33
En el parqueo
E l taller de arte abstracto había sido intenso.
Giulia tomó por enésima vez el compás, parpadeó varias veces evitando la sequedad en los ojos y trazó círculos entre líneas geométricas.
El compás tenía la punta ligeramente doblada e hizo un movimiento irregular con el trazo.
Finalmente dejó el lápiz a un lado y se irguió frente a la lámina.
No podía concentrarse. Estaba nuevamente pensando en el calendario: un día menos.
Pensaba en la reacción de Hugo Muscatello cuando cayera en cuenta que faltaba el óleo; pensaba en Milán; pensaba que ya no tenía ahorros para pagar el ático si salía del trabajo de la máquina dispensadora.
Pensaba que tendría que regresar a la isla de Apalagos, donde su tía, y trabajar en las minas.
Sintió ganas de llorar cuando un dedo sobre su cara la hizo saltar hacia atrás.
—¡No te asustes! —anunció Manolo—. ¿Tan feo soy?
—Solo me tomaste desprevenida —Giulia se enderezó con la nariz en alto.
—Está bien —contestó él, quien parecía divertido después de casi haberle producido un paro cardíaco—. ¿Quisieras ir al teatro? Hoy estrenan Anatomia di un omicidio .
—¡Oh, no! Créeme, eso del homicidio es lo último que quiero ver.
—Tengo hambre… ¿Quisieras ir a comer? —preguntó Manolo.
—Recién son las cuatro. ¿En serio ya tienes hambre? —preguntó Giulia.
—Un poco —contestó, llevando la mano al estómago—. Seguro que ya han abierto la pizzería.
—Yo los acompaño —gritó Carina, moviendo alegremente su melena revuelta.
—¡Al fin! —contestó Manolo, tomando a Carina por la mano—. Alguien que sabe comer en este lugar.
—¡Vamos ahora! —dijo Giulia —. Tengo una última clase con Monti en una hora.
Se despidió de Carina y Manolo en la pizzería, luego regresó al instituto para tomar su última clase y completar los pedidos de la máquina dispensadora.
Eran más de las diez de la noche cuando salió por la puerta lateral del instituto. Llevaba en su bolso de tela el último litro de rojo cadmio. El bote estaba casi vacío, pero ella esperaba que la cantidad fuera suficiente para reparar la pintura raspada en el óleo.
Tuvo cuidado de revisar las paredes y el piso, puesto que habían encontrado un par de murciélagos muertos en el parqueo y no quería pisar o que le cayera encima alguno.
Era una noche fría, el farol alumbraba débilmente el pavimento y los capós de los coches.
Giulia pensó que parecían tumbas dormidas.
El aparcamiento que compartían el instituto y el teatro estaba lleno debido al estreno de la obra.
Reconoció el auto negro de Hugo, de bordes y formas cuadriculadas.
Sus dimensiones eran superiores a los pequeños automóviles que se usaban en Florencia.
Sintió una tensión en el cuello y, antes de decidirse a atravesar el aparcamiento, abrazó el bolso de tela que tenía el pomo con la preciada pintura roja, manteniéndolo firme contra el cuerpo.
En el fondo del parqueadero estaba el arco hacia la calle.
Avanzó unos cuantos pasos y distinguió debajo del árbol de avellano una sombra sentada en el banco de fierro de los Novios.
Era Hugo. Ligeramente encorvado hacia delante, llevaba el saco abierto y se distinguía el chaleco interior del traje.
—Giulia. Ven. Siéntate —dijo Hugo. La palma de la mano golpeó sobre la banca y el sonido vibró en eco.
Giulia caminó despacio, una ramita seca crujió bajo sus pies. La salida hacia la calle estaba a tan solo unos pasos, que en ese momento parecían infranqueables.
—¿Qué haces a esta hora en el instituto? —preguntó Hugo—. Las clases terminaron hace algún tiempo y ya no queda nadie, ni siquiera Vicenzo.
—¿La hora? —repitió confusa—. Se me hizo tarde por los pedidos de la máquina dispensadora.
—Siéntate —dijo secamente Hugo. La palabra se condensó en un humo visible en el frío.
Giulia se sentó y sintió el fierro frío de la banca en las piernas.
No apoyó la espalda. Después de un silencio incómodo, observó de reojo el cuerpo rígido del director: una mirada perdida surcaba su rostro blanquinoso, partido por un mechón de pelo oscuro, en una expresión que ella interpretó como iracunda.
Se quedaron sentados mirando el parqueo y la solitaria luz del farol.
Giulia sintió su garganta seca y tragó con dificultad.
Anheló que el director, como en algunas ocasiones le había visto hacer, diera una explicación sobre los matices del negro, iluminados por el farol o sobre el material que usaría para reproducir el metálico brillo del auto.
Hugo permanecía con la mirada perdida y oscura.
Esa noche no era la del hombre zalamero que ella conocía, al que le brillaban los ojos con sus pinturas.
No soportó el silencio y las palabras le salieron atropelladas.
Empezó a hablar sobre los tonos que ella usaría para el color metálico del auto.
El director permaneció callado y no la interrumpió con correcciones como solía hacerlo cuando escuchaba a alguien hablar de arte.
—¿Sabes, Giulia, por qué nadie se mete conmigo?
Hugo le hablaba con un tono autoritario, y ella comprendió que había cometido un error al sentarse allí. Apretó el bote de pintura entre sus manos.
—No —acertó a decir con voz trémula, y luego, como reflexionando, añadió: —Usted es el director.
Hugo creció en el asiento, sus brazos se encorvaron como tomando fuerza, y el abrigo formó ángulos rectos sobre los hombros.
