El secreto del lienzo 5
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Milán

G iulia, en espera de la siguiente clase, se encontró con Carina en el recibidor del instituto.

La amistad entre ellas fue natural, especialmente después de haber sobrevivido al curso del profesor Monti sobre las técnicas de creatividad de los artistas del Renacimiento.

También había hecho buena amistad con Manolo, con quién tomó el curso de pintura abstracta.

Tanto Carina como Manolo tenían un desenfado que agradaba a Giulia, y cuando llegaron las vacaciones, viajaron los tres a la playa.

A Giulia le gustó ver el mar, pero también le recordó su isla y las minas.

Estar bajo tierra le producía un agobio que se instalaba en el pecho, una opresión de tierra negra.

Revisó el calendario de su cuaderno: un año, ocho meses y tres días. Ese era el tiempo que faltaba para que termine el curso, y si ella no conseguía donde exponer sus obras, se vería obligada a regresar a Apalagos. Giulia movió la cabeza, alejando la imagen de los túneles.

La lluvia caía fuera del instituto. Giulia nunca había visto una tormenta eléctrica como esta, ni en Florencia ni en Apalagos. Desde la madrugada los rayos violeta rasgaban el cielo oscuro que se cubría de un vaho expectante, latigazos que amenazaban con romper la bóveda celeste.

Evitando la lluvia, los estudiantes esperaban en la entrada y el recibidor estaba lleno. Sus compañeros bajaron sus bolsos, haciendo espacio en la banca. Ambas se sentaron.

—Gracias, novatos. —Carina dejó el bolso—. ¡Giulia! ¿Otra vez con el calendario?

Giulia hizo un mohín. Lo cierto era que el único momento en que estaba en paz era cuando pintaba, así que dio vuelta al calendario del cuaderno y empezó a dibujar.

—Carina, ¿puedes quedarte quieta cinco minutos? —rogó Giulia. El lápiz rasgó el cuaderno de bocetos que tenía en mano—. Casi logro dibujar tu mal genio.

—¡Vamos! Tú sabes que me pone de malas eso de estar quieta. —Carina revolvió su pelo ensortijado.

Unas voces de niñas sonaron en el pasillo.

Dos pequeñas llegaron con sus paraguas miniatura y corrieron a la Tienda de Cristal.

El piso del recibidor quedó lleno de pequeños charcos.

La menor tendría alrededor de cuatro años y su hermana unos seis.

Llevaban vestidos de verano, con medias gruesas y un suéter encima.

Giulia ya las había visto antes; eran las nietas de Donna.

Tenían la costumbre de visitarla los miércoles y pintar en las mesitas de la tienda.

Llegaron con su abuelo, quien en ese momento se esforzaba por cerrar su propio paraguas.

Al verlas entrar al instituto, Giulia viró la página de los bocetos y rápidamente hizo un esbozo de ambas entrando a la Tienda de Cristal.

—¡Vaya! ¡Qué hábil! —Manolo estaba esperando, al igual que ellas, la siguiente hora de clase.

Giró el cuello, agarró el lápiz e hizo su propia versión en el cuaderno de bocetos.

Rompió la punta y siguió dibujando con el trozo astillado.

Giulia suspiró. Tenía la esperanza de que la torpeza de Manolo fuera temporal; con su cuerpo alargado y cabeza pequeña daba la impresión de no haber terminado de crecer.

Para Manolo todo se podía expresar en arte abstracto, así que las niñas terminaron con cabecillas redondas y vestidos triangulares.

—Hay una charla en el Salón Mayor —avisó Manolo, devolviendo el lápiz a Giulia.

—Sí, sabemos —contestó Carina, entrecerrando los párpados.

—Solo avisaba. —Manolo alzó las manos en señal de rendición.

—¿Sobre qué es la charla? —preguntó Giulia.

—Es sobre la exposición en la Galería de Milán —contestó Carina—. ¿No te llegó la invitación?

—¡La Galería de Milán! —gritó, conmocionada, Giulia—. No me llegó la invitación.

—Es un evento abierto a todos los estudiantes del instituto. Qué descuido que no te hayan enviado.

—Bueno, ¿vienen o qué? —preguntó Manolo, jugando con el pelo de Giulia.

—Ya te alcanzaremos —cortó con voz seca Carina—. Adiós.

—¡Adiós! —dijo Manolo con fuerte acento. Luego se encogió de hombros y con la cabeza gacha subió las escaleras hacia el salón.

El programa de la Galería de Milán que había esperado con ansias. «Al fin», pensó Giulia. Exponer en esa galería era todo lo que quería. Si lograba entrar, podría dedicarse a pintar. ¡Había tantos retratos que le gustaría hacer! No tendría que regresar a Apalagos, ni a las minas.

—¡Giulia! ¿Qué andas pensando? —preguntó Carina.

—En Manolo. Fue muy amable en avisarnos.

—Olvídate de Manolo. Mejor vamos a la charla. —Carina se amarró el cordón del zapato—. Dicen que van a contratar.

—¿Un trabajo en la Galería de Milán? —Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo .

—¡Giulia! ¿Qué te pasa hoy? —Carina le tendió la mano y se levantaron a la vez.

Giulia y Carina ingresaron al Salón Mayor. Manolo se había ubicado cerca de la entrada y señaló los asientos libres a su lado. Había unas cincuenta personas formando un semicírculo alrededor de Donna, situada en el frente.

