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La Abadía
Colocó sobre la mesa pan y paté, sopa de cebolla gratinada con queso de cabra y ravioles en pasta de tomate y albahaca.
Le gustaba preparar comidas sustanciosas y de buen sabor.
Aunque ahora era fraile, seguía apegado a su oficio de panadero y se sentía a gusto en la cocina, entre las ollas y la estufa.
—No creas que vas a repetir la comida —le dijo seriamente el fraile—. Estás tan ancho como yo.
El perro se tumbó pacientemente al lado de la mesa exterior .
Fray Moreto recitó una oración de agradecimiento y bendijo los alimentos. Tomó el pan y troceó un pedazo para dejarlo caer en la sopa humeante cuando sonó el timbre de la puerta de la abadía.
—¡Ay, Señor! —dijo a grandes voces. Se levantó del asiento, se limpió la barba con la servilleta sin haber comido y lanzó el pan a Pastor, que lo atrapó en el aire.
La cocina de la abadía estaba situada casi al fondo, al lado del huerto, por lo que, en lugar de pasar por el comedor, la biblioteca y la recepción, decidió acortar camino por el patio central, rodeando la capilla.
No era propio de él apresurarse, así que escuchó sonar el timbre impaciente por segunda ocasión.
Se preguntó quién sería. La abadía estaba a una caminata de cincuenta minutos desde el pueblo de Roble, y la única forma de llegar en automóvil era por la vía de los Apeninos Centrales, pasando la garita de control vehicular por el otro lado de la montaña, rodeando el bosque.
Era una vuelta de casi dos horas. No, no era nada común que tocaran el timbre justo a esa hora.
La abadía estaba cercada por un muro de piedra que la convertía en una fortaleza de gran altura. El portón de madera asegurado con una tranca cerraba el paso.
Abrió el portón y se encontró con una chica fuertemente maquillada que vestía jean y tacones rojos. El segundo integrante, un moreno despeinado, sostenía una cámara fotográfica de lentes gruesos.
—¡Buenas tardes! Somos de Relaciones Públicas de la compañía El Pozzo Inc. Traemos una placa para la abadía —dijo la señorita con voz de propaganda de radio. Se disparó una fotografía y Moreto parpadeó con el flash .
—¡Sean bienvenidos! Esa placa debe ser entregada a fray Cristóforo. —Abrió la puerta en su totalidad—. Pueden dejar el vehículo afuera —agregó con una segunda ojeada a los zapatos altos de la joven .
—Gracias —contestó el fotógrafo.
Se dio la vuelta hacia el patio central y lanzó una mirada recriminadora a la capilla. «Buena me la hiciste», pensó en un gran suspiro.
—Cuéntenos sobre las labores de agroturismo que realiza la abadía —pidió la joven.
—Estas habitaciones —dijo, señalando la parte derecha de la construcción— son para los huéspedes.
Elaboramos nuestro propio pan, aceite y vino.
Parte del atractivo de los visitantes es degustar los bizcochos salados y los cruasanes rellenos de almendras y miel que producimos en el huerto —dijo, esperando no pecar de soberbia.
—Es por eso que la compañía El Pozzo Inc. va a invertir en el canal de aguas en medio del bosque —dijo la joven con su voz de propaganda de radio.
—Y para canalizar el agua para el pueblo de Roble, que no está lejos de aquí.
—¡Por supuesto! El pozo sería de gran ayuda para el pueblo de Roble —repitió la voz de radio.
El hermano Moreto lanzó un segundo suspiro. El pueblo de Roble tenía varios años sufriendo por la escasez de agua.
—Es nuestra costumbre que los visitantes vayan en primer lugar a la capilla.
La señorita y su fotógrafo se apresuraron en seguirlo a través del patio. Ingresaron a la capilla. Moreto se inclinó con reverencia.
—Deben realizar una genuflexión al ingresar —les indicó Moreto—, es el saludo apropiado.
La chica y el fotógrafo se miraron el uno al otro. Ella se arrodilló primero, equilibrándose en las puntas de los zapatos. Tambaleó al incorporarse.
