El secreto del lienzo 23
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Masseo

O currió un día viernes. No había asistencia a clases ese día, por lo que Giulia llegó alrededor de las siete de la noche al instituto.

Encontró la puerta principal aún abierta y, en el cuarto de la dispensadora de pinturas al por mayor, las órdenes junto al teclado.

Ingresó los datos: verde aguamarina, rubí oscuro, blanco pardo, dorado retriever .

Acomodó las canecas y la máquina empezó su orquesta particular.

Había conseguido un pincel corto, de cerdas más rígidas para el impasto, y subió las escaleras de dos en dos, ansiosa por probarlo en el óleo.

Al ingresar al taller de pintura del segundo piso encontró a Lucca de espaldas a la puerta, asomado a la ventana. El abrigo lo cubría hasta las pantorrillas y el pelo claro caía ocultándose en el cuello de la prenda.

Giulia tenía tantas preguntas que hacerle que ni siquiera sabía por dónde comenzar, así que, en silencio y con el pincel en mano, se arrimó al dintel.

Lucca siempre mantenía la distancia y ella hacía lo mismo, los treinta centímetros que la separaban de él era lo más cerca que habían estado desde que lo conocía.

Sintió que no tenía pesares ni prisas. Hacía un frío agradable esa noche callada y sin viento.

El café de don Nuno ya había cerrado sus puertas y el farol de la vereda iluminaba la cabeza de un señor de barba corta, que barría la calle.

Giulia jugueteó con el pincel, aspirando el frío de la noche.

—¿Por qué estas dudando, Ishsha? —preguntó él en un suave tono grave.

—No encuentro la expresión de los ojos en el óleo. Sin la mirada, no puedo terminarlo —contestó Giulia.

Abajo, el hombre de barba corta sostenía la escoba con orgullo y sus movimientos eran concienzudos y medidos.

—¿Y cuál es la expresión que no encuentras? —preguntó Lucca.

—Cuando se me vino la idea de pintarlo supuse que era sorpresa —contestó—, pero ahora no lo sé.

En la calle, el hombre seguía barriendo en líneas ordenadas bajo el farol, y la luz rebotaba en el pelo oscuro. Barría como si estuviera a cargo de una misión de honor y aquel instrumento fuera su arma de batalla.

De pronto, Lucca retomó el encuentro de Masseo en la abadía, detallándolo como si lo conociera a la perfección.

A medida que él hablaba, ella tenía la sensación de que una cortina se abría directamente a ese lugar del siglo xiii .

La rodeó el aire fresco y húmedo del bosque en la primavera, escuchó a las golondrinas a medida que avanzaba por el sendero, que se abrió entre los árboles en dirección a la abadía.

Una ardilla parda corrió veloz hacia lo alto del árbol.

La voz de Lucca sonó como el arrastrar de una capa sobre el césped, vio una flor silvestre amarilla, tan cerca de ella que los pétalos parecían saludarla.

Las paredes de la abadía eran de piedras gruesas y la chimenea despedía humo hacia el exterior.

Tres golpes fuertes estremecieron una puerta maciza de madera.

Se escuchó un pisar apresurado en el interior y el olor a pan recién horneado se coló por la hendidura de la puerta, que abrió con lentitud.

Una alegría bullía en ella mientras las palabras de Lucca relataban el encuentro, y casi podía sentir la turbación, el asombro y la confianza de aquel religioso que había visto un ángel.

Giulia soltó el pincel que llevaba en la mano y este cayó a la calle. El hombre bajo el farol tomó el pincel del suelo y luego lo mostró, ofreciéndolo sobre la palma abierta de la mano.

—¡Enseguida voy! —Giulia bajó a toda velocidad las escaleras y abrió la puerta que daba a la calle.

El señor la esperaba abajo. Giulia se quedó pasmada.

La luz de la lámpara dio de lleno en su ceja con un corte al final, y la barba corta partida en dos ya no se ocultaba a contraluz.

