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Giganti
G iulia había tomado un tren y luego un autobús para poder llegar a su destino.
Se había adormecido en el asiento de la última fila del autobús cuando el chirriar de los frenos la despertó.
Giganti era un pueblo pesquero escondido en los pliegues de la costa italiana, olía a tierra seca y sal, y hacía un inusual calor para la época del año.
Giulia se quitó el abrigo, se levantó del asiento y caminó hasta el chófer.
El conductor del bus sacó un cigarro de su desgastado pantalón de pana. Tenía ojos almendrados y piel curtida por el sol. Giulia supuso que era lugareño y, aunque no supo decirle nada sobre Masseo, sí conocía el Museo In Situ.
—Es la siguiente parada —dijo.
La bota del chófer apretó el acelerador.
El plástico del asiento le había raspado las piernas así que Giulia prefirió permanecer de pie en el vehículo que avanzaba en cámara lenta por aquel pueblo semiabandonado de calles terrosas.
Sobre la avenida, un vendedor exhibía la pesca del día y, en la esquina, dos mujeres cargaban a sus pequeños en brazos .
El bus la dejó en la parte exterior del Museo In Situ: una construcción ovalada, erguida como cementerio en medio del pueblo.
Caminó por el patio hacia la puerta principal; a los lados se podían apreciar las excavaciones que habían sido acordonadas con piola marina, tumbas huecas que a poca profundidad ya tenían el color rojo vivo de la tierra arcillosa.
Giulia se sintió asombrada al encontrar un museo de esa magnitud en un pueblo de vías rurales, y al ver las tumbas comprendió que el Museo In Situ había sido erguido sobre los descubrimientos arqueológicos del lugar que estaba pisando.
Golpeó los talones al llegar a la escalinata de entrada, soltando el polvo seco que se había pegado a la lona de sus zapatos.
La estructura del museo se encontraba pulcramente mantenida, seguramente con fondos estatales.
A excepción de las gaviotas que chillaban sobre las piolas marinas que acordonaban las excavaciones, no había un solo visitante.
Encontró a un encargado, ataviado con un pantalón de pana y una insignia cubierta de plástico amarrada al cuello.
Sus ojos almendrados eran vivarachos y su agilidad contrastaba con el lugar que parecía no moverse.
El guía había instalado una sencilla mesa de madera y mostró una hilera irregular de dientes cuando Giulia pagó la tasa de entrada.
Luego se adelantó hacia el museo, que también estaba desierto. Abrió las puertas y prendió las luces para que ella, la única visitante, ingresase al salón.
Hacía calor y un olor salino impregnaba el lugar.
Giulia se alegró de haberse decido a viajar con zapatos deportivos y un vestido; se amarró el suéter a la cintura y luego anudó el cabello en una coleta.
Por el sonido del motor y el frescor que le siguió, se percató de que habían encendido los ventiladores.
El museo era de menor tamaño de lo que aparentaba en su exterior: en las salas se exhibían, bañadas en luces fluorescentes, trozos de porcelanas y colecciones de huesos, cada uno con su panel explicativo. No parecía haber nada relacionado con Masseo en aquel lugar.
Encontró al encargado frente a un conjunto de cerámicas en forma de tinajas, con tapas en forma de cabeza de hombre.
—Son cerámicas villanoviences —recitó—. Están realizadas a mano, con arcilla no depurada, y empastada con minerales y vegetales que le dan el tono oscuro. —El guía parecía que disfrutaba de repetir aquellas frases aprendidas de memoria.
Tras las cerámicas estaba la última sala y, en el centro de esta, sobre una mesa de piedra, había un grueso hueso con forma de quijada. Era impresionante el tamaño del hueso. Giulia dio vueltas alrededor, nunca había visto algo tan grande.
—Era de un mamut —señaló con una venia—. Los colonos la utilizaron para ahuyentar a los conquistadores.
—¿Mamuts? —repitió asombrada. Giulia se imaginó un episodio donde los nativos, como Sansón con los filisteos, golpeaban con esa quijada a los conquistadores.
—¿Cómo la utilizaron? —preguntó.
—Los conquistadores habían invadido toda la región montañosa, matado a los hombres y esclavizado a las mujeres y niños.
Lo que pasó aquí en la costa fue que los nativos fueron a su encuentro sin armas, con esta mandíbula de mamut, para prevenirles de que seres gigantes provenientes de otro mundo habitaban estas tierras, y que no debían llamar la atención o todos perecerían devorados.
Efectivamente, aquel hueso parecía la quijada de un gigante.
