El secreto del lienzo 24
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Perdido

L a mañana del lunes Giulia pasó por la ferretería y compró cartón de embalaje, tiras de madera, láminas de goma, espuma, cinta adhesiva y papel burbuja. Se sentía bien, había dormido prácticamente todo el fin de semana.

Cuando llegó al Instituto Muscatello se topó con Donna, quien hablaba sobre los murciélagos con el fumigador.

Hacían un dúo extraño, Donna con su pelo rojo y su blusa de colores brillantes y el fumigador con la gorra y el overol desgastado.

A Giulia le atemorizaban los murciélagos, especialmente a la hora de salida del instituto, donde volaban en picada y se colgaban de las ramas o se pegaban a las paredes.

Decidió no escuchar detalles sobre la fumigación de los animales y se precipitó por las escaleras, donde casi tropezó con Manolo.

—¡Giulia! ¿Vas a envolvernos a todos con papel burbuja? —Su compañero extendió sus brazos largos de pulpo.

—Qué gracioso. —Enrolló el papel burbuja para evitar que se le cayera y Manolo se apresuró a ayudarla.

Era buena gente este Manolo, pensó Giulia.

Entre ambos colocaron las láminas de goma sobre el cartón rígido.

Subieron las escaleras, Manolo tropezó y Giulia alcanzó a sostener el rollo antes de que tocara el piso.

—Veo que estás lista —le dijo.

—¡El óleo está terminado! —le contó Giulia conteniendo la voz, aunque lo que ella quería era gritar a los cuatro vientos «¡Estoy lista para llevar a Masseo a la exposición de Milán!»—. Voy a esperar unos días para que se seque la pintura y, mientras tanto, armaré la caja de empaque.

—Te felicito —Manolo soltó con torpeza los cartones en la entrada del salón—. Estoy en el módulo de seminarios y debo entrar. ¡Luego me enseñas el óleo!

Giulia agarró los cartones y se dirigió al taller de pintura. Aún no empezaban las clases y era la única sala que permanecía abierta ya que los estudiantes dejaban reposar sus obras dentro del taller y se dedicaban a ellas en horarios indefinidos.

El taller olía a pintura fresca. Los pinceles y brochas aún dormían arrimados en las estanterías laterales. Con el fin de no tropezar con los puestos de sus compañeros, dejó los cartones del embalaje en la entrada y cruzó la estancia.

La ventana del salón había sido cerrada y el óleo no estaba en los caballetes.

Giulia parpadeó dos veces. La obra de Masseo no estaba en los caballetes.

Buscó entre los lienzos y bastidores apoyados en las paredes laterales.

Repasó cada una de las pinturas de sus compañeros.

El óleo medía metro y medio de alto, por lo que no tardó en entender que el lienzo no estaba en ningún rincón del taller.

La chica salió del salón. Todos entraron a clases menos ella; recorrió el edificio concienzudamente, como un ratón.

Buscó en las paredes, en las esquinas, tanto del primero como del segundo piso.

Preguntó a los estudiantes en los pasillos.

Nadie parecía haber visto el óleo. El pulso se le aceleraba a cada paso.

Buscó dentro del cuarto de la máquina dispensadora de pinturas, en la parte posterior del instituto, incluso recorrió el parqueo .

Eran más de las diez, habían pasado casi tres horas desde que llegó al instituto, cuando se encontró con Carina y Manolo, quienes terminaban la primera jornada de clases.

—No está mi lienzo —dijo Giulia.

—¿Cómo que no está tu lienzo? —preguntaron al unísono.

—Terminé el óleo en la noche del viernes, lo dejé en el salón de talleres.

—¿Totalmente? —Carina abrió los ojos en un gesto de asombro—. ¿Incluyendo los ojos?

—¡Sí, pero ahora no encuentro el lienzo! —Giulia se llevó la mano a la frente—. Estoy que pienso dónde podría estar.

—Nadie pierde un lienzo. ¿Se te ocurre quién lo pudo haber tomado?

Giulia se apoyó en la pared.

—¿Saben dónde puedo encontrar a Lucca? —preguntó—. Lo dejé con él antes de regresar a mi departamento el día viernes.

—¿Dónde está quién? —preguntó Manolo.

—No sé quién es Lucca —dijo Carina.

—Quizás el conserje sepa algo, como está medio tocado, siempre anda con todas esas llaves, cerrando y guardando —dijo Manolo.

—¿Vicenzo? Es buena idea —contestó Giulia—. Además, van a fumigar. Quizás pudo haberlo reubicado.

—Tú siempre tan optimista —murmuró Carina.

Los tres estudiantes recorrieron los mismos pasos: los callejones del instituto y los cuartos vacíos.

Se hizo una pausa en las clases y pudieron entrar en los salones del primer año.

Nada. El material de embalaje quedó en la entrada del taller, expectante y olvidado.

Lograron entrar a todas las estancias a excepción de las dos del fondo y el salón Pitti, que estaban bajo llave.

