El secreto del lienzo 26
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El desván

L lovió desde la madrugada. La visibilidad tras el parabrisas era casi nula y el sonido de las gotas dentro de la cabina se incrementó con furia en cuanto Giorgio detuvo su camioneta dentro del parqueo del Instituto Muscatello.

Acomodó el reloj con correa de cuero que marcaba las siete y treinta de la mañana dentro de la manga de la camisa, protegió su mochila bajo el chaleco y salió en medio del aguacero.

De la cajuela de la camioneta sacó la escalera de aluminio y caminó hacia la puerta de entrada del instituto con la capucha baja y la lluvia cegándole la vista.

La puerta principal estaba abierta y el edificio lucía adormecido.

En la entrada se topó con Vicenzo Gatti, el conserje, quien llevaba el pantalón remangado y con un escobillón en mano luchaba por empujar el agua fuera del instituto.

Dos gruesos paños grises, colocados para evitar que el agua entrara por la ranura de la puerta de vidrio a la tienda de materiales de Donna, formaban una segunda barricada.

Giorgio entró con la escalera apoyada en su hombro.

Con un parco «buenos días», sin darle tiempo al conserje para que este le contestase o, peor aún, lo detuviese, siguió en línea recta.

Se retiró el impermeable y lo dobló con presteza, colocándolo en las bancas laterales.

Secó sus botas en uno de los paños, sacudió el agua de la escalera de aluminio y, sin mirar atrás, subió de dos en dos los escalones de piedra hasta la cerámica italiana del tercer piso.

Pasó por el espejo y la consola de metal del recibidor en dirección a la oficina.

Recostó la escalera en el piso y movió la perilla de la puerta sin soltar la mochila.

La oficina de Hugo Muscatello estaba con llave. Giorgio lo pensó un poco, luego abrió la mochila, regó el agua de su termo al pie de la puerta y bajó los escalones de piedra hasta la entrada del instituto.

—Está saliendo agua de la oficina del director —soltó a Vicenzo.

El eco de la tormenta se extendía por todo el instituto. El conserje lo miró sin moverse.

—Hay agua en la oficina de Muscatello —gritó Giorgio.

Vicenzo Gatti, que empuñaba uno de los trapos, abrió los ojos y, sin contestar, subió los tres pisos con la vista baja.

Entró a la oficina de Muscatello utilizando una de las llaves que colgaban de su cadera.

Limpió el charco al pie de la entrada y luego caminó hacia la ventana para asegurarse de que estuviera bien cerrada.

Giorgio Bertoldo aprovechó la distracción y trabó el seguro de la puerta.

El conserje cerró la oficina y salió con la cabeza hundida entre los hombros en dirección a la planta baja, sin reparar en Giorgio, quien se había alejado por el pasillo.

Una vez que se encontró solo, con la mochila al hombro y la escalera en la mano, el fumigador ingresó a la oficina de Muscatello y aseguró la puerta por dentro.

La lluvia repiqueteaba furiosamente contra la ventana y el techo.

La luz exterior iluminaba escasamente los muebles de la sala, que olía a humedad y amoniaco rancio.

Giorgio apoyó la escalera sobre la pared de la salita, debajo del corte rectangular que se visualizaba en el tumbado; le bastó subir a la mitad para poder empujar la trampilla.

Subió con agilidad por el boquete. Se acuclilló por unos segundos en lo que parecía un desván.

Estaba oscuro y la pestilencia era fuerte.

Tanteó con las manos, percibiendo un polvo fino entre las juntas de madera.

Escarbó primero superficialmente, después al detalle, hasta toparse con un interruptor pegado en el piso.

Giorgio lo accionó. El interruptor estaba conectado a una boquilla negra que colgaba del techo y un foco desnudo emitió una luz fría que iluminó el amplio espacio de almacenaje.

Giorgio se incorporó. Había una escultura moderna de mármol y dos marcos vacíos, cubiertos de pan de oro.

El hedor amoniacal era potente. Una caja alta y angosta de madera, de poco menos de dos metros de largo, estaba recostada contra la pared.

Avanzó hacia la caja y las planchas de madera que hacían de piso en el desván crujieron bajo su peso.