—Qué astutos —dijo Giulia—. ¿Y funcionó?
—Sí, así fue —contestó mostrando su hilera irregular de dientes—.
Los conquistadores regresaron a las montañas y esta zona no fue invadida, como ocurrió con el norte y el oeste.
Incluso dicen que esta región aún conserva los rasgos físicos de aquellos nativos, ya que nunca se mezclaron entre las tribus .
Giulia se fijó en los ojos almendrados del guía.
—Puede ser —contestó.
Recorrió al detalle todo el museo, pero no encontró información relacionada a Masseo de Marignano.
—¿Qué hay en el piso de arriba? —preguntó Giulia.
—La bodega de manuscritos —contestó el guía.
—¿Puedo ver?
El guía la llevó al primer piso alto. Era una sala oscura, un laberinto de estanterías con tragaluces sobre una larga mesa de madera.
—La mayoría son pergaminos; los envían acá por nuestro clima seco —dijo el guía—. La sala está diseñada para que la luz no dañe el papel —añadió con aquel tono de las frases aprendidas de memoria.
Giulia recorrió los modulares con Mauricio tras ella.
Los libros eran de diferente tamaño y no tenían distinción en sus lomos.
Tomó uno de ellos: un escrito sobre el pontificado de Inocencio III.
La tapa era de cuero. Ojeó con sumo cuidado las hojas escritas a mano, delgadas y amarillentas.
Giulia devolvió el cuaderno luego de la tercera hoja.
La bodega de escritos, como le decía Mauricio, no parecía seguir un sistema bibliotecario determinado.
—¿Cómo puedo encontrar aquí algo?
—Están en orden del alfabeto. ¿Qué buscas?
—Es sobre un hombre llamado Masseo.
—La M, entonces. —Le señaló el callejón que tenía una «M» pintada en negro sobre el pilar.
Luego, con los ojos fijos en el piso, se retiró enseguida.
Giulia hubiera preferido no perder su compañía en aquel laberinto, aunque supuso que el guía no quería quedarse con ella para realizar un trabajo que preveía infructuoso.
Decidió empezar por el principio, es decir por el primer libro de la repisa derecha superior.
Lo atrajo con dificultad hacia ella, ya que solo alcanzaba a tocar con la punta de los dedos la cubierta de cuero.
Finalmente se deslizó, grande y pesado, y lo equilibró con uno de sus brazos mientras que pasó las páginas con la otra mano.
Estaba tratando de descifrar el título cuando un parpadeo apagó las luces, el sonido de los ventiladores se detuvo y las gaviotas dejaron de escucharse.
Una acogedora media luz invadió la biblioteca y el silencio externo pareció no tener tiempo.
Al regresar la luz, Giulia alzó la vista.
—¿Lucca? —El libro perdió el equilibrio y terminó en el piso.
—Saludos, Ishsha —Su voz de un suave tono grave llenó la estancia. Se acuclilló y recogió el libro. El pelo claro se enroscó a la altura de la oreja con el contacto de la tela del abrigo.
Giulia tomó el libro y para disimular su turbación revisó las costuras. No entendía cómo Lucca ahora aparecía súbitamente en aquel museo.
—Gracias —Giulia levantó la mirada. Lucca era una cabeza más alto.
Giulia regresó el libro a su lugar.
—No te vi entrar —susurró Giulia—. ¿Trabajas aquí?
—¿Encontraste las cartas de fray Masseo?
—No aún.
Lucca caminó hacia uno de los laberintos de libros y se detuvo frente a unas repisas de madera, con rombos como los que se usan para guardar vinos.
En cada compartimiento había planos y documentos enrollados.
Tomó un pergamino de cuero, que se encontraba en la parte izquierda superior y lo extendió sobre la mesa.
Era un pergamino extremadamente antiguo. Con retazos desordenados dentro de él escritas a mano, en un tipo de letras góticas que parecían dibujadas. No reconoció el idioma. Giulia tocó uno de los retazos con las yemas de los dedos: el cuero era suave y las letras de color marrón no tenían textura.
Lucca, atrás de ella y de pie sobre la mesa, tomó el retazo que ella había tocado .
—No reconozco este idioma.
Lucca movió un músculo dándole forma a la sonrisa de niño.
—Traduciré las cartas y las entregaré a la ermita original.
—¿Dónde es esa ermita? —preguntó Giulia.
—La ermita es ahora una abadía dedicada a la hospedería. Haré llegar las traducciones a uno de sus frailes: el hermano Moreto.
—¿Puedes leerme una ahora?
—Claro que puedo.