El secreto del lienzo 30
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La tarea

G iulia tomó una de las toallas que usaban en el taller de pintura y se secó el pelo lo mejor que pudo. Temblorosa, se colocó el abrigo sobre la ropa mojada. No hacía frío, pero las emociones la habían superado. Buscó su cuaderno que estaba en la clase de… No lo recordaba.

Salió al corredor y vio a la bulliciosa Carina ingresar al salón Pitti: «¡Ah!

El Taller de Técnicas de Investigación. Qué ironía».

Anhelando compañía, avanzó al fondo de la clase, agarró su cuaderno y se hundió en la silla, detrás de Carina e Ingrid que conversaban animadamente: A pesar de tener personalidades opuestas, ambas chicas compartían departamento y se llevaban bien.

El tamborileo de la lluvia se escuchaba dentro del salón y la voz aguda del profesor Sicuret, quien dictaba el taller, le llegaba lejana.

Todavía no lograba recuperarse del susto, sentía que había sido una locura entrar a la oficina de Hugo, y peor salir por la ventana, había tenido mucha suerte de no terminar estampada contra el piso.

Además, la tenía descompuesta haber encontrado el óleo en la oficina de Muscatello.

Se rindió ante la evidencia de que el director había tenido su cuadro todo este tiempo.

También llegó a la conclusión de que Muscatello habría necesitado una segunda persona para manipular el lienzo hasta esa altura.

«Pudo haberlo subido con cualquiera del instituto», pensó.

Recordó a Lucca, la voz cuando estuvo en la bodega.

Nadie parecía conocerlo, incluso ella misma lo había visto en muy pocas ocasiones.

Se preguntó si Muscatello también le había mentido sobre él.

Lucca había evadido sistemáticamente las preguntas personales, así que no tenía ninguna pista.

Lamentó no haber sido más insistente, suspiró frustrada y dolida.

Quería recuperar su óleo, pero si no era cuidadosa, lo podría perder para siempre.

Le gustaría preguntarle a Hugo qué hacía el óleo en su bodega, pero esto significaría aceptar que se metió a su oficina.

Y si él lo negaba, ¿qué podría hacer ella?

El profesor Sicuret empezó a escribir en la pizarra.

Se escuchó el ruido de las carpetas y cuadernos contra las maderas, pero Giulia no intentó tomar apuntes.

Consideró el pedirle a Giorgio Bertoldo que la acompañe a la oficina de Hugo como testigo, pero desechó la idea rápidamente: «El fumigador me pidió expresamente que no lo involucre y ya me ha ayudado lo suficiente.

Además, cuando termine el trabajo de fumigación no volverá al instituto.

No le puedo pedir que intervenga», decidió.

—¿Quedaste con Muscatello? —preguntó Carina a Ingrid. Al escuchar el nombre, Giulia se enderezó en el acto detrás de ellas.

—Sí —contestó Ingrid en un susurro.

—¡En serio! —respondió Carina en un tono más alto de lo debido—. El profesor Sicuret paró la clase, se acomodó el bigote y le dirigió una mirada severa.

—Carina, Ingrid y Giulia: mañana nos hacen una presentación sobre la reducción del problema a nivel empírico —sentenció el profesor Sicuret.

Carina dejó escapar un «¡Ups!», Ingrid hizo una mueca de desdén. «No puede ser —pensó Giulia—, justo ahora» .

—En el trabajo —chilló el profesor Sicuret— quiero un buen ejemplo, un problema y una solución. ¿De acuerdo?

Cuando terminó la clase, Carina le pidió a Giulia reunirse para preparar la presentación.

—Vivo cerca de aquí —dijo Giulia—. En el edificio del notario Mancini.

—¿El de la línea rosa? —preguntó Ingrid, uniéndose a la conversación.

—¡Sí! El edificio tiene una línea rosa en la fachada —Giulia pensó en su pequeño ático, con el colchón en el piso y el sofá que ocupaba casi toda la estancia—. Mi piso es el sexto, no tengo mucho espacio, pero nos podemos acomodar; los baños están en el piso inferior.

—Mejor vamos a nuestro departamento —dijo Ingrid.

Giulia se alegró. Hablar con alguien como Ingrid, quien era florentina y se desenvolvía con soltura en un mundo que ella sentía que no alcanzaba a entender, era justo lo que quería hacer.

Carina no dejó de criticar a Sicuret en todo el camino y su plática trivial la entretuvo mientras seguía el paso de las chicas entre los adoquines y las calles lluviosas hasta que llegaron a un edificio con ventanas de madera, no muy lejos del instituto.