La frente ancha y los rasgos angulosos, no había duda: el óleo inconcluso era el retrato de aquel hombre de ojos marrones y expresión inteligente.

—¿Masseo?

Masseo sonrió discreto. Y sus ojos... Un brillo eterno en ellos.

Depositó el pincel en la mano de Giulia y luego tomó la escoba y siguió barriendo.

Giulia se quedó clavada frente a él, viéndolo barrer: era un hombre gallardo, de buen porte a pesar de la ropa sencilla que lo cubría, sus rasgos eran de buen ver y parecía estar sonriendo mientras barría.

Cerró la puerta del instituto y subió las escaleras. Lucca seguía de espaldas, apoyado en el dintel de la ventana. Giulia se asomó junto a él y miró la calle. El farol alumbraba los adoquines grises: Masseo ya no estaba.

—Ishsha —dijo Lucca—. Es hora.

Giulia, sin analizar lo que acababa de pasar, colocó el lienzo entre los dos caballetes. Lucca tomó una silla alta y se sentó a unos pocos metros de ella. Ella limpió el pincel. Los primeros colores se plasmaron en el espacio en blanco de los ojos sobre el lienzo.

Pasaron horas en las que Lucca permaneció impasible en la silla.

Alrededor de la una de la madrugada la orquesta del teatro Ornello irrumpió con el sonido de un piano que acarició la noche.

Lucca se paró frente a la ventana absorbiendo la melodía.

La luz cruzó por sus mechones claros y marcó la mandíbula.

Al terminar la música, volvió a la silla.

Ella sí debió levantarse varias veces del taburete: primero fue a cerrar la máquina dispensadora, luego a tomar el café de la sala de profesores, a estirar las piernas, incluso fue al cuarto de baño, y al regresar, Lucca seguía en la misma silla.

Le animó con pequeños comentarios y por primera vez le habló de pintura.

Su conocimiento de los pigmentos era vasto, hablaba de ellos como si se movieran.

En un lenguaje sencillo abrió la química del componente del óleo; al escucharlo, ella sentía esa misma emoción cálida que había visto en la mirada de Masseo cuando barría.

Giulia entró a los detalles: creó múltiples transiciones y agregó más rojo y amarillo al color medio para darle calidez al lagrimal.

Luego quiso agregar textura, y buscó en las repisas del salón una espátula.

Había un cepillo tosco detrás de las revistas de arte.

Lucca tomó el cepillo y sopló sobre él. El polvo quedó suspendido en pequeñas partículas antes de caer.

Giulia texturizó la pintura del ojo con el cepillo, suavizando las líneas entre los colores.

Mezcló y repitió el proceso. Sentía el cuerpo entumecido por la falta de sueño, pero su mente estaba concentrada y ágil.

El proceso natural de la pintura incluye sus tiempos de secado, donde las horas permiten al color mostrar su verdadero rostro, pero esa noche, en la que el tiempo se había adecuado a su ritmo, las diferentes capas se agruparon de golpe con intensidad y perfección, hasta terminar aquella singular mirada.

Retrocedió unos pasos para verlo de lejos.

Los pájaros empezaron su canto bullicioso previo al amanecer y un rayo de luz iluminó la pupila negra de Masseo.

Giulia no cabía en sí. Sentía que le estallaba el pecho, pero su cuerpo, producto de las horas sin dormir, se negaba a responderle. Se colocó el pelo detrás de la oreja y observó a Lucca, que seguía sobre la silla alta. No parecía cansado.

—Gracias por acompañarme —dijo Giulia.

Lucca sonrió abiertamente. Sus ojos brillaron.

No movió ningún otro músculo del cuerpo.

Giulia pudo percibir, en medio de sus silencios, profundas emociones.

Luego ella sintió los brazos y piernas pesados, como llenos de cemento, y los ojos se le cerraban.

Dejó el lienzo sobre los caballetes, cuidando que el óleo no recibiera luz directa, y se despidió de Lucca, en dirección a su departamento.