencias llevaban una buena convivencia pues, después de todo, compartían su amor a la orden.

El abad Cristóforo, además de velar por la vida espiritual de la abadía, llevaba las comunicaciones con el vicario. Seguramente tenía alguna encomienda ya que desde que le habían diagnosticado artrosis de cadera no solía frecuentar la zona de los huertos.

—¡Espera! —le gritó nuevamente, extendiendo con torpeza las piernas largas y huesudas.

Moreto lo observó sorprendido. No había visto nunca correr al fraile Cristóforo, era inflexible con respecto a demasiadas normas, como por ejemplo no correr.

—No está el joven de ayer —dijo sin aliento el fraile Cristóforo.

—¿Cuál joven? —preguntó Moreto reprimiendo una carcajada ante la imagen del abad Cristóforo: tenía los ojos desencajados por el esfuerzo y se había recogido el faldón para correr, mostrando unas medias blancas corridas sobre zapatos de vestir.

—El que exigió exponer la reliquia.

Ahora que lo recordaba, tampoco había visto al joven peregrino en el desayuno .

—¡Ah! Quizás salió —contestó Moreto, intentando calmarlo.

—¿Será que fue en busca del vicario? —preguntó Cristóforo rascándose la cabeza.

—Quizás —contestó con ligereza Moreto.

—¿Y tú crees que el vicario le autorizará a exponer la reliquia? —replicó Cristóforo apretando nerviosamente las manos huesudas—. Está bien eso de que debemos acoger a todos, pero estaba demasiado interesado, es un joven fuerte. Si decide llevársela, ni entre todos lo detenemos.

Moreto repasó la escueta figura del fraile Cristóforo: aunque provisto de un grueso abultamiento en su parte media, sus brazos y piernas parecían romperse. La imagen de Cristóforo corriendo por el bosque tras el joven lo hizo estallar en una sonora carcajada.

—¡Pero qué cosas dice, abad Cristóforo!

—Piensa, fray Moreto, no es normal. Sabía exactamente dónde estaba la reliquia.

—Quizás ya había estado en la abadía —contestó dudando fray Moreto.

—Sí, eso dijo exactamente, que ya había estado en la abadía, lo que tiene aún menos sentido. Ninguno de nosotros había visto antes a ese joven y llevamos años aquí. Además, ¿por qué quería que abriéramos la reja?

—Pues tendrá que decírselo al vicario si quiere obtener el permiso.

—¿Pero tienes que salir hoy?

Pastor, quien se había tumbado a su lado, alzó la cabeza.

—Sí, tengo: no tenemos mantequilla —contestó Moreto.

El abad Cristóforo hizo una mueca y renqueando se dirigió a la capilla.

—¡Esta situación —gritó de espaldas a él— no debe de tomarse a la ligera! Como siempre lo he hecho, buscaré la forma de proteger la reliquia de la amenaza que la acecha.