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La entrevista
G iulia, inquieta con la actitud del policía en las escaleras, apresuró el paso. Eran las diez en punto cuando tocó la puerta de la oficina del director. Fueron dos golpes, luego silencio.
«Adelante», escuchó con claridad.
Un olor desagradable, como amoniaco rancio, la golpeó al entrar. Era una oficina de gran tamaño: tras el escritorio, había una arquilla con trofeos, y bajo la ventana, antes de entrar a la salita que era parte de la oficina, un gran bonsái.
Hugo Muscatello parecía una portada de revista: estaba sentado detrás del escritorio, con el cuerpo hacia delante y los brazos cruzados sobre la mesa.
A través del traje, parecía distinguirse una musculatura magra y fuerte.
Tenía la boca bien formada y el pelo negro peinado hacia atrás.
Sus ojos eran dos obsidianas impenetrables enmarcadas en unas cejas finas y bien formadas.
Su aspecto era pulcro y cuidado, y sus rasgos alargados y rotundos eran muy diferentes a la contextura gruesa y redondeada de los hombres de Apalagos.
—Soy Giulia Febres. —Su voz remarcó el acento de las islas del este, le ocurría siempre que estaba nerviosa.
Hugo la invitó a sentarse .
—¿Eres italiana?
—Soy de la isla Apalagos —dijo Giulia, y esperó la reacción: decir Apalagos era decir mucho.
A pesar de ser una pequeña isla, Apalagos tenía veinticuatro partidos políticos que luchaban por independizarse de Italia, actitud que poco se comprendía e incluso resentía a la comunidad italiana.
Suspiró. Ni bien empezaba la entrevista y ya estaba metida en problemas.
—Así que eres de la colonia —dijo Hugo.
—Así es, señor Muscatello —dijo Giulia.
—Llámame Hugo —contestó. Los labios se tensaron en las comisuras, formando una media sonrisa.
Giulia se mordió el labio, hubiera preferido no empezar la entrevista hablando de la isla.
—Esperaba a un director de mayor edad —soltó Giulia.
—¿Te molesta mi edad?
—No —contestó Giulia, sonrojándose a su pesar—. No había querido decirlo en voz alta. Solo me sorprendió.
—Soy mayor de lo que aparento —sonrió, complacido.
Unos pasos de roedor se escucharon en el techo. Luego, un chillido agudo.
—¿Qué es eso? —preguntó Giulia, mirando hacia arriba.
—¿Tienes miedo a los murciélagos? —preguntó Hugo.
Giulia miró al techo y luego cruzó las manos sobre sus rodillas, incómoda. El olor amoniacal del cuarto le estaba provocando náuseas.
—¿Cómo se llama la academia de arte de Apalagos?
—No existen academias. La isla se dedica a la extracción de cobalto —contestó Giulia.
—Dicen que también hay diamantes.
—Sí, eso dicen. Pero nunca he visto que extraigan uno.
—Así que conoces los túneles —afirmó Hugo .
Giulia se sobresaltó. Las minas eran una realidad de la isla, el único sustento económico, pero Giulia no resistía estar en los túneles subterráneos.
Había estado allí seis meses: bajaba quince metros de profundidad, las paredes eran estrechas y parecían poder colapsar en cualquier momento.
No había luz y el oxígeno era escaso. Debajo de las minas, las pequeñas explosiones dejaban un regusto a pólvora que irritaba la nariz y la garganta.
Muchas veces vio a su padre retornar de las minas, pálido y cansado.
Pero nunca imaginó lo que eran las horas de trabajo bajo la tierra, tampoco imaginó que su padre perdería la vida en ellas.
—Todos en Apalagos hemos estado en las minas —Giulia alzó la vista sobre su cabeza—. Sí suenan como murciélagos —dijo.
—Supongo que sí —Hugo alzó una ceja—. Tenemos a una minera que quiere pintar. El autorretrato que enviaste en la solicitud, ¿lo hiciste tú? —Hugo subió el tono de voz con la pregunta.
—Sí, claro que lo hice yo —contestó Giulia.
