El secreto del lienzo 32
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El óleo

G iorgio Bertoldo dejó la escalera de aluminio en el recibidor y decidió esperar por Hugo Muscatello en la tienda de materiales de Donna.

La tormenta había cesado desde el día anterior y se respiraba un aire nuevo, con olor a insecticida y humedad.

A través del vidrio de la tienda observó al conserje, Vicenzo Gatti, recoger con los paños los últimos vestigios de la lluvia y a un par de alumnas tropezar descuidadamente en el recibidor.

Lo cierto es que el instituto lucía ajetreado.

Luego de la pausa por la fumigación, tanto profesores como estudiantes parecían recargados.

En la tienda, Donna, extasiada, movía sus uñas fucsias y sus manos parecían desbaratar un telar: no podía creer que, al fin después de tantos años, no existían los apestosos murciélagos.

Giorgio, complacido con la buena acogida de Donna, la escuchaba distante, pues sus pensamientos estaban más atentos al pago pendiente por el trabajo de la fumigación.

Eran cerca de las diez de la mañana cuando Hugo Muscatello entró a la tienda de materiales. Vestía un traje gris y una corbata, y zapatos negros de cuero. Saludó alegremente a ambos y le puso la mano en la espalda, en un gesto de complicidad .

A Giorgio le incomodó el contacto. Muscatello lo envolvió en la conversación y Giorgio, inicialmente desconcertado ante el derroche de carisma y simpatía de Hugo, se encontró sorpresivamente a gusto en compañía de ambos.

—Donna, ya le indicaste sobre el descuento —dijo Hugo, aún con la mano en la espalda de Giorgio.

—No hemos tenido tiempo —se adelantó Giorgio, liberándose del contacto—; tampoco le había avisado del cargo extra.

—¿Y por qué un cargo extra? —contestó Muscatello frunciendo el ceño.

—¡Por el kilo de murciélagos! —contestó Giorgio.

Hugo lo observó sopesando la situación y finalmente soltó una estruendosa carcajada.

—¡Donna, has contratado al fumigador con los servicios más caros de todo Firenze!

—¡Pero, Hugo! —protestó Donna— ¡Es el mejor! No hay ni un solo murciélago.

—Este instituto también es lo mejor que hay en todo Firenze —dijo Giorgio con la mano en el gorro—, así que quedamos a mano.

Giorgio no había olvidado el comportamiento hostil que había tenido Muscatello con él días atrás, así que explicó con cautela el mantenimiento y la garantía del trabajo.

Fue entonces cuando vio llegar a Giulia a través del vidrio.

Vestía una camiseta blanca enguantada al cuerpo juvenil y un pañuelo rojo entrenzado en el cabello.

Tropezó con la escalera que él había dejado en el recibidor y cruzaron miradas a través del vidrio.

Giorgio hizo un movimiento mudo con los labios que significaba «Ahora».

Giulia abrió desproporcionadamente los ojos. Hugo y Donna estaban de espaldas a la puerta, solo Giorgio la vio tomar su escalera de aluminio y subir con ella por las escalinatas de piedra .

—Solo advierto —dijo Muscatello, entregándole la paga—: si veo un solo murciélago, te tocará ir al techo de espantapájaros.

Donna lanzó una alegre carcajada y Giorgio lo miró receloso. Luego, Giorgio se dio su tiempo y contó uno a uno los billetes y los depositó sobre el escritorio.

—Otra forma de eliminar algún murciélago faltante es el tiro al blanco. Me han comentado que usted es muy bueno con las armas.

—Así es —contestó Hugo—, soy campeón nacional de tiro al blanco. Soy bueno en lo que hago.

Giorgio recordó los trofeos de la oficina de Hugo.

—Nuestro Hugo es un campeón. ¡Pero no podemos disparar a los murciélagos! —contestó Donna, horrorizada.

—Tranquila —la calmó Giorgio—, por ahora no hay murciélagos en el instituto.

Son animales inteligentes y migrarán al bosque.

El teatro Ornello va a estrenar una nueva obra en estos días y me han contratado para asegurarse de que los murciélagos sigan su camino y no se instalen en el teatro.

