21
El lienzo
E sa misma noche, tras ingresar las órdenes en la máquina dispensadora, Giulia subió al salón en el segundo piso y colocó el óleo de Masseo entre dos caballetes.
Revisó al detalle el lienzo rectangular que ella misma había construido en lino, empezando por el bastidor firme de dos metros de alto por uno cincuenta de ancho.
Revisó los detalles: habían brotado veladuras y restregaduras en el retrato de un hombre de pómulos angulosos, de unos treinta y cinco años, tal como lo había descrito Lucca.
Le pareció adecuado el atuendo gris platinado, con el estilo de los uniformes que solían usar en los hoteles.
No llevaba gorra sino un cabello corto y una barba grisácea que se dividía sutilmente en la mitad.
La frente ancha denotaba inteligencia. La boca era discreta, como la antesala de una sonrisa.
A veces, tenía la impresión de que el óleo la invitaba a salir, como si fuera de paseo con un amigo, lleno de silencios y confidencias.
La voz de Lucca y el recuerdo de la historia le enseñaron a hundirse en el óleo, hasta llegar al corazón mismo de Masseo y, desde allí, asombrarse con sus profundidades y texturas .
La pintura tenía vida propia, transmitía vida. Era hermosa. Después del exhaustivo examen, se rindió ante el hecho de que solo faltaba pintar los ojos de Masseo.
Dentro del salón se escuchaba lejano el tamborileo de la máquina dispensadora y el murmullo de la calle. Preparó el tono oscuro y se acercó al espacio en blanco, con los trazos a lápiz de los ojos.
Bajó el pincel. El espacio quedó en blanco.
Había buscado la mirada, vaya que la había buscado.
No era la mirada distraída de su amigo Manolo, ni la de Ingrid, afilada como una espada.
Pensó en Hugo Muscatello, quien tenía una mirada intensa e interesante de retratar, pero muy distante a lo que ella suponía de Masseo, un hombre que había abierto las puertas de su morada y de su alma.
Ese pensamiento la entristeció. Se levantó del taburete y abrió la ventana.
El farol de la vereda iluminaba la calle del Ciompi.
El café de don Nuno estaba lleno y se escuchaba el murmullo alegre que acompañaba la comida.
De pronto, se apagó el farol, el instituto quedó envuelto en una quieta oscuridad, el ruido de la calle se silenció, la máquina dispensadora dejó su tamborileo y el viento dejó de soplar.
Giulia giró sobre sí misma y, al tiempo que las luces regresaban, vio a Lucca ingresar al salón.
Llevaba una taza con una mano y la otra en puño sosteniendo un pocillo.
Caminó hacia Giulia y le tendió la taza.
Lucca le dejó el pocillo que estaba lleno de avellanas en el marco de la ventana y se quedó a su lado. ¡Qué hambre tenía! Tomó un sorbo de la taza humeante, era un té. Estaba delicioso. Probó una de las avellanas, calientes y sabrosas. «¿Dónde habrá calentado esto?», se preguntó Giulia.
—Lucca, ¿dónde has estado todo este tiempo? Te he echado de menos.
Ambos estaban al pie de la ventana. La máquina dispensadora seguía a su ritmo y se escuchaba lejano el piano del teatro Ornello; Lucca parecía atento a la música.
El pelo claro caía suave y limpio sobre la camisa suelta.
Tomó una de las avellanas y la animó a seguir con el resto.
Giulia se sintió reconfortada con aquella comida sencilla.
—Me alegro de que esta vez hayas entrado por la puerta —dijo Giulia—. Si sigues apareciendo y desapareciendo voy a pensar que eres un fantasma.
— Ishsha . Si supieras quién soy, jamás dirías que soy un fantasma. —Se paró firmemente en su sitio, con los brazos cruzados, como esperando que ella lo comprobase—. La naturaleza de un fantasma y la mía son distintas.
A Giulia le dio la impresión de que le había indignado el comentario.
—Entiendo —dijo Giulia, cruzando también los brazos—. Que no seas un fantasma es un asunto trascendente.
—Sí, lo es —contestó Lucca, marcando una arruga en el entrecejo.
—Entonces me alegro de que no seas un fantasma. —Giulia regresó despreocupada a su taburete, frente a Masseo.
Aunque Lucca mantuvo por un momento su actitud seria, pareció complacido con esa respuesta.
Colocó el pocillo de porcelana y la taza vacía sobre las repisas de los materiales y caminó hacia el óleo.
Giulia contuvo el aire esperando que le preguntase sobre los ojos, como habían hecho sus profesores y compañeros.
—Cuando Masseo tenía nueve años se subió a un árbol. Creía que desde la copa del árbol podría llegar al campanario de la iglesia —dijo Lucca.
—¿Y? ¿Llegó al campanario?
—De ninguna manera, —Lucca sonrió divertido—. Cayó del árbol y se cortó la ceja izquierda. Aquí. —Acercó la yema del dedo al lienzo.
Giulia tomó el pincel .
—¿Por qué siempre hablas como si lo conocieras? —Giulia preparó la mezcla. Era una pregunta retórica, porque Lucca ya le había asegurado que conocía a Masseo.
Lucca se acercó al óleo y señaló con el dedo índice.
—Aquí es el corte, casi al final de la ceja.
Lucca tenía cejas marrones oscuro sin cortes.
—¿Por qué no te he vuelto a ver por el instituto? —preguntó Giulia.
— Ishsha. —Lucca volvió a señalar el punto sobre el lienzo.
Giulia giró en el taburete, de espaldas a él, y se concentró en la forma de la ceja. Dibujó el corte de la ceja con un pincel fino, en líneas claras, cerca del bosquejo de la mirada en blanco de Masseo.
—Pienso que los ojos de Masseo eran marrones —dijo Giulia. Se viró al sentir el silencio. Lucca había desaparecido. Tampoco estaban la taza ni el pocillo de porcelana.
Se levantó del taburete y salió del salón de clase. Miró por el corredor. Las luces estaban prendidas y se escuchó la impresora de la máquina dispensadora. Las clases y la escalera estaban vacías. Se mordió el labio, frustrada. ¿Dónde se había metido?
Regresó al salón y se sentó en el taburete.
Ella era consciente de que cuando humedecía la punta del pincel de pintura se perdía de lo que estaba a su alrededor, pero Lucca tenía la habilidad para esfumarse en la nada.
Por lo menos había tenido la delicadeza de avisarle de que no era un fantasma.
Sonrió ante la idea y, con un poco de trementina, siguió aclarando el corte de la ceja.