El secreto del lienzo 18
41%

18

Quinto Pergamino

Queridísima hermana:

Espero esta carta te encuentre bien y que Dios siga guiando tus pasos. Quiero compartir contigo una experiencia personal sobre la que tú podrás luego reflexionar; a mí me avergüenza y con más razón la confieso.

Estuvimos durante dos meses en el convento de Cibotola.

Contábamos con un buen hombre que ponía un esfuerzo desinteresado en atender a todo lo que necesitaba el convento y los frailes: agua, piedras, buscar a un doctor.

Estaba siempre presto y disponible, pero tenía una costumbre de mal gusto: era muy hablador, traía todo tipo de chismes de un convento a otro, y gustaba especialmente hablar con más cizaña de quienes tenían un cargo como los sacerdotes o los guardianes.

Esta murmuración traía desasosiego y desconfianza a Cibotola, además de ser muy incómoda.

Yo hablé con él a solas: «Piensa siempre en las buenas obras que hacen todos los hombres: frailes, mujeres, sacerdotes, guardianes; así, de ser un mal hombre pasarás a ser uno bueno, y de ser un buen hombre estarás a un paso de ser excelente», le dije.

«Si estás siempre fijándote en lo malo de los demás, y dejas que este pensamiento se apodere de ti, contándosela a otros, de ser un buen hombre pasarás a ser uno malo, y de malo a nefasto».

Un día, el hermano Francisco me pidió que lo acompañase y dejamos el convento.

Yo iba un poco adelantado, hasta que llegamos al cruce triple, el que va hacia Florencia, Arezzo o Siena, entonces le pregunté: «Hermano, ¿qué camino debemos tomar?

». «El que Dios disponga», respondió el santo Francisco.

«¿Y cómo sabremos qué camino es ese?». «Exactamente donde están tus pies, en el medio de los tres caminos, da vueltas hasta que yo te diga».

Di vueltas hasta sentirme mareado. Por los lados alcancé a ver la gente mirado al pasar, puesto que parecía carente de razón al dar vueltas como los niños.

Me caí una, dos veces, me levanté y seguí dando vueltas.

«¡Alto! No te muevas». Yo me quedé en el sitio.

«¿Hacia dónde estás mirando?». «Hacia Siena».

«Allá iremos». Yo no entendía por qué el santo Francisco me había obligado a hacer semejante chiquillada, pero no me atreví a decirle nada y avanzamos en silencio hacia Siena.

Poco después de mediodía llegamos a las afueras de la ciudad.

Estaban algunos hombres en medio de un encarnizado combate.

Ya había varios heridos y ciertamente muchos hubieran muerto, pero el santo Francisco habló con ellos con tal aplomo en medio de la trifulca, que terminaron haciendo la paz.

Luego entramos a la ciudad y los habitantes, al conocer que era el santo Francisco, nos levantaron en peso y nos llevaron ante el obispo, que nos recibió en su propia casa con gran alegría y nos colmó de atenciones.

Al día siguiente, antes del amanecer, el santo Francisco me despertó y abandonamos la casa sin avisar al obispo.

Yo estaba nuevamente descolocado por sus acciones, puesto que primero me había hecho dar vueltas como un chiquillo y luego se va de la casa del obispo, que nos había tratado tan honorablemente, sin siquiera mostrar un mínimo de agradecimiento y sin despedirse apropiadamente.

Pensé, pues, que el santo Francisco había obrado con poco criterio.

Pero luego empecé a reñirme interiormente: ¿quién soy yo para andar juzgando las acciones del santo Francisco?

Soy un soberbio, y esta falta de humildad merece el peor de los castigos.

Si ayer el santo Francisco no hubiera llegado en el momento preciso a Siena, en medio del combate, muchos hubieran muerto acuchillados, y además el diablo se hubiera llevado también aquellas almas.

Soy el mayor de los necios y un ciego de espíritu.

«Apégate a esos pensamientos, son buenos y te hacen provecho», me dijo el santo Francisco, quien caminaba unos pasos retrasados a los míos, «...

pero lo que estabas pensando antes era una murmuración vana y orgullosa, y fue el mismísimo diablo que te lo puso».

Yo inmediatamente le confesé lo que él ya conocía.

Me quedó demostrado cómo el santo Francisco puede penetrar en los sentimientos que guarda el corazón, y que es el Espíritu de Dios que dirige todas sus acciones.

También caí en cuenta de que, a pesar de haber corregido al ayudante en el convento, había yo hecho exactamente lo mismo: juzgar y ver lo malo con los ojos de los hombres, en lugar confiar en la sabiduría divina.

Tu corregible hermano, fray Masseo.