25
La inspección
F uera del instituto, el fumigador Giorgio Bertoldo subió por segunda ocasión la escalera de incendios.
Subió con facilidad a la parte exterior del edificio y caminó por el perímetro del tejado.
El edificio del Instituto Muscatello era más alto que el del teatro Ornello y con una pendiente de techo mayor a la usual.
Revisó los alerones. Estaban limpios y despejados.
Tampoco encontró ninguna entrada o hendidura entre las tejas que pudieran albergar murciélagos.
No había restos de insectos o excrementos de roedores.
Se secó el sudor del cuello y decidió terminar con la inspección externa.
Bajó por la misma escalera y se topó con el conserje Vicenzo Gatti, quien lo había estado esperando desde el parqueo.
—Necesito ir al tercer piso —ordenó Giorgio en cuanto llegó al suelo.
Vicenzo Gatti se llevó la mano al llavero que colgaba de su cadera y lo apretó, como confirmando que se encontrase en su lugar.
—¿Tiene usted cita con el maestro Muscatello?
Giorgio lo pensó un poco.
—Claro, me está esperando .
El conserje lo condujo por dentro del instituto. Giorgio contó mentalmente los pasos del recibidor y el pasillo del tercer piso. Se fijó en el yeso del tumbado antes de golpear la puerta de la oficina del director del instituto.
—Pase —dijo Hugo.
Tras el escritorio situado delante de la ventana Hugo Muscatello cortaba las hojas de un soberbio bonsái.
Un hedor ácido flotaba en el ambiente. A excepción de unos trofeos apilados sobre la arquilla del fondo, la oficina era excesivamente simétrica: las sillas rectas alineadas con las baldosas, la papelera vacía, las plumas ordenadas por tamaños.
En la mesa baja de la sala lateral, resaltaba la maqueta del próximo Museo Muscatello.
Giorgio había escuchado en las noticias que se levantaría en el edificio antiguo de la Piazza Migdani.
Al igual que todo el salón, Hugo lucía impecable, con el pelo negro peinado hacia atrás y una chaqueta gris claro.
Tenía la presencia de un hombre escrupuloso y a Giorgio no le sorprendió que exigiera un perfecto mantenimiento en el instituto.
Se fijó en el tumbado: el yeso mostraba manchas amarillentas y, sobre la sala, perpendicular a la pared, se distinguía una trampilla de acceso.
—Buenas tardes, soy Giorgio Bertoldo, el fumigador. —Limpió disimuladamente su mano derecha en el overol hasta tocar la pipa que estaba en el bolsillo.
—Escuché pisadas en el techo. ¿Era usted, o viene con alguien más? —preguntó Hugo mientras podaba una hoja del bonsái.
—Solo yo —contestó Giorgio.
—¿Rompió las tejas? —preguntó, alzando la pequeña tijera de podar—. Supongo que se dio cuenta de que no resisten su peso.
—No —contestó Giorgio incómodo. Y luego añadió—: La plaga se acumula entre el espacio que hay entre las tejas y el techo. No es necesario destruir las tejas .
La puerta había quedado abierta y Hugo desvió la mirada. La chica del pelo cobrizo estaba en la entrada.
—Hola, Giulia. ¿Todo bien? —preguntó Hugo alzando la voz. A Giorgio le pareció que su tono era bastante más dulce que cuando le habló a él.
—Pasa —la invitó Muscatello.
Giulia avanzó hacia el escritorio, casi a su lado. Olía a jazmín, lo cual fue un respiro para Giorgio que, a pesar de su experiencia con los olores desagradables, no era inmune al tufo amoniacal que inundaba la oficina.
—Gracias, Hugo.
Giulia miró de reojo a Giorgio e hizo un movimiento con la cabeza, en forma de saludo. Hugo alzó la ceja.
—No encuentro mi lienzo, el que va a Milán. —Miró a Muscatello con expectativa—. Quería saber si sabías dónde estaba.
—Lo siento, no sé de qué me hablas ni dónde puede estar tu cuadro.
