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El fumigador
G iorgio Bertoldo llegó a su oficina después de haber eliminado el nido de hormigas rojas de la granja de los Huerzini.
Colgó en el perchero el overol azul desgastado que usaba sobre la ropa, sacó del bolsillo su vieja pipa, se quitó la gorra y se revolvió el pelo, por costumbre más que otra cosa, ya que, a pesar de llevarlo un poco largo, no había forma de disimular sus profundas entradas.
El teléfono sobre el escritorio sonó tres veces antes de que él se sentara en la silla de madera y lo contestara.
—Fumigaciones Bertoldo.
Había eliminado plagas desde los quince años de edad, por lo que estaba acostumbrado a recibir todo tipo de llamados.
En muchas ocasiones levantaba el teléfono y lo primero que escuchaba era «¡Ratones!
», «¡Moscas!», «¡Polillas, cucarachas, hormigas, ratas...
». Algunos clientes querían deshacerse de la plaga sin miramientos, mientras otros parecían tan resignados con su peste que dudaban en salir de ella.
—¡Buenos días! ¿Con Giorgio Bertoldo, por favor? —se escuchó una voz femenina al otro lado de la línea.
—Con él habla. ¿En qué le puedo ayudar? —contestó Giorgio mientras encendía su pipa .
—¡Murciélagos! ¡Tenemos murciélagos! ¿Podrá usted deshacerse de ellos?
¡Son horribles! Se mueven toda la noche, y el instituto huele a fermento.
Prefiero el olor de las pinturas. Yo estoy hacia la calle, pero en el piso alto el olor es insoportable.
Además, esos animales se mueven toda la noche como almas en pena.
Chillan de una forma espantosa. El otro día, uno se estrelló contra el vidrio y…
—No hay problema —interrumpió Giorgio—. Necesito hacer primero una inspección.
—¿Podría usted venir inmediatamente? —preguntó la señora—. Sería de gran ayuda si pudiera venir hoy mismo. Yo estoy hasta las cinco de la tarde.
—Sí, puedo. Deme la dirección —contestó Giorgio.
—Es el Instituto Muscatello, el 212 de la calle del Ciompi. ¿Lo conoce?
—¿Por el teatro Ornello? Conozco la calle.
—¡Maravilloso! Estamos al lado del teatro, pregunte por mí, soy Donna Vitale.
Giorgio terminó su tabaco, se colocó la gorra y abandonó su oficina.
Era un día soleado y atravesó una Florencia alegre y bulliciosa.
Parqueó su vieja camioneta en el estacionamiento hexagonal que compartían el teatro Ornello y el Instituto Muscatello, bajo la sombra de una encina de ramas largas cuyas raíces habían levantado el piso de adoquines grises.
Recogió su pipa y la guardó en el bolsillo, luego tomó una pequeña caja de herramientas del balde.
La camioneta crujió al cerrar la puerta trasera y él se dirigió a la entrada principal del instituto, que marcaba el número doscientos doce.
Dentro del instituto, se topó con una tienda de paredes de vidrio y lo primero que distinguió fue el pelo rojo de la dependienta, inclinada sobre un mostrador; señalaba una estatua miniatura a una turista de chaqueta de lana sin mangas .
—Buenas tardes —dijo él.
—Buenas tardes —contestó la señora alzando la cabeza.
Giorgio reconoció la voz femenina.
—Soy Giorgio Bertoldo, el fumigador. Recibí una llamada.
—¡Oh! Yo fui quien lo llamó, soy Donna Vitale. Qué rápido que ha llegado —le contestó sonriendo.
—Mucho gusto —dijo él.
—Acompáñeme, por favor, justo estaba cerrando —dijo Donna, al tiempo que ponía llave en la caja.
La turista meneó la cabeza en un gesto contrariado y se dirigió a la salida.
Donna cerró la puerta de vidrio del local y luego, en pasos cortos y rápidos, se dirigió a la escalera del instituto con Giorgio tras ella.
—Llevamos mucho tiempo con murciélagos en el edificio —comentó Donna mientras subía las escaleras de piedra pulida.
Giorgio tuvo que apretar el paso para seguirla—.
Me imagino que viven en el techo. No entiendo por qué no hemos fumigado antes.
Quizás el señor Muscatello teme que dañen alguna pintura.
Pero hay que hacer algo, hacen unos sonidos espantosos.
He escuchado que usted es muy bueno. Estaba pensando que quizás mañana podamos cerrar más temprano y tal vez usted pueda sacar esos animales luego de esa hora, usted sabe, para que los estudiantes no los vean.
Donna paró en seco su redondeada figura en cuanto llegó al segundo piso.
