17
Murciélagos
G iulia disponía de alrededor de cuatro horas diarias mientras la máquina mezclaba las pinturas, lo que le había permitido avanzar a buen ritmo con el cuadro.
El instituto estaba inusualmente silencioso.
La puerta principal ya estaba cerrada. Donna le había explicado que Vicenzo, el conserje, echaba doble llave a la puerta principal y que ella debía salir por la puerta lateral del parqueo.
Giulia también tenía cuidado de cerrar todo; hasta ahora había podido esquivar a los murciélagos que, aprovechando la oscuridad de la noche, se arrastraban ante el menor descuido dentro del edificio, clavándose en las telas y hundiéndose en los rincones.
Subió al primer piso y entró al taller. La noche era quieta.
El aire templado entraba por la ventana y por encima de los edificios se habían dispersado las nubes dando paso a las estrellas que brillaban en una fuerte constelación.
Armó el caballete cerca de la ventana y luego colocó un pequeño lienzo de tela para la prueba del color.
Abrió el bote, era el último de aquellos preciosos litros: de un rojo oscuro, casi marrón.
El color había sido la opción perfecta para la puerta de madera en el fondo del cuadro y recreaba el momento en que Masseo tuvo el encuentro con el visitante .
Hizo una prueba algo nerviosa, esperando que esa pintura sea igual a los dos litros anteriores. Con la espátula mezcló en la paleta el rojo cadmio con blanco titanio buscando suavizar el color. El rojo no bajó su intensidad. Repitió el procedimiento hasta casi vaciar la mitad del tubo del blanco.
Fue por un nuevo bote de blanco titanio y a la nueva toma de pintura blanca le agregó una sola gota del rojo: al igual que los dos litros anteriores, el color se transformó en rojo cadmio puro. Giulia no había visto jamás una pintura como aquella.
Revisó el bote que le había dado Donna: era de un aluminio, sencillo, cubierto por un papel blanco donde no había marca ni nombre en la pintura. La parte posterior del bote tampoco registraba la fecha de caducidad ni el lugar de fabricación.
Colocó el lienzo de Masseo. Tomó un pincel de abanico y esparció la pintura sobre la tela.
Observó cómo los pigmentos opacos se suavizaron formando líneas y curvas, transformando la textura del rojo cadmio en vetas maderadas.
Recorrió los detalles de la puerta de madera.
Aquella extraña pintura no había cesado de dar de sí misma y ella hacía lo mismo: trabajaron en conjunto rompiendo las barreras de la tradición, de la lógica, del sentido común.
El material siguió sus propias reglas, y así fue como se transparentaron las capas húmedas sobre las secas.
Habían pasado más de cinco meses desde la última vez que vio a Lucca, y con cada pincelada recordaba la descripción que él le había dado de fray Masseo.
Era tan nítida que casi sentía que lo tenía a su lado.
El aire acogedor de la ciudad, los violines del teatro Ornello, las mareas de turistas que recorrían la calle del Ciompi, los colores tardíos en los puentes viejos y su río vital habían acompañado el ritmo de las pinceladas.
La máquina dispensadora emitió la alarma de cierre.
Giulia suspiró: frente al lienzo las horas se trasformaban en segundos.
Solía regresar a su departamento entrada la noche, cansada y satisfecha.
A excepción de la zona de los ojos, cada hilo, cada botón, cada pelo de la barba habían sido cuidadosamente elaborados.
Pero los ojos… era como si ella misma estuviera ciega y sorda.
No podía ver la expresión en el cuadro y, por lo tanto, no podía dibujar las líneas de expresión ni poner pintura en la pupila de Masseo, o copiar unos ojos, de los miles que existían.
Necesitaba la mirada de Masseo y no encontraba un modelo real que lo reflejase.
El tiempo transcurría y el espacio en blanco lo miraba acusador. Necesitaba un milagro. Esa tarde, el taller era libre y la mayoría de los alumnos trabajaban en sus obras para Milán. Giulia también acomodó la obra de Masseo en los caballetes.
Carina se acercó a ella. Vestía jeans y una camiseta amplia con el dibujo de Scooby Doo.
—Quizás debería ir a buscar al director —dijo Giulia.
—Nadie sube al tercer piso —Carina se hizo a un lado su mechón ensortijado—, no es buena idea.
—Lo sé —contestó Giulia—, pero estoy en una encrucijada. Siento que podría ser importante su ayuda.
Giulia quería una excusa para acercarse a Muscatello, se sentía sola con la tarea y volcó toda la esperanza en encontrarse con él.
Había descubierto que Muscatello solía esperar en la puerta del salón y la observaba pintar.
Lo había visto algunas veces detenerse unos minutos y desmenuzarla con ojo crítico, a ella y al óleo, especialmente desde que Masseo había empezado a tener forma.
A ella le costaba concentrarse en esos momentos, y solía terminar bajando el pincel.
—Siento que Muscatello no tiene alma de profesor —prosiguió Carina moviendo la cabeza—, yo prefiero evitarlo.
—Parece que alguien tiene un bloqueo creativo —dijo Ingrid a sus espaldas.
Ingrid también trabajaba en su retrato: una joven cuyos brazos desnudos se alzaban sobre la tina, con la boca carmín semiabierta y uno de los pezones casi rozando el agua.
Había logrado un retrato sensual, difícil de pasar por alto.
Contrario a lo que decía Carina, se murmuraba que la asesoró el mismísimo Hugo Muscatello.
—El centro del retrato es la expresión en la mirada —se defendió Giulia—. Todo el cuadro de Masseo depende de eso.
—¡Pero qué tonterías dices! —respondió Carina—. ¡Ya termínalo!
—Sí —cantó Ingrid—, termínalo.