Carina sacudió su camiseta de Mickey Mouse luego de cerrar el paraguas e Ingrid la miró impaciente.

Su pulcra chaqueta de cuero no había sufrido ningún percance.

El departamento olía a ropa recién lavada.

Fueron directamente a la cocina, un área rectangular con una mesa de madera y cuatro sillas.

La refrigeradora de formas antiguas emitía sonidos guturales.

Podría haber sido acogedor, pero las repisas y la misma mesa estaban atiborradas de latas, botellas vacías y pacas de fideos.

Ingrid se retiró la chaqueta, hizo espacio en la mesa y colocó láminas de cartulina con varios lápices.

—Ingrid —preguntó Giulia—, ¿conoces a Lucca?

—¿A quién ?

—Olvídalo —contestó Giulia—. Empecemos con el trabajo de Sicuret.

—Vamos primero con la definición. ¿Qué cazzo significa la reducción del problema a nivel empírico? —preguntó Ingrid.

—Aquí tengo algo —contestó Carina, revisando sus notas del cuaderno de espiral—. Dice: «Llevar problemas y determinar cómo afecta».

Ingrid escribió: «Se trata de presentar el problema en lo cotidiano y determinar cómo influye positiva o negativamente al individuo y la sociedad».

Giulia no podía concentrarse y sus aportaciones fueron escasas. Carina, en cambio, sacó de sus notas una gran cantidad de información sin filtrar su relevancia.

Ingrid, seca en expresiones y con el oído atento, desarrollaba el tema con agilidad. Parecía despreocupada con lo que escribía, pero lo hacía tan bien, que Giulia sospechó que le importaba el resultado del trabajo más de lo que ella quería admitir.

Luego de unos cuarenta y cinco minutos la presentación sobre «La reducción del problema a nivel empírico» estaba lista.

Carina fue al refrigerador y sacó un envase. La pasta hidratada se distinguía en la transparencia del plástico.

—¿Quieres espagueti al pomodoro ? —se dirigió a Giulia.

Era claro que Ingrid no iba a comer. Carina vació los fideos cocinados sobre un plato plano y estos no perdieron la forma cuadriculada del envase original.

Giulia tenía hambre, pero al ver los fideos sobre el plato, de un color amarillento pálido como el pelo ensortijado de Carina, se preguntó cuánto tiempo llevaban cocinados en el refrigerador.

—No, muchas gracias —contestó.

Carina se alzó de hombros y sacó una salsa enlatada de la refrigeradora que parecía tener más tiempo aún que los fideos, luego metió todo al horno microondas .

—Ingrid, ¿tú sabes qué pasa con las pinturas que hacemos en el instituto?

—Yo reutilizo los lienzos, pero la mayoría reutiliza solo los bastidores.

—¿Y las venden? —preguntó Giulia.

—No, quizás a algún turista. Debe ser de un tamaño fácil de empacar y sobre lugares emblemáticos como el Ponte Vecchio o la Fuente de Neptuno. Hay miles por las calles, no sabría decir si te permite pagar las cuentas. Pensé que ya habías conseguido un trabajo.

—Sí, conseguí en el instituto, en el turno de la mezcla de pinturas. ¿A Hugo le podrían interesar nuestros óleos?

—No, que va. Para nada.

Ingrid se acercó al refrigerador y sacó tres cervezas. Las puso sobre la mesa, una en cada puesto. Luego se sentó y en un movimiento rápido contra el filo de la mesa sacó la tapa de la cerveza.

Giulia, frente a ella tomó también su cerveza, acomodó la botella contra el filo de la mesa como lo había hecho Ingrid, y luego de varios intentos logró abrirla.

—Ahora sí —dijo Ingrid—. ¿Qué son todas estas preguntas?

Giulia la miró asombrada.

—Siempre he sido intuitiva, Giulia.

—Es que… —Giulia tomó la cerveza, estaba fría y le llegó al estómago—, es sobre mi cuadro. —Giulia escuchó una voz de alarma en su cabeza, pero poder hablar directamente sobre el óleo le representó tal alivio que decidió no prestarle atención.

—¡Bah! —dijo Carina desde la cocina—. Pensé que ya habíamos dado por terminado el asunto y que ya estabas pintando otro.

Ingrid se mojó los labios con la cerveza.

—¿Qué pasa con tu cuadro? —preguntó Ingrid con la mirada fija en el líquido de la botella.

Carina abrió la puerta del horno .

—Lo encontré en la oficina de Hugo —soltó Giulia.

—¿En el desván? ¿Estás segura de que era tu óleo? —Ingrid tomó un trago de la cerveza—. ¿Cómo entraste?

