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Hugo Muscatello
L os permisos para la sala de exposiciones de la galería se habían retrasado, y en un mes llegaría un verano atípico: lluvioso, caluroso y húmedo.
Hugo Muscatello percibió que las malas noticias se juntaban: visualizó el mal olor, las camisas pegadas al cuerpo y el lodo en los zapatos que marcaran la estación.
Y recordó también el calor infernal, la humedad y los mosquitos de São Paulo, donde vivía con su madre.
Su madre, la manicurista. Hugo apretó la mandíbula hasta que le dolió.
Vivían en el zaguán de servicio del Museo de Arte de São Paulo.
Una habitación con un magullado colchón en el piso en que ambos dormían, una tabla de madera siempre llena de ropa.
Canastos, cacerolas. Su madre traía todo tipo de trastos de la calle o de las peluquerías en bolsas plásticas que amarraba con un fuerte nudo; las envolturas se sobreponían una encima de otras hasta no dejar espacio en la habitación.
Él tenía prohibido abrir las bolsas, pero su madre perdía fácilmente la cuenta de lo que traía, y Hugo era lo bastante hábil como para tomar mercadería e intercambiarla por algo de más utilidad, como la comida .
Su madre era la mujer más alta del vecindario, y sospechaba que quizás la más atractiva; de ella heredó una figura atlética y fibrosa, pero su voz tosca y sus maneras exageradas la despojaban de lo que Hugo podría considerar belleza en una mujer.
Odiaba que lo tocara con esas manos con las que había cortado las uñas de los otros.
Nunca la consideró inteligente, discutía hasta llegar a irse de golpes y no duraba en los empleos.
Su falta de criterio la llevó varias veces a cometer verdaderas estupideces, y la mayor de ellas fue obsesionarse con Edoardo Muscatello, su padre.
El primer recuerdo que tenía de él era su voz; una voz de trueno quebrado, que empezaba con un tono grave y se partía en la mitad de la oración terminando en un chillido agudo.
Edoardo Muscatello vivía en el viejo continente, pero tenía negocios en São Paulo y se presentaba en el zaguán del museo donde él vivía con su madre hasta dos veces al año.
Hugo odiaba esas visitas. Le ordenaban salir y quedarse en la calle.
Varias noches durmió en el portal apoyado contra la puerta, y en el calor del día era peor.
Aún se acordaba del puesto de golosinas de colores brillantes de la esquina, y de la tienda donde a veces conseguía, entre los transeúntes, monedas con las que se podría comprar una empanada, o hasta quizás un granizado.
Cuando lo intentó con su padre este le golpeó la cabeza tan fuerte que le dolió el cuello durante días.
—Los Muscatello no piden —le gritó con voz quebrada. Fueron las únicas palabras que le dirigió en portugués.
No recordaba qué edad tenía, quizás unos ocho, el año en que el fenómeno climático llamado El Llanto inundó las calles hasta la rodilla.
Los niños de su cuadra saltaron al agua oscura que se desbordaba de las alcantarillas o se paraban al pie de las aceras donde los vehículos levantaban el agua en olas como si fueran lanchas.
Él huía del agua sucia como si fuera la peste.
Fue en ese año, el de El Llanto, cuando una visita de su padre lo obligó a permanecer casi dos semanas fuera del zaguán.
El cansancio, el calor y la necesidad de comer lo volvió loco y forzó la cerradura de su casa.
Su madre no estaba y el reguero de prendas señalaba al intruso. Revolvió la ropa y dentro de un pantalón asomó un gran fajo de billetes. El dinero se desparramó sobre el colchón. Agarró los billetes y se los guardó en los bolsillos cuando Edoardo Muscatello ingresó por la puerta del zaguán.
—¡Rata! —rugió. Le arranchó los billetes y lo golpeó una y otra vez.
Su madre llegó unos minutos después y se puso furiosa: «¡Lárgate!
¡Por tu culpa se va ir tu padre! ¡No quiero que regreses!
