6
El retrato
G iulia cerró el libro, frustrada. No le había ido bien en el ensayo y el profesor lo había evidenciado con irritación.
Ciertamente la educación recibida en su pequeño colegio de Apalagos había dejado muchos vacíos y, a pesar del tiempo que ella le dedicaba a estudiar, poner al día su ignorancia parecía un camino de nunca acabar.
Tampoco era un genio, los números se le perdían en cuanto trataba de visualizarlos, por lo que le costaba recordar las fechas.
Se quedó sentada en la silla con el pupitre delante y no prestó atención a Manolo, quien, sentado junto a ella, la miró fijamente.
—¿Estás llorando? —le preguntó Manolo.
—No estoy llorando —contestó Giulia—, es una cicatriz. ¿Recién te das cuenta?
A Giulia no le gustaba su cicatriz, por lo que le incomodó que esta no hubiera pasado desapercibida.
Manolo se acercó a ella intrigado.
—Es verdad. No me había fijado. Está justo debajo del ojo. Además, ¿tienes los ojos de diferente color?
—¡No! Solo tiene diferentes motas en cada uno —contestó Giulia. Luego, los abrió desproporcionadamente y le clavó la mirada—. Casi nadie lo nota .
Manolo rio estrepitosamente.
—Bueno —dijo con una mano en el estómago—. Se puede decir que tienes pintura hasta en los ojos —dijo riéndose de su propia broma.
—Qué gracioso —contestó Giulia, seria.
—Supe que vas a aplicar al programa de la Galería de Milán.
—Si. ¿Tú también vas a aplicar al programa? —preguntó Giulia.
—No, yo no. Tengo suficiente con las clases. Además, lo mío es el arte libre, no los retratos —contestó desenfadadamente.
—Ya apliqué a Milán —dijo Giulia—, lo que no tengo resuelto es cómo pagarlo, necesito encontrar un trabajo.
—También necesitas un rostro —agregó Manolo.
—Pues eso sí tengo, de hecho, ya empecé el bosquejo inicial —contestó Giulia emocionada.
—¿A quién vas a dibujar?
—Bueno —Giulia titubeó.
—No me digas que no sabes —preguntó Manolo.
—¡Claro que lo sé!
—¿Tienes varios retratos?
—No, solo se puede enviar una obra a Milán. Aunque sería mejor hacer varias y escoger la mejor, nunca me alcanzaría el tiempo.
—Claro. ¿Y a quién vas a retratar? —insistió Manolo—. Titubeas tanto que voy a pensar que me dibujas a mí.
—¡No! Es sobre un fraile llamado Masseo. La verdad es que me vino la idea por las niñas que van a la tienda de Donna.
—¿El fraile vive aquí? ¿En Florencia? —preguntó Manolo.
—No, vivió en el siglo xiii ; mi padre me contó la historia: fray Masseo estaba con sus compañeros en Umbría cuando un visitante tocó la puerta.
Manolo entrecerró los ojos, que se humedecieron, y apretó la mandíbula .
—¿Estás bostezando?
—Empecé a bostezar cuando dijiste siglo xiii .
—Pues el visitante era un ángel. Masseo fue quien le abrió la puerta.
—¡Ah! Bueno, eso está mejor.
—¡Imagínate! Cuando Masseo y sus compañeros supieron que era un ángel quedaron impresionados, y desde allí recibieron siempre y de la mejor forma posible a todos los que tocaban sus puertas.
—¿Por qué dibujas al fraile en lugar de pintar al ángel?
—No sabría cómo dibujar un ángel. Es un rostro perfecto. ¿Cómo consigo un modelo así? No parecería real. Además, lo que quiero retratar es esa mirada de Masseo cuando abrió la puerta.
—¿Tienes un retrato?
—No exactamente, no he encontrado ningún retrato de él. Pero si consigo documentación o alguna descripción, podría llegar a un rostro parecido. Ya pensaré como resolverlo —contestó Giulia.
—¿Y qué pasó con el ángel?
—Nunca regresó. Debe de ser como haber tenido un billete de lotería y botarlo sin saber que era el premiado.
—Mi mamá, una vez, botó un billete premiado de lotería, también puedes pintarla a ella. —Manolo apretó los labios intentando hablar con seriedad.
—¿Te estás burlando? —preguntó Giulia, entrecerrando los párpados.
—No —miró al piso y se puso serio—. Si te soy honesto, no creo que la galería esté interesada en un retrato del siglo xiii , peor aún si no tienes una referencia de sus facciones reales. Tienes, sin lugar a dudas, un problema de marketing .
Giulia hizo silencio.
—Masseo abrió la puerta y se topó con algo extraordinario, es eso lo que voy a dibujar .
—¡Ah! ¿Como la sonrisa de Mona Lisa que hasta ahora entiendo de que sonreía? Está difícil tu retrato, pequeña aprendiz. La buena suerte es que seguimos abriendo puertas, así que siempre podremos toparnos con algo extraordinario.
—¡Tienes razón! Mejor es dibujar a Masseo en la actualidad.
—Déjame adivinar —Manolo puso los dedos sobre la frente y frunció el ceño—. Lo vas a dibujar abriendo una puerta.
—¡Exacto! —contestó Giulia.
—Si haces eso —contestó Manolo con cara de póker—, nadie sabrá quién es él.
—Pues yo lo sé, y seguirá siendo el mismo Masseo —contestó Giulia.
—Como digas. Toda esta conversación me ha dado hambre. Me marcho, creo que en casa me esperan impacientes unas patatas bravas. —Manolo se puso de pie—. ¿Vienes?
—No, es que me gustaría ir al salón de pinturas y quedarme con… quedarme pintando.
—¿Con quién te gustaría quedarte?
—Con Masseo.
—Oh, entiendo —respondió serio Manolo.
—¿Entiendes?
—Sí, claro que sí. Tu amigo, Masseo. —Y se despidió con un guiño.