El secreto del lienzo 11
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Segundo Pergamino

Queridísima hermana:

Somos pocos en la orden y, aunque no tenemos residencias fijas, me siento más plantado que nunca.

Además, me encuentro rodeado de hombres admirables que gozan del agrado de nuestro Señor y trato de aprender de ellos.

En ocasiones siento muchísima hambre y, en otras, no necesito alimento por días.

Ayer, uno de los hermanos empezó a gritar que moría de hambre, y seguramente así hubiera sucedido.

Nos levantamos y comimos juntos unos mendrugos de pan para que él no desfallezca.

En consideración a esto, decidí establecer mi disciplina comiendo una sola vez al día, al atardecer.

Suelo escribirte a esta hora, hasta que el sol se oculte y me indique el momento de un breve sueño.

Me levanto a media noche y le ruego a nuestro Señor Jesús que me perdone y que me dé la gracia de enmendar mi vida según su voluntad.

Rezo hasta el amanecer, cuando participo en la eucaristía, y luego, ¡estoy tan contento que no puedo parar de cantar en todo el día!

Hoy he acompañado al hermano Francisco a su predicación en la iglesia de San Jorge.

Entre los oyentes estaba una joven noble de Asís: Clara de Favarone.

¿La recuerdas? Es prima hermana de fray Rufino.

Haber nacido en una familia noble es un arma de doble filo, hermana; tuve la bendición de la educación con la que le he sido útil a la orden, pero temo no poder lograr la gracia de la humildad que tanto agrada a nuestro Dios.

Clara de Favarone me recuerda a ti, hermana; está por casarse con un duque y no me sorprendería que lo deje plantado en el altar, respondiendo al llamado de Jesucristo que arde en su corazón.

Luego de que terminó la predicación en la iglesia de San Jorge, el santo Francisco me indicó que tenía el don de la predicación y en la siguiente parada, la catedral de San Rufino, el Espíritu colocó palabras en mi boca, de tal forma que un aliento a rosas quedó impregnado en mi aliento.

Tu jubiloso hermano,

Fray Masseo.