28
La escalera
G iulia llegó al segundo piso donde unos pocos alumnos esperaban el inicio de clases. Dio media vuelta al ver a Manolo acercarse en pasos largos, pero él la alcanzó sosteniéndola de la manga del suéter.
—¡Giulia! —dijo Manolo.
—Hicimos algo para ti —Carina se apareció por detrás de Manolo, ladeando la melena en un gesto infantil. Le entregó una impresión en blanco y negro con el bosquejo de Masseo en la mitad. Giulia sonrió.
—¿Ustedes hicieron esto? —preguntó sosteniendo la hoja—. Parece el cartel de «Se busca» del oeste americano.
—Sí. Los hemos pegado en todos los postes de la calle del Ciompi —dijo con mucho orgullo Manolo—. Ten unas cuantas, no todas. —Le entregó un fajo—. Aún las estamos repartiendo por el instituto.
—Tiene los ojos demasiado juntos y la boca grande —dijo Giulia alejando el papel.
—¡Vaya, lo que faltaba! Que te pongas exigente —dijo Carina.
Giulia sonrió.
—Los repartiremos por toda la ciudad —agregó Manolo—. También ya pegamos unos en los postes de luz de la estación de trenes .
Giulia sonrió con ganas.
—¡Gracias! —dijo Giulia, y los abrazó a los dos—. En serio les agradezco.
Su mirada se cruzó con la del fumigador, quien en ese momento parecía intentar entablar una conversación con Vicenzo Gatti, el conserje. Giulia nunca había visto al conserje entablar ningún tipo de conversación, ni siquiera con Donna.
Giorgio extendió sus dedos mirando a Giulia en un signo que significaba «diez minutos».
—¿Vienes? —preguntó Manolo.
—Los alcanzo más tarde —contestó Giulia.
Cuando el fumigador y Vicenzo Gatti pasaron frente a ella, Giulia dejó el fajo de impresiones sobre una de las bancas y caminó hacia la escalera en dirección al tercer piso.
Miró por última vez por encima del hombro y se cercioró de que no la vieran subir.
Avanzó ligera los primeros tramos, hasta perder la visión del piso anterior.
Su respiración golpeteaba como el sonido de la lluvia, en un eco cada vez más fuerte a medida que se acercaba al piso superior.
Decidió intentar tranquilizarse y disminuir la velocidad.
Agudizó los oídos, avanzó con torpeza, subió un par de escalones más y le pareció que el aguacero era más fuerte.
Asomó la nariz a la oscuridad del recibidor en el tercer piso.
Le sobresaltó el movimiento de su propia imagen sobre el espejo de la mesa solitaria de metal, único mobiliario del corredor.
Miró una vez más hacia atrás, cerciorándose de que nadie la hubiese seguido, y luego caminó de costado hacia la puerta de la oficina de Muscatello.
Colocó su mano en la perilla y, luego de un clic seco, esta se abrió.
Dentro del instituto, la lluvia arreciaba convertida en tormenta y golpeaba el techo de la oficina de Hugo Muscatello soltando un viejo olor a amoniaco.
Giulia encontró la escalera de aluminio debajo del sofá, tal como Giorgio le había dicho.
Era ligera y tenía una buena base. Cuadró torpemente la escalera contra la pared y subió apoyándose a cada paso.
Luego empujó con algo de dificultad la entrada del techo y se trepó dentro de la bodega de rodillas; sintió que una astilla se enredó en sus medias y se rasgaron.
Tanteó por el piso y sus ojos poco a poco se habituaron a la oscuridad hasta que distinguió en el piso el interruptor que Giorgio le había indicado, lo accionó e inmediatamente respondió llenando de una luz fría la bodega.
La luz del foco no era fuerte, pero la cegó.
Se atrevió a incorporarse. La caja de madera estaba frente a ella.
Movió casi con desesperación los extremos, solo necesitaba un poco de presión para abrirla, y estaba por lograrlo cuando le pareció escuchar la voz familiar de Lucca.
—Vete ahora —La voz era una certeza, un suave tono grave. Miró para todos lados. Se asomó por el boquete. La oficina estaba vacía. «Debe de haber sido mi imaginación», pensó.
Regresó a la caja y logró empujar la tapa que cayó con un estruendo.
Giulia se estremeció con violencia ante el sonido.
La caja de madera corrugada era una jaula para mantener los lienzos en posición vertical ajustándolos a la madera del bastidor.
