El secreto del lienzo 29
66%

29

El pozo

E l ojo de la tempestad golpeó la región central de Italia causando deslaves en el pueblo de Roble y en la madrugada alcanzó la región montañosa de la abadía. Se perdieron los servicios de luz eléctrica y agua potable.

Dentro de la abadía de Roble, fray Moreto cerró la puerta evitando que el viento lluvioso ingresara a la cocina. La lluvia azotaba los cristales y retumbaba en las piedras mientras los árboles se apaleaban entre sí, en un lamento ininterrumpido.

La abadía había rebosado en su capacidad y él había dormido pocas horas.

La noche anterior, unos sesenta peregrinos y sus familias llegaron de imprevisto y se acomodaron alrededor de la chimenea en el salón principal.

Los pequeños lloraron con los truenos y Pastor dejó sus huellas perrunas por los salones hasta que finalmente se refugió bajo su cama.

Había regresado la luz, pero no circulaba agua en la abadía.

A fray Moreto la cocina sin agua circulante le pareció una sombra de sí misma: la tempestad había llenado la estancia de un sopor que las luces artificiales no alcanzaban a despertar.

Se habían quedado sin agua y las tuberías, aquellas que cantaban su preciada carga, esperaban silenciosas.

No podía preparar sopa de nabos, ni pasta, ni amasar el pan.

Sirvió jarras de vino, aceitunas y quesos fríos con la esperanza de confortar a los peregrinos.

Dejó los mesones dormidos, la harina empacada, el menú del día archivado, y decidió buscar al fraile Cristóforo.

Lo encontró en su oficina, encorvado tras el teléfono del escritorio. Lo acompañaban fray Massimo, al que le decían «fray Ingeniero» por su habilidad con las herramientas y con el novicio «Nocalla», el flaco que se había ganado su apodo por no saber callar.

—¡Inaudito que con tanta lluvia sea la falta de agua lo que interrumpe nuestras labores! —exclamó Nocalla.

—Me he comunicado con El Pozzo Inc. Tiene los problemas que se dan en las estructuras grandes: no hay con quién hablar —explicó apesadumbrado fray Cristóforo—.

Lo poco que me supieron decir es que los técnicos ya habían conectado el flujo de electricidad que alimentaba la bomba de agua.

El problema debe de estar en la bomba del nuevo pozo.

—La tormenta ya pasó. Podemos ir al sitio de la excavación del nuevo pozo donde están instaladas las bombas de agua —sugirió fray Ingeniero.

—Es buena idea —dijo Nocalla.

—Estoy de acuerdo. —Fray Cristóforo se enderezó en la silla—. Por favor, llévense al perro, que ladró toda la noche.

Fray Moreto se calzó unas viejas botas impermeables y salió junto con Pastor, fray Ingeniero y el aprendiz Nocalla.

La tormenta había menguado, pero aún la lluvia espaciada resbalaba como lágrimas por las hojas de los árboles.

El grupo iba lento, rezando el rosario, las letanías, y alzando la voz del canto «Alabado seas mi Señor» en medio de la llovizna y del golpeteo de la caja de herramientas.

A Moreto le costaba avanzar, se enterraba en el lodo y las botas parecían zafarse con cada paso.

El faldón de la sotana cargada de humedad y arcilla, dificultaba los pasos.

El aprendiz Nocalla y fray Ingeniero eran más jóvenes y delgados, y entre dos avemarías, se preguntó si les estaba costando avanzar tanto como a él.

Al contrario de Moreto, Pastor la estaba pasando en grande: se movía ligero olisqueando las ramas, corría mordiendo la lluvia y se restregaba contra el lodo, para luego aparecer a un lado o por delante del grupo y sacudirse con desenfado.

Finalmente llegaron al asentamiento. La compañía de construcción había cortado árboles, desbrozado la maleza, y la tierra pelada lucía húmeda y jabonosa.

La ladera de la montaña mostraba un derrumbe, una mancha café que había arrancado el verdor y arrastrado piedras por entre los troncos de los árboles.