». Y empezó a llorar desconsoladamente. Las palabras le ardieron más que la paliza.
Con el labio latiéndole se escabulló por primera vez dentro del museo.
Aquella primera entrada en el Museo de Arte de São Paulo fue como si se corriera una cortina: el silencio de las pisadas sobre la alfombra, la maravilla que representó el aire acondicionado y la pulcritud de las exposiciones.
Se recuerda a sí mismo, escondido detrás de los telares, y recuerda con nitidez a la pareja que visitaba el museo: la señora que vestía un extraño vestido, que se movía como si tuviera múltiples cordones, y el traje oscuro que vestía el señor que la acompañaba.
—Mi querido Richard —dijo la señora colgándose de su acompañante—. Este es un buen lugar donde estar, lejos de las favelas y la insípida violencia que azota la ciudad.
Hugo no sabía qué significaba la palabra insípida, pero estaba de acuerdo: era un buen lugar.
Un lugar al que su madre no pertenecía. La imagen de elegancia y limpieza de la pareja fue como una impronta para él.
Esa noche soñaría, a pesar del hambre y la palpitación en el ojo golpeado, con una camisa blanca impoluta y un traje oscuro sobre unos brillantes zapatos negros de cuero.
Las estadías de su padre siempre terminaban abruptamente y su madre se dividía entre estallidos de ira e interminables silencios luego de esas visitas. Pero, al menos, él podía regresar a lo que conocía como una casa.
Se convirtió en un joven de espalda ancha, atractivo y astuto en el trato con las personas.
Estudió en una deficiente institución pública, pero era inteligente, y se dedicó a hacer mandados para los empleados del museo.
A los doce años consiguió oficio de ayudante con Justino Berlusconi, compatriota de su padre y restaurador en el museo.
Berlusconi era instruido y un maestro generoso.
Hugo aprendió no solo el idioma, que alcanzó a pronunciar con el acento de la región, sino sus formas y sus gustos.
Desarrolló un profundo desprecio para todo lo que consideraba «pueblerino».
Nunca probó drogas, ni se emborrachó ni se mezcló con los chicos del barrio con los que había crecido.
Las mujeres lo merodeaban insistentemente, pero él nunca les permitió acercarse.
Le causaban repulsión sus gestos obscenos, el pelo tostado por los tintes, los vestidos de segunda mano.
Su interés recaía en el círculo de señoras de zapatos altos y perfumes intensos, que solían frecuentar a Berlusconi en busca de piezas de arte.
Hugo permaneció con Berlusconi hasta que un abogado lo contactó desde Italia.
Su padre estaba enfermo y él debía viajar a Europa.
Él, Hugo Muscatello, quien había crecido al lado de un museo, obligado a pedir limosna desde temprana edad y en la última escala social de Brasil, despreciaba sus orígenes humildes y vio en ese boleto la oportunidad de un renacido o, como dirían las matronas en su ciudad natal, de una nueva piel: se reencarnaría en un hombre culto y poderoso.
Tomó el pasaporte, consiguió un traje de segunda mano e hizo la maleta que le cedió Berlusconi.
Su madre se despidió de él como quien se despide de un desconocido.
Hugo encontró a su padre en un C.A.P.F. (Centro de Asistencia Pública de Firenze).
Le costó identificarlo: el pelo tieso y blanco, profundas ojeras, dormía boca arriba.
Al moverlo, el anciano lo insultó y Hugo reconoció la voz de trueno quebrado, que no parecía pertenecer a aquel cuerpo.
Había sido internado con demencia. En el centro de asistencia le dieron el número de la única persona que lo visitaba: era el mismo abogado que lo había contactado y que le había enviado el pasaporte.
Hugo lo contactó el mismo día. El abogado se veía aún mayor que su padre y se llenó de alegría al verlo.
—Eres igual que él —le dijo abrazándolo—, es como si viera a mi amigo.