La chica titubeaba. Giorgio se sintió mal por ella.
—¿Lucca viene al instituto hoy?
—¿Quién? —Muscatello adelantó el cuello, como si no hubiera escuchado bien.
—Lucca —repitió Giulia.
—¿Quién es Lucca? —Golpeó en un gesto impaciente la mano contra el escritorio.
—Quizás lo conoce con otro nombre. Es alto, de pelo claro, es el especialista en los pigmentos —aseguró Giulia.
—No conozco a ningún especialista en pigmentos con ese nombre. —Hugo juntó las manos y apretó la boca en un gesto de impaciencia.
—Perdone, me he confundido. No he querido interrumpirle. —Giulia se despidió de ambos con un movimiento de cabeza y cerró la puerta al salir de la oficina .
Hugo, quien parecía haberse perdido en sus pensamientos luego de la intervención de Giulia, regresó su atención a la hoja del bonsái. Giorgio se aclaró la garganta.
—La situación es: he revisado el techo al detalle y no encuentro ni un solo murciélago. Ni siquiera sus excrementos o un nido abandonado.
Hugo tiró la tijera de podar, que rebotó sobre la mesa.
—¡Cómo que no encuentra nada! ¿Para qué sirve entonces? Es un inepto. Lleva dos horas escarbando mi techo. Seguramente ha roto las tejas. ¡Se las voy a cobrar! —Se levantó apoyando los nudillos sobre el escritorio.
Giorgio, estupefacto por la súbita reacción de Muscatello, pasó de la sorpresa a la furia. Sintió sus orejas calientes, pero no se movió.
—Hay un lugar en el techo al que no tengo acceso —dijo en un tono excesivamente controlado—, necesito autorización para perforar.
—¿Perforar? ¡De ninguna manera!
Unos chillidos agudos en el techo se unieron a la conversación.
—Así que no encontró nada. Malditos murciélagos. ¿Los escucha? —prosiguió Hugo. El rostro se le había oscurecido y aún apoyaba los nudillos sobre el escritorio.
Giorgio no contestó, el sol empezaba a caer, era la hora en la que los murciélagos salían de sus escondites y los había escuchado perfectamente.
—La mejor opción es entrar por dentro —avisó Giorgio mirando el techo de la oficina—. Esto es yeso, es fácil de cortar y de sellar. El espacio al que no puedo llegar está justo encima de su oficina.
Giorgio siguió con la mirada la unión entre el tumbado y la pared, desde el bonsái hacia la elegante sala con el sofá de tres puestos. Señaló el punto donde había distinguido la trampilla de acceso.
—Aquí tiene una entrada —dijo dando un par de pasos hacia la sala—; al subir podré determinar si está allí el problema .
Hugo rápidamente le cortó el paso.
—Está cerrada, la hice sellar. —Su voz había cambiado de tono a un estado casi conciliador.
Giorgio paró en seco, sin saber cómo anticiparse a las reacciones de aquel hombre. Claramente la trampilla no estaba sellada, y aunque lo estuviera, era punto ciego ideal.
—No quiero que haga ningún tipo de perforación ni en mi oficina ni en el techo. ¿Está claro? —recalcó Muscatello.
Giorgio pensó que era allí donde seguramente estaba el nido de los murciélagos, pero se abstuvo de insistir.
—En lugar de perforar puedo esparcir químicos, pero sin ir directamente al nido no le aseguro terminar con la plaga. Solo los espantará por unos meses —dijo Giorgio.
—¿Qué clase de químicos? —preguntó Hugo.
—Naftalina; la disperso por dentro del tumbado. Los murciélagos salen casi inmediatamente. Al día siguiente procedo a una limpieza y luego sello los respiraderos.
—¿Y cómo entra a la parte interna del techo?
—Yo no entro, solo echo el químico por los respiraderos.
Muscatello regresó a su escritorio y clavó la mirada en una marca sobre la madera. Seguramente la que la tijera de podar había hecho hacía pocos minutos. Presionó con el dedo índice la marca.
