El secreto del lienzo 27
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Octavo Pergamino

Queridísima hermana:

Con el ánimo de acompañarte en tu voto de silencio he suspendido mis relatos durante un año. Pero ahora que tu voto de silencio ha llegado a su fin y ha producido sus frutos, me permito relatarte un hecho asombroso.

Era una hora somnolienta de la tarde. El frío nos había guardado en la ermita cuando tocaron fuertemente a la puerta.

Los golpes fueron tan profundos que hasta las mismísimas piedras temblaron.

Me apresuré a ir a la puerta temiendo alguna emergencia y encontré un joven de buena presencia, que vestía una capa de viaje, que lucía seca a pesar de la llovizna.

Se encontraba solo y la prisa al llamar contrastaba con su semblante calmado.

Quedé tan desconcertado al verlo que no acerté más que a colmarlo de preguntas.

Le pregunté de dónde venía, pues no parecía de Perusa ni de Asís, tampoco de Francia.

Le pregunté por qué llamaba de esa forma, previniendo que tuviera alguna angustia, pero él solo contestó a mis inquietudes con otra pregunta.

¡Me preguntó cuál era la forma correcta de llamar!

Yo supongo que percibió que me había alarmado su forma de tocar a la puerta.

Le aconsejé que golpease dejando el tiempo de un padrenuestro para llegar.

Creo que yo no pensaba muy bien en esos momentos, solo te puedo decir que me sentía tan a gusto que quería extender la conversación.

Me informó que estaba en un viaje largo y que tenía que hablar con el hermano Francisco. Pero este se hallaba en contemplación en el bosque y, por lo tanto, para no interrumpirlo, me dijo que llamase al hermano Elías para darle indicaciones.

Esta orden me dejó más desconcertado aún.

Primero, porque yo no sabía que el hermano Francisco se encontraba en ese momento en el bosque y, además, porque utilizó la palabra contemplación.

Y es que, cuando el hermano Francisco se desliza en el bosque o en lugares solitarios para rezar, entra en tal estado de silencio con sus ojos abiertos, como si estuviera contemplando o estuviera en conversación sin mover sus labios.

Así que la palabra contemplación era muy adecuada.

Pocos de nosotros lo hemos visto en ese estado, y estamos advertidos de no interrumpirlo.

También me asombró que tuviese una indicación para el hermano Elías, quien es el encargado de organizar la orden y nos guía en cuanto a las normas.

Me alegré de que el hermano Elías se encontrase en la ermita en esos momentos; seguramente él tendría la explicación de la visita del joven.

Pero cuando le dije que lo llamaban a la puerta se molestó y no quiso salir.

Créeme, hermana, que no sabía qué hacer: si le decía al peregrino que el hermano Elías no podía ir, estaría mintiendo; pero ¿cómo decirle que no quería ir?

Debí de haberme demorado un poco en estos pensamientos ya que el joven volvió a llamar a la puerta.

¡Qué llamado! Tembló hasta el polvo bajo mis pies.

Me apresuré a la puerta y lo único que se me ocurrió decirle es que no había llamado como le enseñé.

El joven, conociendo sin que yo se lo dijese la negativa del hermano Elías, me ordenó que buscase al hermano Francisco y le informara que había venido a hablar con él, pero que no debía interrumpirlo y que enviase al hermano Elías.

Bueno, así lo hice. Me dirigí al bosque que queda tras la ermita, un ejército de ramas desnudas apenas revestidas de musgo y líquenes.

El suelo cubierto de hojas secas tampoco me ofrecía ninguna huella.

Caminé algunos pasos al azar y encontré al hermano Francisco en medio de grandes robles que lo ocultaban.

Le comuniqué las palabras del joven. Este, sin mover la cabeza ni cambiar su posición, me pidió que le indicase al hermano Elías que fuera a ver al peregrino a la puerta.

Regresé entonces donde el hermano Elías a quien no le quedó más remedio que dejar los asuntos que se encontraba atendiendo e ir donde el joven.

Lo acompañé un poco rezagado en su caminata brusca y acelerada pues seguía contrariado, y su enojo creció aún más cuando el peregrino le advirtió que se calmara, pues iba a tener un error de juicio.

Impaciente, el hermano Elías le preguntó que quería y el peregrino le hizo una pregunta sobre una de las reglas que había redactado para la orden.

Era sobre si debíamos comer carne. El joven aseguró que conocía la respuesta mejor que él.

Indignado, el hermano Elías contestó que eso no era su asunto y cerró la puerta.

Creo que el hermano Elías lo reconsidero después de dar unos pasos de retirada, pues volvió a abrir la puerta, pero el joven había desaparecido .

Yo me quedé apenado e inquieto. En la ermita estábamos casi todos los hermanos, menos los que habían salido a pedir limosna.

Tampoco estaba el hermano Bernardo, quien había partido a Santiago de Galicia.

¿Recuerdas que el año pasado te conté que no había podido terminar su peregrinación por cuidar a un enfermo?

Entre los que estábamos, ninguno se explicaba las palabras que habían intercambiado el hermano Elías y el peregrino.

En eso regresó el hermano Francisco del bosque y le llamó la atención frente a todos: «Hermano Elías. Has obrado mal —le dijo— has echado al santo ángel que viene a enseñarnos».

Horas más tarde llegó el hermano Bernardo, a quien no esperábamos por la peligrosa crecida del río.

El hermano Bernardo nos contó que estaba esperando al otro lado del río cuando un joven de buena presencia que vestía una capa de viaje lo trasladó de orilla con solo el contacto de su mano.

Comprobamos que las facciones del joven y la hora coincidían con la visita a la ermita y entonces no pudimos reprimir nuestro júbilo.

Ahora, cada vez que suena la puerta, corro presuroso. Quién sabe: quizá es el Ángel de Dios.

Tu hermano, el fiel portero.

Fray Masseo