—¿Cómo es lo del intercambio con Milán? —preguntó uno de los estudiantes en medio de la agitación.

—No es un intercambio —dijo Donna—. Ustedes deben aplicar con un único trabajo original en este semestre y hacerlo llegar por sus propios medios a la galería de Milán.

— ¿A qué se refiere con «por sus propios medios»?

—A que ustedes —contestó Donna, cortante— deben llevar personalmente su obra el día señalado. —Al fin, el grupo hizo silencio—. La Galería de Milán incorpora, cada dos años, nuevas obras para la exhibición y un contrato fijo para el artista emergente.

Un nuevo murmullo se extendió por la sala.

—Un asunto más —agregó Donna, y repartió un folleto. En el folleto se encontraba el nombre de la exhibición que se estrenaría ese año:

«La cara es el espejo del alma»

Cicerón.

—Son los ojos —susurró Giulia.

—¿Qué dices? —preguntó Carina.

—Los ojos son el espejo del alma —contestó Giulia.

—Pues no lo son para la exhibición —dijo Carina.

—La cara es el espejo del alma y los ojos sus delatores —dijo un chico con acento sardo detrás de ellas. Ambas se voltearon con curiosidad. El chico las miró con expresión despreocupada—. Es la frase completa de Cicerón —agregó con un guiño .

Carina le hizo una seña a Giulia que significaba: «¿Ves lo que te digo?».

—¡Atención! —Donna golpeó las manos—. Como pueden ver en el folleto, la obra debe ser un retrato.

—Un nuevo murmullo se extendió por la sala.

Donna aplaudió por segunda ocasión—. ¡Silencio!

Los que quieran aplicar al programa de recomendación deben decidirse esta semana y firmar el contrato junto con un anticipo del pago.

El costo del programa es de mil quinientos euros.

La aplicación al programa no les garantiza la contratación ni la exhibición de la obra.

Giulia sintió vértigo. ¿Cómo iba a conseguir esa cantidad de dinero? Ya casi no le quedaban ahorros y desde que llegó a Florencia no había podido conseguir un trabajo.

—¿Mil quinientos euros por la recomendación? —Giulia no alcanzó a ver quién había preguntado.

—No es solo una recomendación —contestó Donna visiblemente molesta—.

El instituto les presta el espacio físico para que puedan trabajar, además de la asesoría de los profesores en sus obras.

Las galerías están saturadas y el director Muscatello se asegura personalmente de que sus trabajos no sean desechados sin pasar por el comité.

En la muestra pasada un estudiante de este instituto fue escogido por la galería, y espero que este año sus trabajos sean lo suficientemente buenos para que eso se repita.

Donna había subido su tono de voz y su cara estaba tan roja como su pelo. Los tres estudiantes vestidos de negro en la primera fila no disimularon su diversión frente a la irritabilidad de la expositora.

Giulia no pudo prestar atención a la siguiente hora.

Su único pensamiento era el programa de la Galería de Milán: no tenía el dinero para pagar el programa, pero quizás podría inscribirse primero e ir poco a poco abonando hasta llegar al valor.

Finalmente, las clases llegaron a su fin y decidió ir por Donna antes de salir del instituto.

Dio vueltas en la Tienda de Cristal esperando que ella llegase.

Se distrajo con los dibujos en los platos decorativos de cerámica.

Tomó uno de ellos, lo ladeó, desentrañando sus colores.

Las niñas que había visto un par de horas antes estaban revisando unos libros de pintar.

La más pequeña miró a Giulia curioseando en el almacén y corrió hacia ella seguida de su hermana.

Los vestidos de verano ondularon con sus pasitos cortos y rápidos.

—¿Cómo te llamas? –preguntó la niña.

—Me llamo Giulia —contestó un poco titubeante. Giulia dejó el plato y se acuclilló, hasta ponerse a la altura de ellas.

—¿Tienes hermana? —preguntó la menor de ellas.

—No, no tengo.

—¿Y tienes novio? —preguntó la niña mayor—. Tu pelo es muy bonito. —La niña lo tocó con suavidad como si fuera una muñeca.

—No —dijo Giulia riendo—. Pero, shh, no le cuenten a nadie —dijo susurrando.

El abuelo de las niñas se había acercado para evitar que incomodaran a Giulia, pero al escuchar su conversación entornó los ojos y sonrió divertido.

De repente se fue la luz y la tienda quedó totalmente a oscuras.

En esos breves segundos también se fue el ruido y las pinturas no respiraron sus recuerdos.

Fue un instante de pausa, de asombro, antes de que los murmullos corrieran y las preguntas se formularan.

Envuelta en un halo de calma, la luz volvió tímidamente con la misma facilidad con la que se había ido, y también con la misma facilidad regresaron las pisadas apresuradas y las risas de los estudiantes.

—Es un ángel que pasa —le explicó la menor de las niñas a Giulia.

—¿Un ángel que pasa? —preguntó Giulia.

—Sí, ¿no sabías? —preguntó la mayor, alzando las cejas en señal de sorpresa .

Giulia bajó los ojos, quiso contestar que claro que conocía aquel dicho popular.

—No, no sabía —se oyó contestando. Era difícil mentirles a los niños. Las niñas abrieron la boca al mismo tiempo.

—Dicen que cuando las luces se apagan y se vuelven a prender, es un ángel que pasa —explicó el abuelo colocando su mano, ya marcada por manchas de la edad, en la cabeza de la niña más pequeña.