La tienda de Donna estaba también cerrada y no se distinguía ningún lienzo a través del vidrio .

—El óleo tiene que estar en algún lugar del instituto —dijo Giulia. Carina y Manolo se miraron entre ellos.

—Es cierto, no tiene sentido que falte tu óleo, Giulia. Hay que pedirle a Vicenzo que te abra los últimos salones —contestó Carina.

—Es hora de almuerzo de cierre de seminario —dijo Manolo—. Vicenzo no va a regresar hasta dentro de un par de horas. Quizás deberíamos ir todos a almorzar.

—¡Es cierto! Todo esto me ha dado hambre. —El pelo ensortijado de Carina bailó con ímpetu.

—¿Viste el menú de cierre de seminarios? Queso fundido con tomate, espagueti a la carbonara, solomillo de ternera y alguna ensalada verde. La ensalada te la dejo a ti —dijo Manolo.

—¿Te parece que soy de las que se alimentan de ensaladas? —Carina golpeó el zapato de plataforma contra el piso.

—Aún falta esta clase —dijo Giulia señalando la puerta de una de las estancias cerradas—. Debe de estar por terminar. Yo prefiero esperar.

En ese momento se abrió la puerta de la clase de seminarios; el primero en salir fue el profesor Federico Monti.

Giulia se abalanzó dentro del salón, donde había un grupo de unos dieciséis jóvenes con ropas excesivamente abrigadas, pero ni rastro del lienzo.

Manolo y Carina se quedaron en la entrada, esperándola.

Uno de los jóvenes, de baja estatura y nariz ancha, invitó con su brazo a Giulia y dijo:

—¡Hora de comer!

A Manolo se le iluminó el rostro, mostró también su brazo a Carina, y repitió:

—¡Hora de comer! —Y, para asegurarse, la tomó de la mano, la puso sobre su brazo y la arrastró fuera del salón.

Giulia bajó el brazo del chico de nariz ancha y le explicó que iría luego de encontrar al conserje .

El conserje Vicenzo Gatti llegó poco después y con gran prisa tomó el llavero de su cadera y abrió la puerta de la sala nueve.

Era un cuarto sin ventanas, había sido utilizada como bodega y un olor dulzón impregnaba el lugar.

Vicenzo esperó afuera mientras ella removía los cartones, las pinturas y las sillas.

Luego le abrió el salón Pitti. El óleo no estaba.

Giulia se sentó en la escalera y esperó.

Esperó a que algo pasara. Esperó porque no se le ocurrió más que hacer.

Esperó porque eso hacían las pinturas, confiar en que un color se asiente.

Hundió la cabeza entre las manos y pensó nuevamente en Lucca; la noche del viernes dejó la pintura con él, en la misma estancia. No sabía dónde encontrarlo.

Pasó una hora y Donna Vitale bajó por las escaleras del instituto con su pelo rojo recogido en una rosca. Giulia supuso que ella no había abierto ese día la tienda de materiales, por estar repartida entre los requerimientos del director y del fumigador.

—Donna —llamó Giulia.

—Giulia Febres —le contestó Donna—. ¿Tienes el pase para la comida de cierre de seminario?

—Sí, lo tengo. Gracias. Lo que pasa es, y perdone que la moleste —Se le quebró la voz—, no encuentro mi lienzo. ¿Usted cree que por algún motivo podría estar en su tienda?

—¿Cuál lienzo? Hay un montón de lienzos y pinturas en este lugar, querida. ¿Por qué estaría en mi tienda?

—El retrato que pinté para Milán. Es un óleo de un hombre, con una puerta de madera atrás.

—¿Buscaste en el taller de pinturas?

—Sí, allí lo dejé.

—Tranquila, veamos —dijo Donna mientras sacaba la llave de su cartera y abría la puerta de vidrio—. Vicenzo está un poco sordo y suele entender mal ciertas instrucciones, podría haber movido tu pintura sin mala intención .

Giulia dejó escapar un suspiro de alivio ante la comprensión de Donna, pero pronto se desalentó. El óleo no estaba en la tienda de materiales. Sencillamente era muy grande para pasar desapercibido.

—¿Y sabe dónde podría localizar a Lucca? —preguntó Giulia—. Fue el último que vio el lienzo.

—¿A quién? —Donna la miró extrañada—. Nunca he oído ese nombre.

— Está aquí en el instituto. Me he topado algunas veces con él.

—No sé de quién hablas, querida —contestó Donna frunciendo la frente—. ¿Seguro le entendiste bien? ¿Cuál es su nombre completo?

—No… no lo sé. Es alto, bien parecido, rizos claros —Giulia prefirió no seguir.

—Parece enamorado tuyo, seguro él sabe dónde está tu cuadro. —Donna alzó las cejas rojizas.

—No, no eso. —Giulia se sintió totalmente avergonzada y el pensar que Lucca se había llevado su óleo le produjo un escozor en los ojos—. Gracias, Donna. Voy a seguir buscando.

Se despidió con la mano y abandonó la tienda de materiales.