Movido por la curiosidad, examinó el contenido de la caja: era una pintura sobre un bastidor.

Haló el cuadro con la intención de dejarlo a la vista cuando se percató de unas manchas oscuras que mostraban signos de humedad en una de las paredes.

Devolvió el cuadro a su lugar y luego golpeó la pared falsa, que le devolvió un sonido hueco y un aleteo, seguido por el arrastrar de unas pisadas.

—¡Los tengo! —dijo en voz alta.

Dio un par de golpes adicionales para establecer el espacio vacío, y la pared, carcomida por los excrementos, goteó una pasta líquida.

Giorgio, satisfecho, abrió su mochila y sacó un destornillador plano.

Golpeó en las uniones hasta aflojar la plaqueta de yeso.

Haciendo palanca, logró abrirla apenas unos centímetros, los suficientes para ver el nido.

Los murciélagos, de aproximadamente quince centímetros de largo, con los cuerpos apretados, cubrían toda la pared. Giorgio hizo fuerza para abrir un poco más el boquete, pero cedió el punto de apoyo. Giorgio apenas tuvo tiempo de soltar la plancha que crujió sellando nuevamente el acceso al nido.

—¡Mierda! —dijo en voz alta—. ¡Es demasiado !

El volumen de animales era dantesco. Cogió el destornillador y, haciendo palanca, volvió a abrir el boquete.

—¡Qué carajo!

Las paredes estaban manchadas y sobre una de ellas aún burbujeaban restos del yeso.

La plancha no cedía e introdujo el brazo para abrir más el boquete.

Soltó dos paquetes enteros con bolas de naftalina.

No se distinguía ninguna entrada de luz del exterior, aun así, rellenó todas las juntas con poliuretano.

—Veamos —murmuró.

Guardó sus cosas y bajó sin prisa por la trampilla. Colocó con cuidado el techo falso de la bodega del desván y ya en el piso cargó con la escalera. Estaba por salir de la oficina cuando escuchó la voz de Muscatello y de un segundo interlocutor al otro lado de la puerta.

Regresó con rapidez sobre sus pasos y ocultó la escalera bajo el sofá.

Con la mochila en el hombro salió por la ventana casi al mismo tiempo que escuchó que la puerta de la oficina se abría.

Caminó por el alero exterior respirando aire de lluvia y con un pequeño impulso llegó hasta la escalinata de incendios.

Se acordó de Donna: no le hubiera gustado la maniobra, pensó divertido.

El aguacero le cubría la visión y aun así bajó con agilidad hasta el parqueo del instituto.

En cuanto tocó tierra cubrió su mochila, por costumbre más que otra cosa, ya que su bolso estaba tan mojado como él.

Luego se dirigió a la puerta principal y limpió en los paños de la entrada sus botas.

Repitió el movimiento mecánicamente, dividido entre dos ideas, la primera: si la naftalina sería suficiente para ahogar el nido; y la segunda: había dejado la escalera dentro de la oficina del director y debía sacarla de allí antes de que Muscatello la encontrase.

—Arriba tenemos unas camisetas que usamos para pintar. Son bastante abrigadas.

Giorgio dejó de limpiar sus botas, alzó la cabeza y se topó con Giulia. Había algo en su expresión que lo atrapaba, una amalgama de sueños y determinación. A excepción de las puntas del pelo de un cobre brillante estaba totalmente seca y vestía unas mallas oscuras.

—Gracias, no es necesario —dijo Giorgio.

Tenía la camiseta mojada pegada al cuerpo.

Se acomodó la gorra hacia atrás de la cabeza cuidando que no se notara su calvicie—.

Tengo un asunto que terminar. —Dio un paso a la salida y su bota sonó como llanta de vehículo.

Retrocedió casi de inmediato al distinguir que el director, acompañado de un policía, bajaba por las escaleras.

Se quedó en el umbral de la puerta, sobre el paño de limpieza, mientras Muscatello y su acompañante salían del instituto.

Giulia permaneció quieta a su lado. El viento que acompañaba a la lluvia le movió ligero el pelo lacio y empujó aquel aroma a jazmín. Giorgio se preguntó qué carajos le pasaba cuando se escuchó a sí mismo hablando atropelladamente como un adolescente.

