12
El restaurante
P arada bajo el techo del restaurante donde la lluvia no la alcanzaba, Giulia esperó pacientemente, acariciando la ilusión de conseguir trabajo.
Fue Ingrid quien le concertó la entrevista: «Mi tío Enzo está buscando ayuda con el restaurante», le había dicho.
Ingrid era sinónimo de eficacia, por lo que a Giulia le desconcertó que Enzo no llegara a la hora acordada.
Las gotas caían en picada, algunas tocaban las bancas y se deslizaban por las patas de las sillas metálicas creando riachuelos, otras chocaban contra los adoquines.
Finalmente, cincuenta y cinco minutos después, llegó renqueando un hombre de mediana edad.
Murmuró un «buenos días» y abrió la puerta del restaurante para darle paso.
El local era cuadriculado, sin ventanas, con las paredes pintadas de un amarillo estridente. Enzo colocó una alfombra en la entrada, resoplando al agacharse, y luego la invitó a sentarse en la primera mesa.
—Creí que llegarías tarde.
—¿Qué le hizo pensar eso?
Enzo se sentó en la silla de enfrente con una pierna extendida.
—La lluvia. ¿De dónde la conoces a Ingrid?
—Somos compañeras en el instituto —contestó Giulia .
—Le he pedido a Ingrid en varias ocasiones que me dé una mano con el restaurante. Me duele esta rodilla —colocó la mano sobre la pierna extendida—, y ya no me gusta moverme tanto entre las mesas.
—Ella me comentó que usted está interesado en contratar ayuda.
—Así es. Pensé que vendría ella, pero no se aparece ni los fines de semana. Tuve hijos. ¿Te imaginas eso? Ellos ahora viven lejos.
Enzo miró las paredes con los ojos saltones abiertos.
—¿El restaurante necesita más personal el fin de semana? —preguntó Giulia.
Enzo pareció retornar al presente.
—El restaurante necesita más personal los siete días de la semana. Entramos a las once y cerramos a las once.
—Me gustaría poder trabajar —dijo Giulia— y empezar lo más pronto posible, pero tengo clases. ¿Podría ajustar ese horario?
—De ninguna manera —dijo Enzo—. ¿Acaso les puedo pedir a los clientes que ajusten sus horas de comida?
—Pero, ¿podría considerarlo?
—No. Quiero alguien de tiempo completo.
Giulia regresó al instituto con la mirada baja. En tres días vencería la fecha de la siguiente mensualidad del curso. Sin un trabajo de por medio no podría seguir en el programa, y la oportunidad de exponer en la Galería de Milán se le escapaba.
Regresó a su edificio mojada y angustiada. Se estaba quedando sin opciones.
Revisó el correo antes de subir los seis pisos. Entre las propagandas había un sobre a su nombre cuyo remitente era fray Moreto de la abadía de Roble. Dentro encontró varias hojas escritas a máquina: ¡eran las cartas de Masseo de Marignano!