El agua enlodada había cubierto toda la excavación y casi llegaba hasta los terrenos rocosos, donde habían asentado unos contenedores en forma de oficinas.

La cerca metálica de seguridad que habían construido alrededor del pozo se había desplomado. El perro ovejero se les adelantó y ladró al acercarse al agujero.

—¡Uf! —dijo el aprendiz Nocalla—. Esto sí que está hecho un lío. —Se acuclilló, visiblemente abatido—. ¿Cómo vamos a conseguir de aquí agua?

Había cintas plásticas esparcidas por los árboles y ladrillos de cemento desplomados. Un enorme farol pendía sobre el agujero, y otro más arriba sobre el taladro giratorio. Ambos estaban apagados. Pastor ladraba desesperadamente cerca de la perforación.

—Un generador —indicó fray Massimo, el ingeniero, señalando un motor que quedaba por los contenedores—. Esperemos que sea de diésel.

Se perdió detrás de la estructura y pronto el generador prendió con un gran ruido. Fray Moreto logró distinguir cómo emitía una luz débil el taladro y las oficinas dentro de los contenedores. Fray Ingeniero regresó donde ellos .

—¡Eres un genio, hermano! Dios te bendiga. —Nocalla saltó de alegría.

—Bien, hermano —dijo Moreto con dos palmadas en la espalda del Ingeniero.

Solo el perro no pareció compartir su alegría, daba vueltas inquieto y ladraba sin parar cerca del orificio.

—Con este generador deberíamos poder prender la bomba de agua —dijo fray Ingeniero—, pero el agua no está circulando.

—Silencio, Pastor —le ordenó el fraile Moreto—. ¿Qué pasa, amigo? —preguntó, agachándose a su altura.

El perro se sentó, visiblemente inquieto, sobre sus cuartos traseros.

El Ingeniero y fray Moreto se acercaron a revisar la segunda bomba. Moreto tenía la sotana pesada por el lodo y patinó al llegar. Bajaron los circuitos y la máquina, aspirando aire, empezó a funcionar. Fray Moreto y el aprendiz Nocalla celebraron con un grito de alegría, pero el Ingeniero dijo:

—Algo está tapando el flujo.

El perro ladró nuevamente, desesperado, dando vueltas alrededor de la perforación.

—Silencio —le ordenó al perro.

Fray Moreto se rascó la cabeza. Se acercaron al orificio y esto pareció calmar los ladridos de Pastor. Fray Ingeniero se acercó con cautela al pozo.

—Sostenme, hermano Nocalla —pidió. Se acercó gateando al orificio mientras se acostaba en el piso, embarrando la sotana de lodo. El aprendiz Nocalla lo sostuvo por el tobillo. El terreno alrededor del pozo se desprendió y cedió con el peso.

El perro se inquietó nuevamente. Ladraba sin parar, en círculos alrededor de la perforación. Fray Moreto ya no intentó hacerlo callar .

—No alcanzo a distinguir —dijo el Ingeniero—, parece una tela trabando la salida.

Fray Moreto se acercó a uno de los árboles de roble, quebró una rama, la limpió y se la pasó al novicio. Luego retrocedió hasta el torno de acero del taladro, donde el piso era más fiable y le permitía tener un poco de altura para ver el orificio.

El novicio Nocalla le pasó la rama a fray Massimo, el Ingeniero, que seguía tumbado cerca del agujero. El Ingeniero se agachó sobre el orificio y casi perdió las gafas. Se acomodó e introdujo la rama, tratando de agarrar la tela cubierta en lodo.

—Está pesado —gritó.

No flotaba. Hundió la rama y la curvó tratando de desatorarla. Retrocedió como picado por una abeja.

—Es una masa suave —dijo asustado. Fray Ingeniero volvió a introducir la rama—. Sostenme fuerte —gritó.

—Eso hago —dijo el novicio Nocalla, halándolo de los tobillos.

Introdujo la rama a un lado golpeando la tierra y aflojando las piedras. En el agua flotó una pequeña cabeza cubierta de lodo. Era un cervatillo. Ahogado.