—Pensé que no había encontrado nada allá arriba, pero la verdad encontré algo muy interesante.

—¿Qué cosa? —preguntó Giulia sin desviar la mirada. A Giorgio no se le escapó la forma en que Giulia siguió a Muscatello y cómo lo observaba embelesada cruzar la calle hasta que ingresó junto con el policía al café de don Nuno.

—Hay un desván escondido en la oficina de Muscatello. Lo usan como bodega y guardan unas cuantas cosas, incluyendo una pintura.

Giulia lo miró estupefacta, abriendo los ojos. Giorgio contempló complacido el efecto que su hallazgo había producido.

—¿Qué clase de pintura?

Giorgio, haciendo gala de su experimentado poder de observación, le contó cómo había dado con el techo falso.

—La pintura… ¿era un hombre con barba? —preguntó Giulia.

—No te podría decir. Estaba dentro de una caja. Lo abrí un poco, aún olía a pintura fresca .

—Puede ser mi lienzo, lo he buscado por todas partes. Tengo que subir y ver si es mi cuadro.

—Bueno, si así lo quieres. —Giorgio se alzó de hombros. Giulia asintió mordiéndose el labio.

—¿Quiénes están en el instituto?

—No he visto ningún profesor aún, solo unos cuantos estudiantes y el conserje. Muscatello, como tú mismo lo viste, se acaba de ir con un policía.

—El policía se llama Salermo, es amigo de Hugo —explicó Giulia.

—Como sea. Salió sin su abrigo, así que seguramente no tarda en regresar. —Introdujo la mano en el bolsillo izquierdo y sacó una pipa—. Tengo que advertirte: si alguien te ve en su oficina, no puedes mencionarme. ¿Estamos de acuerdo?

—Yo no lo delataría —contestó Giulia.

Su respuesta lo removió por dentro.

—Espera en el segundo piso —dijo con voz ronca—. Luego subes a su oficina.

Giorgio hizo una pausa mientras encendía la pipa. Aspiró el aire que le calentó placenteramente.

—La entrada a la bodega está en la sala de la oficina, cerca de la pared. Es fácil distinguir el corte en yeso del techo. Debajo del sofá encontrarás una escalera y podrás subir a la trampilla.

—Sí —contestó Giulia. Su voz tembló.

—La bóveda es un poco oscura.

—¿Hay… hay murciélagos dentro de la bodega? —Giulia se detuvo con una mueca.

—No, ni un solo murciélago —contestó contrariado—. ¿Estás segura de querer subir?

—Sí. Sí quiero. —Su voz tembló una vez más .

—El conserje está en el segundo piso —indicó Giorgio—.

Voy a hacerlo bajar y así cubrir la entrada del instituto en el caso de que llegue Muscatello.

—Subió, un poco vacilante, los escalones.

Las botas sonaban como hule, pero esta vez no las escuchó, inmerso en sus propias cavilaciones: pensó que quizás había sido precipitado incluir en sus asuntos a alguien tan joven—.

Escúchame con atención —Giorgio subió la voz por encima del ruido de la lluvia que penetraba por los corredores y se acercó a su oído—.

Deja la escalera fuera de la oficina, en el recibidor. ¿Está claro?

Giulia se detuvo. Su mirada se oscureció. Por primera vez se fijó que la chica tenía una cicatriz debajo del ojo.

—¿Por qué me está ayudando? —Apretó los labios rojos—. ¿Me está usando para hacer algo indebido? Si Hugo me descubre en la supuesta bodega podría pensar que le estoy robando.

—No, Giulia. —Bajó la pipa—. Solo intento hacer mi trabajo.

Giulia relajó los labios.

—Yo también, quiero ver si es mi cuadro —contestó.

Giorgio retuvo una mueca de satisfacción.

—Estamos de acuerdo, entonces. No olvides dejar fuera la escalera. Tienes diez minutos. Si Muscatello llega, no podré demorarlo por mucho tiempo.

Giulia hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y ambos subieron por los escalones de piedra.