Me podrán encontrar esta semana allí si requieren algún servicio —dijo Giorgio.

El hombre extendió la conversación hasta que vio bajar a Giulia, que cargaba la escalera de aluminio con su brazo derecho y se tropezaba con ella al avanzar.

Bajaba los escalones de uno en uno, a buen ritmo, sin que nadie le prestara atención.

Con la mano izquierda sujetaba un tubo largo y grueso de cartón.

Cruzaron miradas y Giulia señaló el tubo con una sonrisa tensa.

Giorgio se despidió dejando a Hugo y Donna en la tienda de materiales.

Ya en el recibidor, una pareja de estudiantes se cruzó con ellos y luego Giorgio le ayudó con la escalera.

Salió detrás de ella del instituto, determinado a cubrirle la espalda de la mirada de Muscatello, de Donna, de cualquier estudiante.

En silencio dieron la vuelta en Piazza de la Signoria, giraron por la Fuente de Neptuno y solo bajaron la velocidad al llegar a un edificio con una línea rosa pintada en su fachada. Giulia ingresó al amplio vestíbulo del edificio y al fin se detuvo.

—Supongo que recuperaste tu pintura de la bodega de Muscatello y la llevas bajo el brazo.

—Supones bien —contestó Giulia con voz temblorosa.

—No pensé que te atreverías a entrar a la oficina de Muscatello nuevamente —soltó Giorgio.

—¡Yo tampoco! Pero heme aquí. —Giulia abrazó el tubo.

—¿Alguien más lo sabe?

—¿Que tomé el óleo? No exactamente —contestó Giulia, desviando la mirada.

Giorgio la tomó del brazo con suavidad, obligándola a mirarlo.

—Tienes que regresar al instituto y seguir con normalidad las clases.

—Sí, lo había pensado —contestó Giulia—. Llamaría la atención que empiece a faltar a clases.

Giorgio asintió y la soltó del brazo.

—Solo tengo una curiosidad.

—¿Cuál? —preguntó Giulia.

—Me gustaría ver tu cuadro.

—¡Claro! ¿Me podrías ayudar? —Giulia sacó la tapa y le mostró la primera parte del lienzo a Giorgio.

—Te ayudo con cualquier cosa que necesites. —Giorgio desvió su gorra hacia atrás sorprendido de su atropellada respuesta.

Extendieron el óleo que ocupó todo el espacio del vestíbulo.

Era un retrato impresionante. Parecía una fotografía.

Giulia también observó el óleo al detalle, y de repente se puso pálida.

Se agachó sobre el lienzo y pasó la mano sobre una marca.

Al principio Giorgio pensó que era parte de la pintura: al lado de la oreja derecha del retrato, la puerta rojiza que hacía de fondo tenía una gran hendidura vertical con vetas que parecían astillas .

—Es un riesgo transportar el óleo enrollado ya que la pintura demora semanas en secar y podía haberse arruinado cualquiera de sus partes, sin embargo, esta pintura está totalmente seca hoy.

—Giulia se incorporó—. El arañazo tiene textura.

Debe de haberse formado hace unos días, cuando subieron el cuadro a la oficina de Hugo.

—Parece parte de la puerta. —Giorgio no sabía muy bien qué decir, solo conocía sobre pinturas de caucho.

—Debo arreglarlo, es la puerta de un hotel. No puede estar astillada —dijo con preocupación.

Giorgio ayudó a Giulia a enrollar el óleo.

Giulia lo miró a los ojos e hizo una leve reverencia con la cabeza en señal de agradecimiento.

Aunque el movimiento externo fue casi imperceptible, aquel gesto le caló en el alma como ningún otro que él recordara.

Giorgio sonrió y acompañó su breve reverencia.

Así se despidieron. El color rojo del pañuelo de la chica le recordó la Navidad.

La observó abrazada de aquel tubo que contenía su preciado lienzo.

Como solía ocurrir en las limpiezas, tuvo la sensación de que había fumigado algo más que murciélagos.

Giorgio agarró su escalera y se marchó del edificio silbando una canción de triunfo.