Solo había un lienzo, en posición vertical y atornillado a la jaula de madera. Lo empujó hacia fuera.
Era Masseo.
Lo había encontrado.
Lo revisó al detalle, temiendo que fuese probable que la pintura fresca hubiese sufrido algún percance. Se olvidó del tiempo y del fumigador.
—Ahora. ¡Sal!
Esa voz no era su imaginación, era la voz de Lucca.
Se asomó por el boquete, sólo para corroborar que ninguna persona había entrado a la oficina.
No podía bajar el cuadro sin ayuda ni destornillarlo sin una herramienta, así que regresó el marco a su lugar y cerró la caja.
Apagó la luz de la bodega. La sensación de apremio la había agotado.
Descendió por el boquete, empujó la tapa de la bodega hasta cerrarla y, con cuidado de no perder el equilibrio sobre la escalera, bajó hasta el piso.
Giulia recorrió con la mirada el espacio y los muebles que ya no le parecieron tan elegantes como el primer día. Haciendo un esfuerzo, más mental que físico, cargó la escalera y la dejó fuera de la oficina.
Se sentía confundida y luchaba contra el sentimiento de lealtad hacia su director.
¿Qué hacía su cuadro en la bodega de Hugo?
Y, sobre todo, ¿por qué no le dijo que él la tenía?
En las pocas ocasiones en que había estado a solas con él, siempre había sido amable con ella.
Se diría que hasta cariñoso. No le encontraba explicación a lo de su óleo.
Empezó a bajar los escalones cuando escuchó las pisadas y la voz de Hugo:
—¿Qué te he dicho de abrir las puertas? No puedes abrir ninguna sala sin mi autorización. ¡Peor a un estudiante! ¡No tienes cabeza!
Giulia retrocedió precipitadamente. Ya no había forma de llegar a los salones del segundo piso sin toparse con Hugo en la escalera.
Recordó cómo el fumigador le dijo que había salido por la ventana y sin pensarlo dos veces hizo lo mismo: regresó a la oficina, salió por la ventana, trepó en el barandal y se pegó contra el muro.
Giulia no era lo suficientemente alta para llegar a la escalera de incendios, así que se quedó aplastada contra la pared, sin poder avanzar ni retroceder, procurando no mirar hacia abajo.
Los autos en el parqueo parecían pequeños y la tormenta lastimaba los arbustos.
Escuchó a Hugo dentro de la oficina, quien le reclamaba a Vicenzo por haber dejado las puertas abiertas.
Ella nunca había oído a Hugo comportarse en una forma tan violenta.
La discusión la puso aún más nerviosa y empezó a temblar.
La lluvia la cegaba, el agua fría le atravesaba las piernas.
Estaba muy alto, miró hacia abajo, al piso de adoquines pelados.
Se arrepintió de haber llegado hasta allí, de haber subido a la oficina de Hugo.
Empezó a sollozar. La cabeza le pesaba como si la halara un imán hacia el piso, veinticinco metros abajo.
Nunca había entendido el vértigo hasta ese momento donde empezó a perder el control de sus movimientos.
Intentó con desesperación impulsar el cuerpo hacia atrás, contra la pared, pero había perdido el sentido del equilibrio.
La visión se le nubló. Alcanzó a ver cómo una luz de la calle parpadeaba cuando dejó de sentir las piernas y su cabeza se precipitó hacia adelante.
Se sintió alzada en el aire. Sin explicarse cómo había llegado hasta allí, tenía ambos pies sobre el descanso de la escalera de incendios que recorría en forma de caracola la pared externa del edificio.
La lluvia caía incesante. La escalera de incendios era igual de alta y una vez más se intimidó.
—Un escalón a la vez. —Otra vez, la voz grave de Lucca en su cabeza. Giulia descendió uno a uno por la escalinata. Encontró a Giorgio esperándola en la lluvia.
—Tuve que salir por la ventana y me quedé atrapada en el barandal. Hugo no sabe que yo entré a su oficina. Encontré mi cuadro en su bodega. —La lluvia golpeaba con fuerza, por lo que Giulia alzó la voz para que el fumigador la escuchara.
—¿La escalera?
—Está en el tercer piso, fuera de la oficina de Hugo.
Giorgio Bertoldo la cubrió con su encauchado, y con la tormenta golpeándoles los ojos, corrieron al instituto.