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Tercer Pergamino
Queridísima hermana:
Hemos abandonado el tugurio y llegado a Santa María de Porziuncola.
Junto a la Iglesia hay una casita, donde nos hemos alojado y en la parte posterior, con miras a la montaña, un tranquilo bosque de hayas y robles, con sus árboles altísimos y hojas casi tocándose entre sí, es tan majestuoso y sereno que pareciera que habitara el mismo Dios.
Pienso que debe de ser así, pues el santo Francisco pasa muchas horas en el bosque.
A mí me gusta sentarme a rezar bajo el árbol Grande.
Le he puesto ese nombre por su gran altura y su tronco rojizo y vibrante.
Al ver nuestro singular ropaje, la capa marrón, algunos se acercan con curiosidad y otros evitan nuestras miradas, o permanecen mudos y retraídos, pero bien conocemos que cuando hace frío no hay abrigo malo.
¿Puedes creer que, al día siguiente de habernos instalado, el hermano Junípero llegó desnudo?
Había encontrado un hombre sin vestidos en el camino y se deshizo de su ropa.
Todos nos alimentamos y vestimos de la limosna del día y como ya era tarde, el hermano Junípero tenía que esperar hasta el siguiente día, en el que la providencia le permita volver a vestirse.
Yo le di mi capucha, y otros se arrancaron las mangas.
Él, por no hacernos un desplante, se cubrió como pudo y durmió profundo la noche fría.
Tranquila, hermana, me esfuerzo en amar la pobreza, pero eso de andar desnudo no es un requerimiento y, como puedes imaginarte, aún me falta un largo camino en la humildad para estar desnudo y ser feliz al mismo tiempo.
Tu indigno hermano, fray Masseo