El secreto del lienzo 34
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El hospital

D espertó sobre la misma camilla metálica en un oscuro cubículo individual.

La mano, apretada en una venda elástica, se negaba a responderle.

Una luz tenue se filtraba por la puerta entreabierta y un murmullo ocasional llegaba desde el pasillo.

Tenía un sabor a hierro en la boca. La cabeza le daba vueltas y se sentía vulnerable y confusa; a pesar del frío, empezó a sudar.

Le raspaba la espalda el colchón plástico y el dolor de la muñeca le pinchaba por el antebrazo hasta el hombro.

Cerró los ojos y se colocó boca arriba, buscando descansar la extremidad.

—Tengo frío —murmuró en voz baja.

Sintió una colcha gruesa sobre el cuerpo. Abrió los ojos. La luz era escasa y solo alcanzó a distinguir una figura.

—¿Es el doctor? —preguntó Giulia.

—No —contestó una voz masculina.

Su tamaño y formas pausadas la inquietaron.

—¿Quién es usted? ¿Viene de parte de Hugo?

—Definitivamente no.

Entonces lo reconoció. Se incorporó de un golpe de adrenalina en la cama, olvidándose de cualquier dolor .

—Lucca, ¿en serio eres tú? ¿Cómo me encontraste? Ni siquiera yo sé dónde queda este hospital. Ah, ya lo descubrí. Eres una alucinación. El doctor cree que tengo una enfermedad mental.

—El doctor está en un error. —Lucca permaneció al lado de la camilla. En la penumbra no podía distinguir sus facciones.

—Espero que tengas razón.

—La tengo.

—Quisiera preguntarte algo —Giulia titubeo—: ¿conocías la bodega donde Hugo escondía el lienzo de Masseo?

Silencio.

—¿Sabías que él había tomado el óleo? —Otra vez silencio. Parecía una montaña impenetrable—. ¿Hubieras podido impedir que Hugo me lastime? —Giulia casi lo gritó.

—Ishsha —murmuró Lucca.

Giulia se ablandó al notar su tono dolido; por primera vez desde que lo conocía su voz sonaba triste. Dio un suspiro.

—¿Por qué pasó esto?

—Para qué, Ishsha. Eso es lo que debes preguntar.

—¿Para qué? —repitió Giulia sin comprender. Trató de acomodarse en la camilla, pero el dolor de la mano le cortó el aire—. Pues ya no importa. El lienzo se raspó, no lo puedo reparar sin la pintura original.

Recordó cómo había perdido el último litro de rojo cadmio, absorbido por la tierra hasta desaparecer frente al zapato de Hugo.

Una vez que la pintura termine de secarse, no sería posible igualar el tono.

Pero había mentido, sí le importaba el lienzo.

Y el óleo, en su departamento, era fácil de encontrar para Hugo.

—¿Las traducciones de los escritos de Masseo están en la abadía de Roble?

—Todas ellas.

—¿Es lejos? —preguntó Giulia .

—Queda en el bosque de Roble —contestó Lucca—. Hacen buen pan allí.

—¿Pan? —preguntó, desconcertada.

—Son dos horas al este. —Lucca, en la penumbra, parecía muy alto.

—¿Puedes leer mi mente, saber lo que pienso? —preguntó Giulia.

—No, no puedo.

—El óleo estaría más seguro en la abadía, pero mi mano está rota, o doblada, o algo parecido.

—Ishsha, ¿quieres ir a la abadía?

—Aunque quisiera no creo que pueda, cargando el óleo dos horas al este.

Estaba cansada, quería recostarse.

—Me gustaría que se cure la mano —y expresó su mayor temor—, quizás no pueda dibujar.

Con una suavidad que ella nunca había experimentado sintió cómo le retiraba la venda pausadamente; la piel le picaba.

Le rodeó la muñeca, dejándola que descansara con la palma hacia arriba.

Giulia sintió un calor en la mano, que se extendió hasta sus dedos, muñeca y antebrazo.

Sintió todo el cuerpo caliente, como afiebrado.

Luego se sintió ligera, como si ella fuera agua que hervía hasta alzarse como vapor.

—Ahora puedes dibujar. —Su voz grave atravesó la oscuridad, en lo que parecía una afirmación más que una pregunta.

—Sí, estoy mejor. —Si Lucca era un personaje de su imaginación, pensó, ¡qué bien que sentía tenerlo cerca! Le hubiera gustado tener un poco más de luz poder distinguirlo con claridad. Se le cerraban los ojos del sueño, acomodó la almohada y se recostó.

—¿Eres una alucinación?

—No, Ishsha.

Despertó con el ruido del turno de enfermería. Lucca seguía a su lado. Una enfermera de labios fruncidos había prendido la luz y estaba parada frente a ellos .

—¿Quisiera algo de tomar?

Giulia iba a contestar cuando cayó en cuenta que no se dirigía a ella. Lucca negó con la cabeza.

