31
Ingrid
H ugo soltó la taza de porcelana blanca de su cuarto café de la mañana y se quedó inmóvil por segundos observando el fondo manchado.
La lluvia lo irritaba tremendamente. También el calor.
«Este año el verano será húmedo y bochornoso», había escuchado en las noticias.
Se levantó de su silla con brusquedad, la taza cayó al suelo y se rompió en pedazos.
—¡Diablos! —Pasó por encima de los trozos de cerámica y cerró la oficina de un portazo.
Regresó a su silla, pero los pedazos de la taza en el piso le molestaban. Finalmente se levantó y los envió a la papelera. Luego, tomó las tijeras de podar y se concentró en el bonsái. Eso lo calmó.
Tocaron a la puerta.
—¡Adelante! —contestó Hugo con voz hastiada.
Era Ingrid, quien lo había llamado ayer y ahora se había escabullido en su oficina. Avanzó en un movimiento de caderas hasta apoyarse en el escritorio.
—Hola, Hugo. ¿Está mala la hoja del árbol? —preguntó al observar que Hugo no soltaba una de ellas .
Hugo partió la hoja y la estrujó con la mano.
Se acercó a la papelera, a los pies de Ingrid, y dejó caer la hoja amarillenta.
Solo después de eso la miró: la camiseta sin mangas pegada a su cuerpo de leopardo.
El cuello largo, el rojo oscuro de la boca que resaltaba el cutis blanco y el pelo corto y negro.
El piercing plata tenía un tono frío como su mirada.
—Ingrid—le dijo en tono inflexible—, no es buen momento.
—Es verdad, aquí apesta —contestó, desenfadadamente.
—No te has quejado de mis oficinas antes —dijo Hugo.
—No es la oficina —dijo alzando los hombros en un gesto que le restaba importancia—; todo el instituto huele a insecticida, no hay mucha diferencia.
—Como quieras.
—Mi óleo está terminado —dijo Ingrid alargando la mano y jugando con la corbata de Hugo—. ¿Hubo algún interesado?
—No aún. Mándalo a Milán. Sigue con el concurso.
Ingrid soltó la corbata de Hugo y palideció.
—Tengo que decirte algo. Te preguntarás cuál es la urgencia.
—Así es —contestó Hugo tamborileando con fuerza sobre el escritorio—. Tengo una agenda ocupada y no me gusta que me impongan citas.
—¿Tienes el óleo de Giulia Febres?
—¿Y por qué lo tendría? —contestó Hugo —. Además, no es de tu incumbencia y no me interesan los óleos de Febres ni de ningún otro.
—Solo te aviso, ella lo sabe.
Hugo la miró fijamente y se acercó a ella. Le costaba creer que la inocentona de Giulia supiera algo. Sin embargo, Ingrid era otro asunto.
—¿Qué hiciste?
—Yo, nada —contestó Ingrid sin mirarlo .
—Habla ya. No pierdo el tiempo y no me gusta que otros me lo hagan perder.
—Vine por ti. ¿No te das cuenta? Estoy de tu lado —contestó Ingrid.
—¿Entonces? Vienes con el cuento sobre la pintura de tu amiga.
—¡No es mi amiga y no es ningún cuento! Ella me contó que tú tienes el óleo.
—¿Estás segura de que fue ella quien te lo contó? —Hugo se colocó delante de ella. Eran casi de la misma estatura, pero Ingrid estaba apoyada en la mesa y él la miró hacia abajo.
—¿Quizás eres tú la que está jugando? —preguntó Hugo con voz ronca. Acarició la muñeca de Ingrid y la empuñó apretándola contra el mueble. Luego, con la misma calma, recorrió el cuello, acercándose al piercing de la oreja.
—¿Qué te contó? —insistió Hugo, jugando con el arete de argolla de Ingrid.
—Me contó cómo subió a tu bodega —contestó Ingrid. Su tono cortante le hizo saber que había logrado fastidiarla con la inmovilidad que le suponía el juego del piercing .
—Ingrid, ¿cómo ella podría saber que existe una bodega en mi oficina?
Hugo soltó el piercing y le apretó con fuerza la muñeca, sosteniéndola de frente. No le había gustado que Ingrid descubriera lo de la bodega. Era demasiado observadora.
—¿Qué más dices que sabe?
Ingrid abrió la boca en una mueca de dolor.
—Planea llevarse el óleo.
—Fuera de aquí —rugió Hugo.
Ingrid se soltó agitando la muñeca y salió de la oficina.
Hugo la vio partir: para él, esa actuación era llevada por celos. ¡Bien que conocía él a las mujeres! Pero le inquietó que le diera tantos detalles .
—No hagas ninguna tontería —dijo en voz alta.
Irritado, abrió con brusquedad el resto de las solicitudes de intercambio de plazas hacia Milán, que aún estaban en su escritorio. Eran dieciséis solicitudes, incluyendo la de Ingrid y Giulia. Hugo abrió el sobre. Se fijó en la foto carnet de la chica, el pelo cobrizo, los ojos confiados.
Tomó la solicitud de Giulia y la rompió despacio y en perfectos cuadrados.