Giulia se percató inmediatamente de que Ingrid conocía sobre la bodega. Ella no había mencionado el acceso del techo, diseñado para que nadie supiera de su existencia.

—Te digo que estaba allí.

—Qué tonterías hablas. Solo que el bruto del conserje lo haya colocado por error allí. —Ingrid sacudió la mano como quien espanta una mosca.

—¿Qué bodega? —preguntó Carina.

—¿Quizás quería enviar mi cuadro a Milán o algo así? —insistió Giulia.

—Giulia —Ingrid sorbió un poco de la cerveza—: en serio te pasas de ingenua. Quítate de la cabeza que te quiere ayudar solo porque alabó tu cuadro. —Abrió la cerveza que Carina no había tocado y se la extendió a Giulia—. ¿Cómo entraste a su oficina?

—Fue sin querer —titubeó Giulia—, estaba buscando a Masseo, y no lo encontraba, y…

—¿Masseo? —Carina sacó el plato caliente del microondas y se sentó al lado de Giulia.

—Mi obra —le aclaró Giulia.

—Si ya encontraste tu cuadro no veo cuál es el problema. —Carina sostuvo el tenedor en alto.

—Está en un lugar de difícil acceso. Mi problema es quién lo puso allí. El cuadro no caminó solo.

—¡Ah! —Carina enterró el tenedor en los fideos removiendo la salsa—. ¿A ti te contó algo, Ingrid, cuando saliste con Hugo la otra noche?

Giulia no pudo ocultar su cara de asombro.

Ingrid se removió incómoda en la silla y contestó con rapidez .

—El año pasado Hugo negoció con un broker que le hizo ganar mucho dinero en el mercado estadounidense. Tiene un envío esta semana, un vuelo directo a Nueva York.

—¡Yo vi ese reportaje! En la revista del Corso —dijo Carina—. Hugo Muscatello es el mejor director que pudimos encontrar. Todos los que han pasado por el instituto siempre comentan cómo él encuentra espacio para exhibir las obras y venderlas.

—Vender obras de arte es muy complicado y él lo logra —contestó Ingrid con un destello en la mirada—.

Créanme, no está interesado en cuadros de estudiantes, y quien esté husmeando en su oficina se va a meter en problemas.

He visto cómo lo miras. —Ingrid titubeó, jugando con la botella—. ¿Él te enseñó su bodega?

Giulia bajó la mirada, se sintió avergonzada frente a la insinuación. Es cierto que Muscatello le parecía atractivo, ¿cómo lo supo Ingrid? ¿Tan obvia era ella?

—No, de ninguna manera. Él no sabe que estuve allí.

—Si de intereses se trata —dijo Carina mientras enredaba en el tenedor el espagueti—, en quien deberías fijarte es en Manolo. ¿Has visto cómo se le forma el brazo cuando dibuja?

—¿Manolo? Lo quiero como un hermano —exclamó Giulia, y al ver la expresión tensa de Carina entendió que su pregunta no era casual. Ingrid puso los ojos en blanco.

—Se va a calentar tu cerveza.

A Giulia no le gustaba la cerveza, pero no quería hacerle un desaire a Ingrid, y se tomó la segunda rápidamente, antes de que se calentase. Tenía el estómago vacío y el alcohol la volvió más elocuente.

—No tengo nada personal con Hugo Muscatello y voy a volver a entrar —dijo—. No le voy a dejar mi cuadro. ¿Sabes que perdería la oportunidad de aplicar a Milán si no presento la obra?

—Una entrada furtiva —dijo Carina—. Nos vestimos de negro y nos metemos en la oficina de Muscatello .

—Estás confundida, es imposible que tu cuadro esté allí. Te recomiendo que lo dejes ir —contestó Ingrid. Algo en medio de toda la conversación le había molestado, y a pesar de la cerveza, Giulia lo notó.

—Creo que mejor me voy —dijo. Mientras se paraba, se sintió un poco mareada—. Les agradezco.

Ingrid se quedó sentada en la silla del comedor, con las tres cervezas vacías sobre la mesa. Giulia vio con preocupación cómo endurecía su mirada clavada en el diagrama de flujo que acababa de elaborar.

Carina la acompañó a la puerta.

—O sea, ¿nada con Manolo? —preguntó.

—No —le contestó Giulia, sin poder evitar que las burbujas de la cerveza le arrancaran una risa—, pero Manolo suele preguntar por ti, Carina.

—¿En serio? Entonces, ¿por qué siempre me hace rabiar? —Golpeó el zapato contra el piso y se cruzó de brazos.