A Giulia le pareció que Ingrid lo disfrutaba más de lo normal. Tomó su cuaderno de bosquejos y empezó a realizar trazos; no quería explicar ni a Carina ni a Ingrid su resistencia a colocar la pintura en los ojos de Masseo.
Estaban por terminar el taller cuando la figura distinguida de Hugo Muscatello se paró en el dintel de la puerta.
Llevaba un conjunto color mostaza, con corbata café oscuro y botones del mismo color sobre una camisa blanca.
Levantó la mano izquierda y con la derecha empujó ligeramente la tela, dejando ver un reloj de cuero con detalles dorados.
—Vamos, Salermo —dijo Hugo.
Salermo vestía el uniforme de la policía: unas botas negras hasta la rodilla, pantalón y camisa azul oscuro ceñida al cuerpo.
Había soltado el botón superior de la camisa.
El cinturón negro de hebilla gruesa estaba corrido hacia la cadera.
Llevaba la gorra azul con el emblema de la bandera italiana y las palabras « Grupo Intervento Speciale ».
Salermo apresuró el paso y ambos entraron al taller. Hugo caminó directamente hacia el puesto de Giulia, mientras que el policía le dio un rápido vistazo y luego saludó a los demás estudiantes.
Giulia, quien había deseado la oportunidad de enseñar su obra a Muscatello, colocó su pelo largo y lacio a un lado y se paró recta al ver que se acercaba a ella.
—Buenas tardes, señor Muscatello —dijo Giulia.
—Hugo, llámame Hugo. ¿Cómo va con su obra? —preguntó, haciendo un rápido movimiento con las manos .
—¿La de Milán?
—¿Sigues pensando en aplicar a Milán? —Hugo frunció el ceño.
—Sí, ya estoy en el programa, esta es la pintura —contestó Giulia señalando el cuadro de Masseo, que estaba frente a ellos.
Hugo se acercó a los bordes y pasó sus dedos de uñas blancas y bien cuidadas sobre la textura de la pintura. Revisó el cuadro al detalle, agachándose y variando su posición mientras examinaba desde varios ángulos.
—Va bien.
Giulia soltó aire. «Dibujar no es fácil —le decía su padre—, hay que entrenarse como lo hace un deportista, hay que desarrollar el músculo, el pulso, la sensibilidad de entender la naturaleza de las personas, de los objetos, buscando su detalle, y sobre todo sin interferir, para que sean ellos los que hablen a través de la ilustración».
Su padre y ella se ejercitaban todos los días durante largas horas, siempre tratando de ganarle al día anterior.
Podía ser tan frustrante algunos días, pero ¡cómo lo disfrutaban!
Todo se acababa en cuanto llegaban a casa.
Su madre nunca había aceptado que su esposo le dedicara tantas horas a la pintura, y cuando ella empezó a pintar, la relación fue aún más hostil.
En su ciudad natal, un puerto de mineros y comerciantes, su pasión por la pintura siempre fue mal vista: el colocar un lienzo y pintar sobre él era algo improductivo, reservado para los vagos.
La simple felicitación proveniente de los labios del director tuvo el efecto en ella como el de un calmante en una herida infectada. Giulia sintió la respiración de Hugo en el cuello, ahora parecían analizarla con el mismo detalle con el que había escrutado el cuadro.
—Buenas tardes, señorita —Salermo se acercó y besó su mano.
—Eh… gracias. —Giulia retiró la mano con rapidez.
Salermo luego fue al puesto de Ingrid. El retrato estaba casi terminado.
—Un deleite de obra —le dijo Salermo con una sonrisa torcida.
Un fulgor de triunfo recorrió la mirada de Ingrid.
Luego, el policía lanzó una broma sobre reclutar a un estudiante, e inmediatamente se vio rodeado por un grupo de ellos.
Salermo empezó a describir cómo habían disuelto la huelga del mes anterior.
Tenía una voz potente que se escuchaba en todo el salón y los chicos lo escuchaban hipnotizados.
Giulia se había mantenido en el puesto, con Hugo a su lado.
—¿Cuándo trabajas en los ojos? —le preguntó Muscatello.
Un ruido seco la hizo saltar y se tapó la boca.
Varios estudiantes gritaron. Miró horrorizada hacia la ventana.
En el vidrio que ella había cerrado hacía pocas horas se había estrellado un murciélago.
Sangraba por la nariz, y de la boca abierta y roja salían dos filas de dientes en punta.
Botando espuma aleteaba una sola ala que chocaba a intervalos contra el vidrio. El murmullo se alzó por la habitación.
—Pensé que no volaban de día —le dijo uno de los chicos a su compañero.
—No sabía que había murciélagos en la ciudad —contestó otro.
—En mi ciudad no tenemos murciélagos en los pisos —dijo Manolo.
Carina viró los ojos. Salermo tomó una de las espátulas de punta fina, abrió un lado de la ventana, y clavó la punta en el cuerpo del animal.
Luego lo levantó contra el vidrio hasta quedar empalado.
La sangre manchó la madera y el vidrio. El animal seguía batiendo su ala izquierda.
Entró el bicho al taller, ante la mirada atónita de todos y lo sacudió hasta que resbaló a la basura.
El animal volvió a golpear dentro del tacho.
—Llamen a Vicenzo, que se lleve eso —dijo Hugo.
Salermo botó la espátula en el mismo tacho y cerró la tapa satisfecho, lanzando otra broma sobre la rabia de los murciélagos. No fue hasta que Vicenzo llegó para llevarse el tacho que los chicos volvieron a sus trabajos.
—Deberías fumigar —dijo el policía en cuanto se acercó a Hugo—, puede haber problemas con sanidad.