La capilla, sostenida por columnas de piedra igualmente talladas, con un altar de mármol en su interior y adornada por descoloridos frescos de la Edad Media, era sencilla y silenciosa .
—En este sótano —Moreto les dio paso por unas pequeñas escaleras— estamos justo debajo del altar. En esta bóveda, que está protegida por vidrio y hierro, guardamos la reliquia símbolo de nuestra fundación que perteneció a la puerta de entrada original de la abadía.
—Entonces —la joven entrecerró los ojos para enfocar—, ¿es eso un trozo de madera? Pensé que las reliquias eran huesos o cadáveres.
—Hay varios tipos de reliquias.
—¡Oh, sí! Antes creían en todo tipo de cosas. En el pueblo me explicaron que los que estaban ciegos tenían que golpearse con una madera para curarse. ¡Qué cábala! ¿No cree usted?
Moreto parpadeó confundido.
—Las reliquias alimentaban la fe de los fieles y también la codicia y los fraudes de los comerciantes —explicó—.
Cuenta la leyenda de nuestra orden que un ángel habría golpeado la puerta de esta abadía, y quien la tocaba quedaba curado de sus dolencias, por lo que poco a poco la puerta fue desapareciendo en astillas, robadas en la oscuridad de la noche.
Finalmente, luego de un milagro en el que un terrateniente recuperó la vista, la puerta fue arrancada, troceada y dividida por los comerciantes.
Nuestros antecesores lograron recuperar una parte de la puerta y este pedazo de madera fue escondido hasta el siglo xviii , cuando la abadía de Roble declaró públicamente la posesión de la reliquia.
—Quizás eso originó la cábala —dijo la joven.
—El tiempo y la ubicación de la abadía hicieron nuevamente su trabajo y la leyenda perdió su popularidad en el tiempo.
Nuestra congregación, sin embargo, no olvida la historia que data de los orígenes de la orden; cuidamos con esmero la reliquia y recibimos con hospitalidad a cualquier visitante que toque a la puerta.
La joven, por primera vez, lo miró con sinceridad. Ya no parecía esconderse en un manto de felicidad artificial. Al salir de la capilla, fray Moreto les indicó las habitaciones de la hospedería .
—¿Piensan hospedarse el día de hoy? —preguntó.
—No, regresaremos enseguida —indicó el fotógrafo.
—¿Por qué construyeron una hospedería en medio del bosque? —preguntó la joven.
—Bueno, originalmente fue una ermita. La hospedería es solo una consecuencia, ya que los visitantes suelen pernoctar en el lugar.
—¿Cuánto cuesta la noche?
—Los recibimos sin cobrar valor alguno —explicó fray Moreto—. La abadía se autoabastece con el huerto y las donaciones de los peregrinos. Pero solo pueden permanecer una noche, esa es la regla.
—¿Por qué no hay más caminos alrededor? —preguntó la joven periodista.
—No has realizado una muy buena investigación —le dijo fray Moreto.
—¡Sí, lo hice! —dijo—. Sesenta años atrás el Ministerio de Recursos Naturales declaró el Bosque de Roble como «recurso natural protegido». En el mismo año la abadía de Roble fue también declarada Patrimonio Cultural por el Ministerio de Cultura.
—¿Entonces?
—La abadía quedó suspendida en medio del bosque sin construcciones aledañas —contestó la chica, con voz de asombro.
—Cualquier asentamiento está prohibido y regulado por la Administración del Bosque Protector —agregó fray Moreto.
Finalmente, los tacones altos y la cámara fotográfica abandonaron la abadía.
Fray Moreto regresó a la cocina; se había hecho tarde y era hora de fermentar la masa para el pan de la noche. Se encontraba tamizando la maicena cuando llegó el abad Cristóforo y depositó la placa en el mesón. El ruido sobresaltó a Pastor, que dormitaba fuera de la cocina.
El abad Cristóforo, de contextura huesuda y mirada recelosa, era el fraile de mayor rango, por su edad y por ser el encargado de la administración de la abadía y de las comunicaciones con el vicario .
Fray Moreto apresuró el tamizado y la maicena subió espolvoreando su barba y el delantal que vestía encima de su hábito.
