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Lucca
G iulia decidió quedarse unas horas extra en el instituto.
No lo había comentado con sus amigos, pero tenía la intención de buscar a Hugo Muscatello, y creía tener más posibilidades de lograr su atención luego de la salida de clases.
Carina le había comentado que Muscatello asesoró personalmente a Ingrid Canizzaro, la compañera de piso de Carina, y su trabajo estaba avanzando a un ritmo espectacular.
Entró al salón de pintura del segundo piso.
Le gustaba dibujar a esa hora, estar a solas.
Prendió las luces del salón: eran unas luces localizadas, adaptadas para los puestos de los artistas.
Por la ventana llegaba el olor de la lluvia, la luz del farol y las notas del piano en el teatro Ornello tocando Für Elise .
Las estanterías, ubicadas a un lado, exhibían torres maltrechas de Il Coville , la revista de cultura.
Se detuvo ante el lienzo de Ingrid, donde ya habían empezado a aparecer las capas de color sobre la boca de la modelo.
Luego se dirigió a las repisas que contenían los recipientes de plástico, pinceles y tubos de pintura.
Tomó un lápiz de uno de los recipientes y se sentó cerca de la ventana del fondo del salón, frente a su futuro cuadro.
Había seleccionado el lienzo con mayor tamaño que el estándar. Pasó la mano por los vértices comprobando el tensado que ella había sujeto con grapas a una tela de lino de un tejido regular, de puntos e hilos casi invisibles.
En trazos largos y ligeros avanzó con la barba del boceto.
No llevaba más de quince minutos en el taburete cuando las luces del techo perdieron intensidad, y la envolvió la penumbra.
El foco de luz sobre el lienzo quedó quieto.
Las sombras no bailaron en las paredes. Se silenciaron los ruidos de la calle, el aroma de lluvia se detuvo en el aire.
Las notas del piano hicieron una pausa entre dos respiraciones.
El silencio fue calmo y absoluto. Al cabo de unos segundos y tal como había ocurrido unos días antes, la luz regresó delicadamente.
El viento ululó en la ventana y las notas de Für Elise llegaron suaves.
Se sobresaltó al ver a un hombre joven y bien parecido, a dos pasos de ella bloqueando la entrada. La luz le daba de frente resplandeciendo en el pelo y sobre el abrigo claro.
El visitante caminó hacia el bosquejo de Giulia. Ella se bajó del taburete.
—Saludos, Ishsha —dijo con suavidad. Su voz de un suave tono grave, la dejó sin aliento.
—¿Por qué me llama Ishsha? —preguntó—. Quizás me ha confundido con alguien.
El joven se acercó al lienzo. La luz se abría sobre la melena clara y limpia que caía en abundantes mechones cortos y alborotados a los lados de la frente y en las orejas, enroscándose ligeramente al inicio del cuello.
La nariz, recta y grande, cuadraba en el rostro.
La boca era pequeña, y el labio inferior, más carnoso que el superior, permanecía inmóvil con una expresión de sonrisa que le recordó a los niños pequeños.
Llevaba una leva de viaje y sus hombros simétricos caían a lo largo del cuerpo.
—Masseo siempre ha sido delgado, de contextura fuerte.
Giulia resopló. Solo le había contado a Manolo que dibujaba a Masseo y ya lo sabía todo el instituto .
—Estamos hablando de diferentes personas. —Giulia se mordió el labio conteniendo su frustración—. Estoy intentando dibujar a fray Masseo, que vivió en el siglo xiii .
—Hablamos del mismo —contestó, impasible.
—¿Cómo sabes que fue delgado? —preguntó Giulia.
—Siempre fue delgado y de buen porte. Incluso durante la construcción de la ermita, donde había más alimento.
Giulia ladeó la cabeza confundida. El joven acercó el banquillo.
Giulia dudo unos momentos, sin embargo, al ver la expresión calma y el aplomo del visitante, se sentó en el banquillo. El piano seguía tocando, era una melodía hermosa que Giulia no había escuchado antes. Había dejado de llover.
—Su barba es corta y forma una hendidura en la barbilla, que la divide en dos —dijo.
—No parece correcto —Giulia se sintió nuevamente frustrada, pero luego se empezó a fijar en los detalles de su propio bosquejo, como si crecieran de tamaño. También se fijó en el lápiz que tenía en la mano: era un lápiz de carboncillo nuevo y de punta suave.
—Masseo tenía la frente amplia; un hombre agradable e inteligente. Tenía virtudes y sostuvo largas luchas interiores para agradar a Dios. —El joven se colocó a su izquierda. Tenía una voz pausada y, a medida que describía a Masseo, el lápiz de Giulia deslizaba sus palabras sobre el lienzo.
Cedió ante la extraña sensación de haber escuchado antes esa voz, la frustración pasó a un estado de alegría.
Giulia realizó los trazos y su mano se deslizó sin trabas por el lienzo.
Acortó la base del rostro, luego amplió la frente y se topó con el rostro triangular invertido de un hombre de rasgos angulosos.
Los contornos se volvieron firmes y confiados. Dividió en dos la barba del dibujo.
—¿Conoces algún retrato de Masseo? Me gustaría poder verlo —dijo Giulia, concentrada en el dibujo .
—En Giganti encontrarás las cartas de Masseo —dijo.
—¿Giganti?
—Es un pueblo costero, a dos horas en tren.
Giulia dudó unos minutos y luego preguntó:
—¿En qué parte de Giganti?
—En el Museo In Situ —dijo.
—¿Qué más sabes de Masseo?
—Era un buen compañero de viaje. Además, como era de buen ver, solía recibir mejores limosnas.
—Al escucharte, pareciera que hubieras conocido a Masseo en persona —dijo Giulia.
—Lo conocí en persona. Tuve encargos que me tenían con prisa en esa época. —Un músculo tembló en su sonrisa de niño—. A pesar de ser ágil se demoraba en abrir la puerta.
—En el siglo xiii —dijo Giulia.
—Sí, Ishsha.
—Soy Giulia. —Dejó el lápiz—. ¿Quién eres?
—Soy Lucca —dijo.
Bajo las cejas espesas. Su iris calmo brillaba con la luz.
Giulia volvió al dibujo.
—¿Así que eres nuevo aquí? —Un silencio hueco le hizo levantar la vista.
Lucca ya no estaba en el salón. Había desaparecido tan abruptamente como había llegado.
Esa noche, ya en su departamento, Giulia repasaba una y otra vez lo que había ocurrido luego de que se fue la luz.
Mordisqueó unas galletas y partió en trozos pequeños una manzana.
Estaba intrigada sobre el encuentro con Lucca e inquieta sobre las cartas de Masseo que quizás encontraría en el Museo In Situ.
Decidió que al día siguiente tomaría un tren y viajaría al pueblo de Giganti, y solo entonces pudo dormir.