—Me parece que le conté que ayer un murciélago se estrelló contra la ventana.
—¿Se estrelló, dijo usted? —preguntó Giorgio.
—Sí —contestó ella—. ¿Quiere ver dónde? —Y sin esperar respuesta se lanzó hacia la puerta abierta de un salón, diagonal a las escaleras .
Entraron a una clase amplia y silenciosa.
El salón estaba bien iluminado, y alrededor de catorce estudiantes se habían repartido con sus pinturas en el espacio.
Un profesor menudo y con gafas daba indicaciones.
Los estudiantes interrumpieron las labores a su llegada, excepto una joven de pelo lacio y cobrizo, en la esquina cerca de los ventanales, quien estaba tan absorta que no levantó la vista y siguió con su dibujo.
Varias maquetas y cuadros a medio hacer se habían acumulado en los alrededores de la sala.
—Discúlpeme, profesor Sicuret.
—Donna, ¿cómo está? —contestó Sicuret. Su voz aguda contrastaba con la de Donna.
—El señor Giorgio Bertoldo nos va a ayudar con la fumigación y necesita hacer una inspección.
Donna se acercó a la ventana, que se encontraba abierta, seguida por Giorgio. La joven del pelo lacio les hizo espacio. A Giorgio le pareció que había palidecido. Con el tiempo había aprendido que a muchos les costaba lidiar con las plagas.
—Aquí. Venga —llamó Donna.
Giorgio se acercó a la ventana y la observó desde todos los ángulos.
Luego se encaramó en el alféizar, ante la sorpresa de todos, y revisó la parte superior con todo el cuerpo fuera del edificio.
Giorgio, que era de brazos y piernas largas, se deslizó con facilidad en el filo de la ventana hasta regresar con un salto suave al interior.
—No debería hacer eso sin una cuerda —le regañó Donna.
Parecía molesta, lo cual, después de sus treinta y ocho años de subirse a los techos, a Giorgio le pareció divertido.
Luego de la pequeña inspección caminaron fuera del salón, pero al notar que Donna se dirigía a la planta baja Giorgio preguntó:
—¿Y el piso alto? Necesito verlo .
—El tercer piso es del dueño del instituto, Hugo Muscatello.
Giorgio esperó más explicaciones y, al percatarse de que Donna daba por zanjada la revisión del tercer piso, insistió:
—Debo inspeccionar el techo.
—Hoy tenía unas reuniones —contestó Donna evasiva—. Yo lo voy a llamar para ver si puede ingresar, pero sería mañana, ya que él deja su oficina con llave.
—¿Hay alguna otra forma de llegar al techo por dentro? —preguntó Giorgio.
—No que yo sepa —contestó Donna.
—También debo revisar el techo por fuera e inspeccionar si hay fugas en las tejas —le indicó Giorgio Bertolo—. ¿Estaría bien si utilizo la escalera de escape? Vi una en el parqueo.
—¿La de incendios? Sí, supongo que sí —contestó ella—. Voy a llamar al conserje para que le ayude con el acceso —Donna giró sobre sí misma en medio del escalón, antes de colocar las manos en forma de megáfono y gritar—: ¡Vicenzo!, ¡Vicenzo!
Casi inmediatamente apareció el conserje: un hombre de baja estatura, edad indefinida y párpados rasgados.
Asintió con la cabeza a lo que Donna le decía.
Giorgio siguió a Vicenzo por la parte posterior del instituto con los ojos fijos en el enorme llavero que le colgaba sobre la cadera y rebotaba a la par de los pasos irregulares.
Salieron por la puerta lateral y se plantaron frente a la escalera de incendios, una estructura en forma vertical de acero galvanizado cuyas bases se encontraban atornilladas a la pared.
Parecía nunca haber sido usada. Giorgio se sostuvo de las barandas de protección que le daban un aspecto tubular a la escalera y la sacudió con fuerza.
Al notar que la estructura era segura subió con agilidad hacia el techo e inspeccionó la cubierta: eran tejas romanas de alta calidad, atornilladas en perfecta alineación.
La arcilla era brillante, sin rastros de moho o desperdicio de roedores.
Las tapas exteriores, del mismo material, estaban selladas con mezcla.
Se detuvo y arrugó el ceño. «Qué extraño —pensó—, el techo está limpio.
No hay nidos de murciélagos». Desde esa altura se fijó en las paredes del edificio: mostraban líneas oscuras, signos de excrementos y comida.
Consternado, bajó por la escalera de incendios y dio por terminada la inspección al tiempo que los últimos estudiantes abandonaban el instituto.