—No creo que vaya a servir de nada lo que usted hace —dijo despectivo Hugo.
—No puedo hacer un buen trabajo si no me da acceso —replicó Giorgio en tono neutro, pero lo que de verdad tenía ganas era de pegarle un puñetazo a ese Muscatello—.
Otra opción es que el nido no esté en su edificio sino el teatro Ornello, ya que están en la misma cuadra —Giorgio había fumigado el teatro el año pasado, pero omitió el detalle.
Hugo se acomodó el pelo y luego se enderezó .
—¿En el tejado del teatro?
—Puedo hacer una segunda inspección, en el lado oeste, que colinda con el teatro.
—¿Por el techo del teatro? ¿Cuándo? —preguntó Hugo.
Giorgio soltó un resoplido antes de contestar:
—Mañana.
—Coordine con Donna. —Hugo lo despidió con un movimiento de la mano. Giorgio no lo pensó dos veces y abandonó la oficina.
A Giorgio no le gustaba que le dijeran qué hacer y no le gustaba para nada ese Muscatello. Pero, después de todo, él era un fumigador y se trataba de un trabajo con buena paga que no iba a abandonar por ninguna clase de imbécil.
Se topó con Donna en las escaleras. Estaba de pie con la estudiante que había entrado unos minutos antes a la oficina de Hugo. La visión de ambas lo tranquilizó en el acto.
—Aquí nunca se ha perdido nada. ¿Cómo es posible que desaparezca un cuadro de ese tamaño?
—Es un retrato —dijo Giulia—. Quizás lo movieron por la fumigación.
—Soy Giorgio Bertoldo, el fumigador —extendió su mano a Giulia, presentándose. Ella la tomó con ambas manos. Era una tontería, pero estaba poco acostumbrado a que lo saluden. Las personas lo relacionaban con la plaga y muchas veces rehuían su contacto.
—Usted ya sabe que me llamo Giulia —contestó amigable.
Giorgio se aclaró la garganta.
—Usted me recuerda a mi hermana pequeña. —Le soltó la mano—. No hemos movido lienzos ni mobiliario para efectuar la fumigación, y no creo que sea necesario hacerlo en el futuro.
Luego Giulia dijo algo que Giorgio no entendió del todo:
—El retrato debe llegar a Milán —susurró .
Giorgio Bertoldo no durmió bien esa noche.
Le pareció de mala suerte que la joven Giulia no encontrara su cuadro y que él no encontrara los murciélagos.
Recorrió en sueños el techo del instituto, vacío de excrementos, de nidos, de insectos.
Respiraba el aire vacío de la sala estéril de operaciones en la que había tenido que entrar hacía muchos años, cuando perdió a su hermana pequeña.
Una sala de hospital de luces violetas, sin bacterias, sin virus.
Sin vida. Despertó con escalofríos, como si ese aire inerte se le hubiera metido en el cuerpo.
Su esposa se cubrió el hombro con la sábana en un movimiento brusco: quizás un mal sueño la perseguía también a ella.
Miró al techo con los ojos abiertos. Le guste o no, Muscatello tenía razón: ¿cómo había sido posible que no encontrara la plaga?
Pues los murciélagos eran reales: él había escuchado sus chillidos y, además, uno de ellos se había estrellado contra el vidrio de la ventana.
Se viró de un lado, luego del otro, hasta terminar otra vez con la mirada en el techo.
La plaga no presentaba un comportamiento normal.
Los murciélagos se instalan en los tejados y las tuberías como si no fuera gran cosa: uno, dos animalejos que pasan primero desapercibidos, pero luego su número crece rápidamente, desbordándose e inundando los alerones.
El yeso de los techos termina colapsando, podrido por las heces.
Donna y los estudiantes hablaban de animales grandes y en gran número, pero en el edificio no había rastros del paso de la plaga en el tiempo.
No tenía sentido. Pero él presentía dónde estaba el problema, su instinto no le fallaba.
Se las ingeniaría para acceder a la trampilla que quedaba en la oficina de Muscatello.