Para Hugo no hubo peor insulto, pero sonrió afablemente. Pasó varias semanas con el amigo de su padre, desplegando todo lo que había aprendido de Berlusconi.
El abogado arregló todos los papeles, debía tomar el control de los negocios de su padre, quien era dueño de un valioso edificio de tres pisos en el centro histórico de Florencia y de una escuela de arte. Hugo se instaló y supo que el abogado murió poco tiempo después.
De eso hacía once años.
La lluvia no había parado en todo el día.
Hugo decidió dar una vuelta por los salones y asegurarse de que todo estuviera en orden.
Eso se dijo a sí mismo, sin aceptar que revisar a Giulia Febres mientras pintaba se había convertido en una manía.
Se sintió inquieto cuando no la encontró en la sala de talleres.
Se fijó en los pinceles poco cuidados, en las bancas estropeadas, en los estudiantes corriendo en los pasillos.
Reclamó a Vicenzo por las puertas abiertas, se quejó del ruido, protestó por la falta de disposición, bromeó con los profesores y finalmente decidió regresar a su oficina.
Giulia Febres no estaba en el instituto. Desde que ella llegó y empezó a pintar ese cuadro, se sentía afiebrado y malhumorado. De hecho, todo lo que rodeaba a Giulia lo descolocaba.
Había conoció al padre de Giulia hacía algunos años, en la isla Apalagos.
Le compró el lienzo El jilguero en el túnel .
Bueno, fue mejor que comprarlo, ya que nunca le pagó el importe.
Logró vender la obra rápidamente a excelente precio a la Galería de Nápoles, y luego el precio del lienzo subió poniendo a Febres en la mira.
Febres, metido en su isla, nunca fue bueno vendiendo sus cuadros, pero gracias a él su nombre empezó a sonar en el mercado de arte. Si no fuera por Hugo Muscatello, el viejo Febres seguiría siendo un desconocido en la isla perdida de Apalagos.
Trató de contactarlo varias veces después, pero Febres se rehusó a atender sus llamadas. Solo recordar aquel desprecio le produjo tal enojo que apretó los puños con fuerza.
Luego hubo ese derrumbe de los túneles, donde Febres perdió la vida. Su hija estaba en el colegio en el momento del derrumbe, tomó la motocicleta de uno de sus compañeros y se accidentó antes de llegar al sitio. Recordó la mancha rosada en la mejilla de Giulia, seguramente se la hizo aquel día.
Sonrió con satisfacción. ¡Qué diría el viejo Febres si supiera que su hija está estudiando en su Instituto Muscatello!
Recordó a Giulia con el pincel recorriendo el lienzo, tan suave como aquel pelo lacio que parecía de seda.
Sintió, como cualquier hombre ante un cuerpo que pudo haber sido su complemento, una indescriptible debilidad.
Giulia tenía la misma técnica que su padre.
Un toque original que puliría con el tiempo.
Lo que no toleraba era que ella quisiera ir a Milán.
Eso no lo iba a permitir. Él, Hugo Muscatello, había creado la marca Febres.
Ese cuadro le pertenecía, pronto estaría terminado y no se le antojaba ceder a los engreídos de Milán ninguna obra.
Irritado, se acercó al bonsái. Era un árbol robusto, retorcido en la maceta e hinchado de vigor. Cortó una hoja del árbol.
Sonó el teléfono.
—Diga —Hugo contestó la llamada.
—¿Hablo con Hugo Muscatello? —preguntó una voz con fuerte acento florentino.
—Así es, dígame —contestó Hugo .
—Le llamo del Centro de Asistencia —dijo con brusquedad la voz del teléfono—. Soy Diana, la nueva enfermera. Han trasladado a su padre y necesito que me traiga unos pijamas, medias y una medicina.
Hugo se separó del teléfono como si estuviera viendo a una persona. «Increíble que siga vivo», pensó.
—Los Muscatello no piden —contestó en portugués, saboreando el gusto amargo de las palabras. Tiró el teléfono, y por primera vez en el día, sonrió.