La placa, que la habían entregado los chicos de Relaciones Públicas, llevaba un sello de calidad en agroturismo otorgado por El Pozzo Inc.
—Parece importante. ¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó fray Moreto.
—Pues embodegarlo, como todos los anteriores —dijo el abad Cristóforo, alzando su dedo índice—. Este tipo de objetos confunden el alma, especialmente de nuestros novicios, que pueden buscar el reconocimiento humano en sus labores, en lugar de agradar a lo divino.
—Que así sea, entonces —contestó fray Moreto con la mirada en una de las masas que había previamente preparado.
—También ha llegado un sobre a tu nombre; no tiene remitente.
Fray Moreto abrió el sobre.
—Son cartas firmadas por fray Masseo de Marignano.
—¿Qué dices?
—Sí, son cartas.
Ambos frailes revisaron los escritos.
—¿Cómo sabremos si son reales? No tiene remitente.
—Supongo que no lo sabremos. Si no llega más información sobre el remitente, deberías quemar las cartas. No podemos malinformar a nuestros sucesores.
—¿Te angustian las cartas o el reconocimiento de la compañía de pozos?
—No es la placa lo que angustia mi alma —dijo el abad Cristóforo—. Van a construir un pozo. Dicen que es para que tengamos mejor agua para nuestra hospedería.
—Cada día tenemos más problemas con el pozo actual —contestó fray Moreto—, el agua está lodosa y los filtros se tapan.
—Pero nosotros no hemos solicitado que nos construyan otro pozo. Además, cada vez llega más gente del pueblo a sacar agua. Si hay un pozo, eso será peor. Pienso que hay gato encerrado .
Pastor, desde el dintel de la puerta levantó la cabeza y movió las orejas.
—Si tú así lo crees... —concedió fray Moreto—. ¿Dónde va a ser el nuevo pozo?
—Es que ese es el asunto, la construirán dentro de los terrenos de la abadía, hacia el pueblo, justo en el límite con el bosque. ¡Qué conveniente! —El abad Cristóforo levantó la placa con ambos brazos.
—Sí, claro, conveniente —contestó fray Moreto. La perspectiva de agua en abundancia le parecía una gran noticia, pero presentía que el hermano Cristóforo no iba a tardar en hacerle saber cuál era el embrollo con la compañía de pozos.
—El problema son las tasas, las auditorías. Es irritante.
El abad Cristóforo apretó nerviosamente sus huesudos nudillos, dio varias vueltas por la cocina y empezó a explicarle los asuntos fiscales por los que había pasado la abadía.
Caminaba en círculos, con las manos apretadas tras la espalda en grandes zancadas.
El perro siguió el movimiento con las orejas hasta que perdió el interés y se recostó sobre sus patas.
Tampoco se movió cuando el abad Cristóforo se llevó la placa y abandonó la cocina.
Fray Moreto levantó una servilleta blanca y sonrió.
Bajo la tela blanca, una masa redonda respiraba sobre el mesón.
El olor del fermento se esparció en la cocina.
Preparar el pan le proporcionaba tanto placer como los ejercicios espirituales.
Ahora podía dejar reposar la masa un par de horas, así que caminó hacia la mesa exterior en busca de su almuerzo.
El perro se levantó al escucharlo. Lo siguió con el pelo sobre los ojos y el morro cubierto de harina.
Moreto atravesó el huerto con Pastor tras él; el olor de la tierra le recordó el vino color rubí de la abadía, de apariencia clara y limpia con un aroma a jazmín y frutos dulces.
Saludó a uno de los novicios que se encontraban en la jornada.
—¿Cómo van los tomates ?
—Creciendo en honor a Dios y por amor al prójimo —contestó el novicio.
A pesar de las inconformidades del abad Cristóforo, el agua abundante era necesaria.
—Te prepararé una tina de agua limpia. —Fray Moreto limpió la harina del morro de Pastor con el dedo pulgar.
Cuando llegó a las mesas exteriores, el cuenco con la sopa estaba volteado. Los platos vacíos y tan limpios que parecían lavados con agua.
—¿Quién hizo esto?
El perro se sentó muy quieto en sus cuartos traseros y, sacando el pecho, extendió la lengua y golpeó su rabo contra el piso.