El secreto del lienzo 15
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Dispensadora

A Giulia le pareció ver a Hugo Muscatello al otro lado de la escalera. Sin pensarlo, se abalanzó hacia la parte posterior del instituto. Sin un trabajo de por medio, su opción era pedir una extensión para el pago del programa.

—¡Eh, Giulia! —la detuvo Ingrid tras ella, alcanzándola en tres zancadas—. ¿Dónde vas?

La parte posterior de la planta baja del instituto era un callejón alargado y semioscuro, donde solo estaba el cuarto de pinturas al por mayor y la puerta lateral de salida hacia el parqueo. Giulia se preguntó si Hugo estaría en esa área.

—¡Giulia! —Ingrid la detuvo impaciente. El singular peinado corto de Ingrid hacía que las argollas de las orejas destacaran en su cuello largo y blanco.

—Ingrid, ¿cómo estás?

—Bien —Se alzó de hombros—. ¿Cómo te fue con mi tío?

—No sé aún —contestó Giulia—, es todo el día.

Lo que Giulia quería realmente decir era que Enzo no solamente le exigía estar todo el día, sino que además le pagaban por un trabajo de mesera de tres horas .

Ingrid taconeó sobre el piso.

—¿Y qué vas a hacer?

—No tengo muchas opciones —dijo Giulia—. He ido a restaurantes, hoteles y toda clase de tiendas y puestos comerciales. No hay trabajo disponible y menos aún alguno que no se cruce con los horarios del instituto. Supuse que con tu tío era un trabajo donde podría seguir estudiando.

—¿Y por qué pensaste eso?

A Giulia le dolió la pregunta. Cuando Ingrid le ofreció la entrevista de trabajo, asumió que lo hacía para que ella pudiera seguir en el programa.

—Supongo que aún no conozco bien la ciudad —contestó.

—¿Vas a seguir buscando trabajo? —insistió Ingrid—. Seguramente mi tío me va a hacer algún comentario por haberte enviado.

—Lo pensaré —dijo Giulia.

—Bueno, vamos, no demores. Dudo que encuentres algo.

Giulia pensó que ella tenía razón. Era difícil conseguir trabajo en Florencia. Cuando vio perderse la estilizada figura de Ingrid en la subida de las escaleras, aprovechó para escabullirse a la parte posterior del edificio.

Un viento agradable sopló por la salida lateral, moviendo los papeles sujetos con tachuelas del tablero de anuncios cercano a la salida.

Giulia se acercó al tablero, ojeó los anuncios sin leerlos y luego salió por la puerta lateral, en dirección al parqueo.

Atravesó el banco de fierro de los Novios, le hacía gracia el nombre que le habían puesto.

Ingrid había dicho que le decían así ya que el banco estaba debajo de un árbol de avellano que creaba una ilusión de privacidad y las parejas solían terminar besándose en esa banca, cuando la realidad era que estaban a la vista de todo quien saliera hacia el parqueo.

Hugo no parecía estar cerca .

Giulia siguió la curva de arbustos de hojas amarillas hacia los estacionamientos que compartían el instituto y el teatro Ornello.

Solo encontró unos cuantos vehículos. Retornó sobre sus pasos y al ingresar al instituto una ligera brisa sopló llevando su pelo a la cara.

Giulia se lo acomodó detrás de cuello y esta vez leyó los papeles amarillentos escritos a mano que estaban en el tablón de anuncios: «Vendo bastidor», «Se busca compañero para alquilar piso».

Había un escrito mecanografiado en el panel:

OPERADOR MÁQUINA DE TINTES

Se necesita operario de la máquina dispensadora de tintes. Trabajo a medio tiempo. No es necesaria experiencia previa .

Comunicarse con Donna Vitale en la tienda de materiales.

Giulia leyó y luego lo volvió a leer. Tomó el anuncio y corrió los escasos metros que la separaban de la tienda de Donna.

En la tienda de materiales, ajena a la turbulencia del instituto, Donna pasaba una brocha sobre los estantes y tarareaba una canción.

«Buen momento», pensó Giulia y se quedó con el papel del anuncio en la mano, esperando a que terminara con el estante.

—Buenos días, Donna. Encontré este anuncio. ¿Aún está disponible el trabajo?

—Sí, querida, ¡qué bueno que estés interesada! —dijo Donna al verla. Dejó la brocha en el estante y fue a su escritorio—. El trabajo es muy fácil: te doy la lista diaria de pedidos y los ingresas a la máquina.