—Nadie se mete conmigo porque yo no los dejo. —Su tono era agarrado, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo—. ¿Crees que puedes entrar a mi oficina y a mi bodega? ¿Abrir mi puerta y husmear en mis cosas?
—¡Era mi cuadro! —gritó ella en un repentino impulso—. ¿Por qué lo había tomado?
Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió el golpe en la cara.
Fue tan violento que su cuerpo siguió la inercia y rebotó contra la banca de hierro, haciéndole perder el equilibrio.
La banca sonó estrepitosamente debido a la sacudida del metal contra el bote de pintura que ella llevaba entre las manos.
Se sostuvo con la mirada en el piso mientras sentía el latir en la cara y el sabor a sangre en la boca.
La bolsa y el bote cayeron debajo de la banca. La tapa de la pintura se abrió, esparciendo el líquido oscuro. La pintura rodó en cámara lenta hasta que se detuvo en la tierra blanda, que la absorbió con la misma carencia, justo al lado del zapato recién lustrado de Hugo.
El hombre se agachó, le cogió con fuerza la mano y la retorció. Giulia escuchó un sonido, como el de una caña seca al romperse y luego un dolor intenso. Se retorció mientras mil agujas le cortaron la respiración y él habla .
—No creo que te aceptaran en Milán con la mano rota —le dijo al oído.
Las puertas del teatro se abrieron de golpe y los zapatos taconearon sobre el pavimento, una mujer joven buscó abrigo bajo el hombro de su acompañante. El público, aún exaltado por la obra, se dispersó en grupos hacia la calle y hacia la zona de parqueos.
Hugo haló a Giulia para que se levantara del piso. La sostuvo del brazo y ella, paralizada por el dolor, permaneció quieta a su lado. Un señor de pelo blanco y leva que salía del teatro se acercó a Hugo y le extendió la mano.
—¡Hugo! Un placer encontrarte aquí. —Su voz era alta y se sumó al ruido de la multitud—. ¡Exquisita la representación!
Muscatello respondió con un apretón de mano, sosteniendo a Giulia con la otra.
—¡Qué voz del tenor! —insistió el hombre de pelo blanco.
—No he tenido el placer de asistir a la pieza aún —explicó Hugo—. Tengo una invitación privada para mañana.
—Ah… Me enteré sobre una invitación privada para las autoridades de Firenze. —El hombre de pelo blanco puso su mano en la frente—. Pero qué mal que los hayan invitado luego del estreno. ¿No cree?
Giulia aprovechó para soltarse en un movimiento brusco y firme. Corrió con la cabeza baja entre la multitud de personas que salían del teatro mientas sentía la mirada de Hugo clavada en la espalda.
Caminó sin rumbo sosteniendo su mano y temiendo que la siguiera.
Le latía la cara, pero el dolor de la mano la tenía sin aliento.
Dobló varias veces por las calles. Estaba oscuro.
Llegó a un callejón sin salida. Reconoció que se había perdido entre las callejuelas, pero no quería regresar al instituto para ubicar el camino así que siguió avanzando precipitadamente en busca de una calle principal.
Entre el laberinto de edificaciones, caminó sin rumbo por más de una hora, hasta que se topó con el símbolo blanco con la cruz roja que simbolizaba emergencias: era la entrada lateral de un hospital.
Pidió ayuda con la mano apretada contra el cuerpo.
La sentaron en una silla hasta que apareció un doctor en una bata verde y con la nariz caída que le recordó a una tortuga.
Sentía la piel de la mano estirada por la hinchazón y el dolor parecía partirla en dos.
—¿Qué te pasó?
Lo que pasó es que le había atacado Muscatello. Recordó el golpe en la cara, la última porción de rojo cadmio avanzando con dificultad entre los arbustos antes de ser absorbida por la tierra. Y luego… No quiso gritar cuando le torció la mano, pero lo había hecho.
Giulia cerró los ojos y se negó a contestar.
—Pasarás aquí la noche. ¿Quieres que llamemos a alguien?
—¿Me puede dar algo para el dolor?
A pesar del esfuerzo que hizo, las lágrimas se le desbordaron como si una gran explosión hubiera partido en dos una presa de agua.
—Tienes una contusión. —El doctor tomó con una mano la cabeza de Giulia y le abrió el párpado—. Y marcas de un accidente anterior en la cabeza. ¿Sufres de alguna enfermedad mental como alucinaciones? —preguntó.
—¿Alucinaciones? —repitió Giulia.
—Necesito tu historial.
Recordó a Lucca y una nueva idea se abrió en su mente, una idea que la descalabró con más fuerza que el golpe de Hugo: ¿habrá sido una alucinación la noche que pintó a Masseo, después de verlo barriendo bajo el farol?
Quizás no exista Lucca. La frente y el cuello se le empaparon y sintió ganas de vomitar.
Recordó al «Loquito», que siempre estaba frente a su escuela en Apalagos.
Loquito era un hombre que dirigía el tráfico.
Era delgado, de piel callosa y sucia. Cuando ella llegaba al colegio él ya estaba en la calle, y cuando se iba del colegio, en medio del sol o de la lluvia, seguía haciendo señas.
Dirigía el tráfico en una calle donde no pasaban vehículos.
Solo él podía ver los vehículos que dirigía.
Siempre le temió a ese hombre y a sus fantasmas.
Después de todo, pensó, pareciera que solo ella había visto a Lucca.
Quizás tenía alguna enfermedad mental. La voz del doctor se le hizo lejana y se negó a contestar sus preguntas.
Se apretó en un ovillo temblando de frío sobre la delgada tela que cubría el colchón de caucho.
Le tomaron una radiografía y la vendaron, luego se desplomó sobre la camilla.