35
Noveno Pergamino
Queridísima hermana:
Sé que tu salud está muy deteriorada (sigues enfermándote en cada invierno), y que tu estado te impide caminar.
¡Ánimo! Encontrarás junto a este pergamino un pedazo de madera: es parte de la puerta de nuestra ermita golpeada por el mismísimo ángel del Señor.
Por ahora, es el único pedazo de madera del que puedo dar fe de su autenticidad.
El resto de la puerta ha desaparecido. Al hermano Francisco no le quitan la paz este tipo de asuntos, pero te soy sincero, yo me apené bastante. Permíteme contarte la historia:
El mismo día y hora en que el ángel del Señor nos había visitado años atrás, tocaron a la puerta.
Yo tenía muy presente la fecha y me apresuré en abrir.
Aunque este era un llamado tímido, sentí una emoción indescriptible y cuando abrí encontré a un ciego arrodillado, pidiendo a gritos a Dios y la Virgen que lo curen.
Una venda gris le cubría los ojos, parte de la ropa caía en jirones, estaba descalzo y con heridas en el rostro y las manos.
Se levantó y desenvolvió la venda que le cubría los ojos con lentitud.
Luego empezó a llorar. «Puedo ver», los ojos agradecidos me traspasaron, «veo perfectamente».
Era un terrateniente del norte, fue el único heredero de una gran tierra, y brindaba protección a varias familias de Perusa.
Rezaba fervorosamente, pues cada vez iba perdiendo más la visión.
La enfermedad empezó en su adolescencia, veía sombras y además no podía controlar el enfoque de la visión, el movimiento ocular le producía terribles dolores de cabeza, y aquellos ojos bailando en sus córneas llenaban de espanto a quienes le acompañaban.
Su situación empeoró hasta tal punto que prefirió usar una venda y descansar la vista, ya que solo le llegaban imágenes difusas.
Rezaba incansable pidiéndole a nuestra Madre recuperar la vista.
Con la primera nevada sintió la inspiración de venir a nuestra ermita.
Al principio pensó que eran imaginaciones suyas causadas por la desesperación de no ver.
Pero decidió confiar y realizar el peregrinaje.
Sus allegados trataron de que desistiera, pues era un viaje peligroso, más aún para un ciego.
Pero no lo hizo; caminó por meses hasta dar con nosotros. Dijo que al tocar la puerta se sintió caliente, como afiebrado, y que ese calor le descansó los músculos hasta llegar a la vista. Luego, muy ligero. Los dos, maravillados, nos arrodillamos allí mismo y agradecimos a nuestro Dios.
Pasó con nosotros esa noche, en la que no descansó de alabar a Dios, y regresó al día siguiente a Perusa, sin la venda en los ojos.
Debe de haber sido un terrateniente muy conocido, pues muchos se sorprendieron de verlo con la vista buena, y nos preguntaban por él.
Nosotros les narrábamos los hechos tal cual te los estoy narrando a ti, querida hermana.
Pocas semanas después nos dimos cuenta de que la puerta de la ermita estaba siendo astillada, hasta que una noche un grupo de mercenarios arrancó la puerta, la trocearon y repartieron sus partes en los morrales de sus caballos.
Yo me sentí apenado luego del suceso, y recorrí el sitio buscando, aunque sea, una astilla.
Encontré este trozo que había quedado atrapado en el herraje.
Entrega esta última astilla a tu convento, que es el mejor sitio para este humilde pedazo de madera tocado por el ángel.
Pediré fervientemente para que te mejores con tanta rapidez, que nadie dude de que ha sido voluntad de Dios.
Tu maravillado hermano,
Fray Masseo.