—Hay café en el pasillo —insistió con una sonrisa—. Yo estaré afuera.

La enfermera salió por la puerta.

—¿Todos pueden verte? —preguntó Giulia, aliviada de no tener una de esas enfermedades mentales—. Y ¿por qué te ofrece café?

Lucca la miró sin responder, pareció divertido con el repentino malhumor de Giulia.

—Ishsha, ¿por qué no me ofrecerían café?

Giulia se puso la almohada en la cara y entró de nuevo en un profundo sueño.

—Levántese.

La orden pronunciada con aspereza levantó a Giulia desde un sueño tan profundo que sintió que viajaba en espiral hacia la realidad.

Se incorporó sobre la cama metálica, que chirrió protestando, abrió los ojos con dificultad y se topó con el doctor cara de tortuga.

La enfermera de labios fruncidos y zapatos blancos sostenía una bandeja metálica con instrumentos.

—¿Me recuerda? —El doctor sujetó la cabeza de Giulia y abrió el párpado golpeado.

—Sí, claro. —Enojada por la brusquedad del movimiento, se apartó del hombre.

El médico tomó su muñeca y la movió de un lado al otro. Luego pidió las radiografías a la enfermera que estaba a su lado y las alzó contra la luz.

—Parece que cometieron un error en el departamento de imágenes —dijo, enojado—. Esta radiografía muestra la articulación dislocada y su muñeca está tan sana y fuerte como la de un boxeador.

La enfermera puso a un lado la bandeja y revisó la documentación. Giulia movió los dedos de la mano .

—Se siente bien. —Recordó la extraordinaria suavidad con la que Lucca le había acomodado la muñeca—. Y no se equivocaron en el departamento de imágenes —afirmó Giulia.

El doctor la miró con una expresión cansina. Fue con esa misma mano con la que Giulia firmó el papel verdoso que decía «Alta voluntaria» en tres copias.

—Entregue el documento en la salida —le dijo la enfermera mientras le cortaba la banda plástica de la muñeca.

—¿Tomaron café? —preguntó Giulia, refiriéndose a Lucca.

—Sí, tomamos café ayer en la noche. —Su rostro se ablandó y los labios parecieron perder su forma fruncida—. Luego se fue. No ha regresado hoy.

—¿Me dejó algún mensaje?

—No, lo siento.

Giulia salió del hospital. Era casi mediodía, el ambiente estaba cargado de humedad.

Tenía el pelo revuelto, el pómulo hinchado y lodo seco en las rodillas de su pantalón.

Al fin llegó al edificio de la línea rosa y entró rápido, hasta llegar al tercer piso donde perdió fuerza.

Dejó el bolso y el abrigo sobre la escalera un buen rato; luego tomó sus pertenencias y reanudó su marcha hasta su ático en el sexto piso.

Al llegar, se dirigió directamente al óleo de Masseo: la pintura era demasiado reciente para guardarla enrollada, así que seguía extendida sobre su colchón.

Revisó los bordes de la tela, que se había visto obligada a cortar para separar el marco y poder enrollarlo.

Suspiró complacida: los bordes no se habían corrido; si no fuera por aquella imborrable marca en la puerta del fondo, el óleo estaba impecable.

Le inquietaba terriblemente que Muscatello encontrase su piso y se lleve el lienzo.

También le asustaba que la encontrase a ella.

Abrió el refrigerador y tomó de corrido tres vasos de agua.

Se detuvo frente a la vista del Ponte Vecchio revestido en colores claros esa mañana. El río Arno brillaba resuelto bajo su sombra. Una camioneta blanca y tres pescadores se distinguían en su orilla .

La agresión de Hugo le dolía más allá de lo físico.

Había guardado la esperanza de una explicación razonable sobre el óleo escondido en la oficina del director.

Hugo siempre había sido más amable con ella que con el resto de los estudiantes, y en el fondo ella pensó que existía una tácita complicidad con él.

Ahora, estaba claro que esa confianza no había sido mutua.

No podía regresar al trabajo ni al instituto.

Se alejó de la ventana y bajó al piso inferior, donde estaban los baños, y dejó que una larga ducha se llevara el lodo, el olor del hospital, y suavizara el recuerdo de Hugo.

Cerró el agua de la ducha. Dentro de dos semanas, la Galería de Milán aceptaría los trabajos que competirían en la nueva exposición.

Era un concurso abierto y ella estaba en derecho de entregar el óleo.

Decidió que llevaría el lienzo sin el aval del Instituto Muscatello.

Lo que no sabía era cómo reparar el cuadro sin el rojo cadmio.

Sacudió el pelo mojado y el crujido en su estómago le recordó que necesitaba comer.

¡Qué hambre que tenía! Llamaría a Manolo y a Carina, ellos siempre estaban disponibles cuando de comida se trataba, podría ir con ellos a esa abadía, donde escondería el óleo, por lo menos por ahora.