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Séptimo Pergamino
Queridísima hermana:
La temperatura ha descendido, espero estés bien abrigada en el convento o, en su defecto, que hayas perdido la costumbre de resfriarte en cada invierno.
Hoy llamé tres veces al hermano Francisco, pero este no se movía de su posición, parecía no escucharme, de rodillas con los ojos fijos en el cielo.
Creo que ha llegado a un grado de contemplación al que solo pueden llegar los santos.
El hermano Rufino vino presuroso a indicarme que no lo interrumpiera, pues en estas oraciones Dios le comunica su voluntad.
Yo procuro orar todo el día, o cantar agradeciéndole todo a nuestro señor, pero no lo puedo escuchar y ver como lo hace el hermano Francisco, o entrar tan humildemente en la contemplación de nuestro Dios como el hermano Rufino.
El santo Francisco me hizo conocer que mis compañeros tienen la gracia de la oración y de la contemplación y que yo tengo la gracia de la predicación y el don de agradar a la gente.
Así que me ordenó que me encargase de atender la puerta, la limosna y la cocina.
También me pidió que cuando los demás estuviesen comiendo, comiera yo en la puerta del convento.
Dice que mi buena presencia, los modales finos que nuestra madre tanto se esmeró en inculcarnos y el carácter resuelto y sonriente que seguramente heredé de nuestro padre, será de gran provecho a los peregrinos, y así ningún otro hermano tendrá necesidad de venir a recibirlos.
Me alegré de ser de utilidad en estos menesteres.
En verdad todos los trabajos son de provecho y hay mayor ganancia donde somos más útiles, así que me quité la capucha y me entregué a estos oficios honrando mi voto de obediencia.
Ciertamente la puerta es cada día más ajetreada, pues vienen peregrinos de toda Umbría en busca de consuelo.
Estuve varios días realizando estos menesteres, la puerta, la limosna y la cocina.
Luego supe que mis compañeros fueron a rogar al santo Francisco que distribuya entre ellos aquellos oficios, pues les había causado remordimiento que realizase yo solo estas tareas mientras ellos estaban libres.
Yo respondí como lo hice la primera vez: que lo que él considere conveniente, yo lo tomo como venido de Dios.
Ahora están distribuidos todos los oficios, pero yo procuro abrir la puerta cuando los peregrinos nos sorprenden en el eremitorio, para que mis hermanos no sean interrumpidos en sus oraciones.
Tu servidor y hermano,
Fray Masseo.