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Milán
F rente a la estación de la Galería de Arte, Giulia Febres se ajustó el vestido y anudó su bufanda roja alrededor del cuello.
La Galería de Arte de Milán era un edificio de puertas altísimas como una esfinge con la boca abierta, rodeado de calles concurridas y árboles caprichosos.
Ingresó al edificio y caminó hasta el patio central que exhibía un jardín minimalista y una hermosísima fuente de lirios bajo una cúpula de vidrio.
Los pasillos decorados con mosaicos conducían a las diferentes salas de exhibición, ionizadas y temperadas.
El ascensor, amplio y diseñado enteramente con vidrio, permitía una vista aérea de los jardines y de los pisos superiores de la galería.
El museo estaba lleno. La muestra de escultura hiperrealista ocupaba toda la planta baja, que terminaba en un frenesí de compras en la que los visitantes adquirían un poco de ese colorido mundo.
El penúltimo piso del subsuelo contenía las salas privadas de eventos. En el mayor de los salones, llamado Salón Blanco, se podía leer en letras negras el título de la exposición:
Los ojos son el espejo del alm a
Las luces circulares empotradas en el techo iluminaban hasta el último rincón de la sala.
La organizadora, estirándose en la punta de sus zapatos altos, arreglaba la cortina corrediza de los laterales de las paredes.
Un hombre de barriga prominente y hombros anchos subió por la alfombra de color rojo oscuro dos escalones hacia la tarima. Probó los micrófonos.
Las tres primeras filas estaban reservadas a la prensa, quienes se debatían inquietos con sus cámaras y libretas; las seis filas posteriores, a críticos y público en general.
Varios visitantes estaban situados de pie en los laterales y alrededor de la puerta de entrada.
Un murmullo recorría expectante el salón.
Giulia podía escuchar su propia respiración.
Los pintores que ya se habían ganado su reputación hicieron su aparición. Eran tres, todos se especializaban en el retrato, el tema de la exhibición.
La organizadora se sentó con ellos y, siguiendo el orden del programa, hizo una presentación de los artistas.
Giulia, al igual que todos los estudiantes que accedieron al programa, estaba en el corredor. Ese día permanecería al lado de Masseo, contestando las preguntas de los transeúntes.
La galería se llenó como la barriga de una ballena, poco a poco y en el silencio del mar. Un grupo de unas doce personas rodeó el cuadro y a Giulia, entre ellos reconoció a Giorgio, el fumigador. Había cambiado su overol por una camisa, pero llevaba la misma gorra hacia atrás.
—¡Giorgio! —exclamó Giulia.
—Veo que lograste traer el óleo a la galería.
Giulia sonrió. Era verdad. No había conseguido el trabajo de tiempo completo, pero Masseo estaba exponiéndose en la Galería de Milán.
—¿Usted viene a la galería usualmente ?
—No, es la primera vez, sentí curiosidad después de conocerte a ti y tu cuadro. ¿Te quedarás en Milán?
—No, soy de Apalagos, me temo que debo volver a la isla.
—¿Te gusta la isla?
—Me gusta mucho la isla, pero no quisiera regresar. En Apalagos solo conseguiría trabajo en las minas. Aunque ya le he perdido el miedo a los derrumbes, soy más hábil en la pintura. Hubiera querido quedarme en Florencia.
—¿Te gustaría quedarte en Florencia?
—Oh, sí. Me gustaría mucho.
—Necesito que alguien conteste el teléfono de mi oficina. En la parte de atrás hay un cuarto que por algún motivo nunca he logrado alquilarlo. Puedes vender tus cuadros en la parte frontal. No tengo problema mientras contestes el teléfono. ¿Te interesaría? Inténtalo unos meses y después vemos.
—¿Lo dice en serio? Claro, me encantaría.
—Te espero. —Giorgio le dio una tarjeta y se despidió de ella con dos dedos en la gorra.
Giulia sostuvo la tarjeta entre las manos mientras lo vio marcharse. El grupo de personas aún rodeaba el cuadro de Masseo.
—¿Cuánto demoró en realizar este óleo? —Una mujer mayor con uniforme azul y sello dorado la sacó de sus pensamientos.
—Trabajé en el óleo ocho meses.
—¿Eso demora realizar una obra de este tamaño? —Esta vez, la voz femenina pertenecía a una chica joven, vestida de negro.
—Las obras son diferentes en sus tiempos. En un retrato, cada marca tiene una historia que devela la esencia de las personas —explicó—. Además, la pintura exige un proceso de secado. Hay que darle tiempo al tiempo.
—¿Quién es el modelo ?
—El modelo existe —contestó Giulia—, pero no trabaja en un hotel.
—Tiene una expresión particular. ¿Quién es el modelo? —insistió un hombre delgado, de pelo gris.
—Es el retrato de Masseo de Marignano, un noble y luego un fraile.
Murió en 1280 y fue enterrado en la cripta de la Basílica de Asís, donde aún descansan sus restos.
Los escritos dicen que era instruido y gallardo; tenía un gran sentido común y el don de simpatía.
Sin embargo, él llevaba la labor más humilde de la época, que era la que se asignaba a los criados: la tarea de atender a la puerta.
Fue haciendo esa labor cuando recibió a un visitante que llenó de claridad una época confusa.
—¿Existen otros retratos de este hombre?
—Sí, hay una silla con un fresco en la iglesia de San Francisco de Asís. Lleva su nombre, pero fue curioso, porque encontré el fresco en la iglesia de Asís, y me gustaría recalcarlo: encontré el fresco luego de dibujar a Masseo.
—¿Veo que el retrato no está en la subasta? —preguntó la señora de uniforme mientras revisaba unos papeles.
—No irá a la subasta. La he donado a la abadía de Roble —contestó Giulia.
La señora se cruzó de brazos.
—¿Ha iniciado usted su próxima obra?
Giulia había querido pintar a Lucca. Pero la imagen se desfiguraba en cuanto ella empezaba a recordar los detalles: la forma de los rizos claros, el grosor de las cejas, la línea que surcaba su frente cuando la miraba atento.
—Es novedoso el juego de claroscuro. —El hombre delgado de pelo gris se adelantó varios pasos—. ¿Tiene un reflejo en la pupila?
Las luces de la sala, que se encontraba fuertemente iluminada, sorpresivamente se apagaron.
Una expresión de asombro acompañó la oscuridad y luego un silencio quieto, los asistentes no murmuraron.
El ruido de las pisadas también calló. Los focos centrales iluminaron el cuadro en luces tenues.
La semioscuridad calmó los sentidos y realzó la belleza escondida en el corredor.
El tiempo se detuvo, y un nuevo comienzo invadió a los asistentes a medida que se adaptaron al nuevo escenario.
Giulia interrumpió su exposición con la mirada fija en el fondo, pendiente de un movimiento de luces intermitentes, como las alas de un colibrí sobre la multitud.
—No es solo un claroscuro. ¿Qué es lo que ha dibujado en la pupila? —insistió el hombre delgado de pelo gris.
Entonces lo vio por encima de la multitud: los rizos claros, el grosor de las cejas, el corte de la mandíbula.
—Masseo refleja en su pupila la forma de la luz —sintió los ojos húmedos.
Y allí, parado al fondo de la sala, Lucca sonrió.