Sacó del escritorio una carpeta gruesa, con hojas perforadas.

—Estas son las órdenes ya impresas, hay que emitir una diaria, con el resumen de los pedidos .

—Entonces, ¿podría trabajar luego de clases?

—¡Tienes que trabajar después de clases! Hay que encender la mezcladora luego de la última clase pues el ruido de la máquina molesta en los salones. Ingresas los pedidos, les colocas las etiquetas y esperas a que estén listas las mezclas.

—No he trabajado antes con una dispensadora —advirtió Giulia.

—Es tan fácil como lavar la ropa en una lavadora —contestó despreocupadamente Donna.

A Giulia le parecía que lavar ropa en la lavadora era bastante fácil, así que se aventuró a contestar:

—El horario me es conveniente.

—¡Qué bueno! Es la primera vez que escucho eso, se me había hecho difícil encontrar alguien que quiera quedarse a esas horas de la noche en el instituto.

«Es por los murciélagos» pensó Giulia. Los animales salían en la noche y se pegaban a las paredes, raspaban los techos y se colgaban de los árboles y faroles que rodeaban el instituto.

Incluso había un acuerdo tácito entre estudiantes y alumnos: a ninguno le apetecía recibir ni dar clases nocturnas y el edificio solía estar deshabitado antes del anochecer.

—Me alegro de que estés interesada, porque no podemos dejar la máquina encendida hasta el día siguiente.

Luego de ingresar las órdenes no tendrás mucho que hacer, solo hay que esperar a que la mezcladora haga su trabajo; según la cantidad de pedidos te tocará esperar entre tres y cuatro horas, luego imprimes el informe y cierras el día.

—¡Oh! ¡Eso no es ningún problema! Puedo trabajar en mi obra en esos momentos —dijo Giulia.

—¡Por supuesto! —contestó Donna—. En todo caso, perfecto, mi querida niña. Dame ese anuncio y déjame hacer una llamada .

Giulia le tendió el anuncio. Se preguntó si la llamada era para Hugo Muscatello.

Hugo era un exigente crítico y participaba en las subastas.

También era quien decidía qué obras se exponían en las casas comerciales, así que rara vez se lo veía en los salones de clases, y peor aún en algo como la dispensadora de pinturas al por mayor, pero a Giulia le daba la impresión de que todas las decisiones pasaban por él.

—Una pregunta adicional —dijo Giulia—. ¿Llegó el rojo 42, el de etiqueta café de tinte artesanal?

—No, bella , aún no llega. Pero tengo tres litros de un rojo cadmio que aparecieron en mi bodega ayer. ¡No sé de dónde salió esa pintura! No tienen código de venta, ni etiqueta, así que no la puedo vender. ¿Quisieras llevártelos?

—Por supuesto, Donna, te agradezco. Jamás rechazaría tres litros de pintura.

Luego de la salida de clases regresó a la tienda. Donna la acompañó a la parte posterior del instituto e ingresaron al cuarto de máquinas por una puerta de aluminio. Las canecas de pintura aguardaban para su recolección.

Donna encendió la máquina parecida a un armario gigante.

Tenía incorporado un teclado donde ingresaba las órdenes.

Luego había que aplastar el llenado; el botón, de un plomo desteñido, era tan grande que se necesitaba toda la palma de la mano.

A través de un vidrio se veían las inyecciones de tinta, y abajo, los botes de pintura.

A un lado, conectado con cables gruesos, se encontraba una isla con la impresora.

En el resto del cuarto había estanterías donde se archivaban las órdenes para el despacho.

Giulia estaba ingresando una orden de prueba cuando escuchó un sonido como de tambor.

—¿Ese sonido está bien? —preguntó Giulia—. Aún no he aplastado el botón .

—Tranquila —Donna se acercó—, ese sonido no es de la máquina. Estamos al lado del teatro, y en este salón se escucha con más claridad. Giulia y Donna hicieron silencio y pronto se escuchó un violín acompañar el tambor inicial.

Giulia se quedó sola con la máquina que, contagiada de las notas que salían del teatro, inició su propia orquesta: la impresora escupió las notas graves de las órdenes de compra; la ticketera , agudos códigos en el papel adhesivo; y los tambores de pintura sonaron como sandías llenas.

Luego de dejar la máquina en movimiento, Giulia pensó que había conseguido el mejor trabajo del mundo. Subió al taller del segundo piso, abrazando uno de los litros de rojo cadmio.