Hugo pareció pensarlo.
—¿Dónde aprendiste entonces?
—Mi padre fue mi maestro. Me enseñó a dibujar y a pintar.
—¿Tu padre? ¿Es decir que no has asistido a la academia? ¿Y dónde aprendió tu «maestro»?
—No lo sé —contestó Giulia. «Ni podré preguntárselo», pensó. Inconscientemente llevó la mano debajo del ojo y tocó su cicatriz con suavidad.
Hugo siguió el movimiento.
—Me gustaría conocer la técnica de tu maestro. ¿Tienes alguna de sus obras?
—No, su taller se perdió. Él tenía muchas obras, pero hubo un gran incendio y se quemaron todas —Giulia se miró las manos y se acomodó en la silla—. Hubo un derrumbe en los túneles, murieron personas; luego, en medio de las protestas, se incendió el distrito de la ciudad.
—¿Se quemó todo?
—Se perdió todo —repitió Giulia, bajando la mirada.
Hugo golpeó el escritorio con los nudillos. Giulia subió la mirada. Le pareció que al director le había molestado la mención de su padre. Tenía el ceño fruncido y parecía malhumorado.
Giulia se enderezó en la silla, se acomodó el pelo y lo apretó tras la oreja. Hugo siguió el movimiento.
—¿Tu madre?
—Luego de que mi padre muriera, ella se casó nuevamente —contestó Giulia. Se sintió vulnerable con tanta intimidad, no le apetecía contestar preguntas personales.
—¿Vivías con ella? —preguntó Hugo, levantándose de su silla.
Giulia sintió el impulso de levantarse también, pero se quedó quieta en la silla. Apalagos y sus padres; no iba por buen camino la entrevista.
—No, en Apalagos vivía en la casa de mi tía Rebecca, hermana de mi padre —contestó Giulia desviando la mirada—. Allí terminé el colegio.
Rebecca la había mandado al campo minero. Giulia estuvo bajo tierra, en las minas, hasta el día que se embarcó con destino a Italia continental.
—¿Tu tía también pinta? —preguntó Hugo—. Aquí han llegado familias enteras, más entusiastas que hábiles.
—No. Ella no es de las personas que pintan —contestó Giulia.
Los murciélagos del techo emitieron unos gritos agudos, Giulia pensó que se estaban comiendo entre ellos. Hugo tomó el papel con el autorretrato de Giulia. Un destello brilló en sus ojos negros.
—¿Por qué no la dibujaste? —preguntó Hugo, llevando la mano a la mejilla izquierda de Giulia y retirando el maquillaje .
La cicatriz parecía una gota. Era rosada y caía como una lágrima. Los dedos blancos de Hugo rozaron la piel abultada.
Giulia sintió la mejilla caliente, pero no se movió. Tenía otra marca sobre el párpado superior, pero Hugo no la tocó.
—No me gustan las marcas —contestó Giulia—. Mis pinturas no tienen marcas —añadió, con una furia inusitada.
Los labios finos de Hugo se tensaron en las comisuras. Giulia no pudo determinar si se burlaba.
—Dime: ¿por qué viniste a este instituto? —preguntó Hugo, bajando al fin la mano.
—Me interesa el programa de la Galería de Milán.
Muscatello regresó a su asiento.
—¿Conoces la Galería de Milán? —preguntó, relajándose en la silla.
—He estado en la galería —contestó Giulia.
—Es un programa de tiempo completo, para pintores dedicados. No es para tu perfil, Giulia.
Giulia sintió la puñalada de la decepción. Ella era dedicada. No entendía la actitud del director frente a su interés en el programa.
—La exposición en galerías no es para todos —continuó Hugo—. Nosotros tenemos un programa de preparación, pero muy pocos entran. Me gustaría que no te desanimes y que mantengas tus opciones abiertas.
—Entiendo, señor director —se escuchó contestando.
—Hugo, dime Hugo —e hizo un movimiento de despedida.
Giulia bajó los escalones aliviada de haber terminado la entrevista y de salir de la oficina.
No pudo evitar pensar que Hugo Muscatello parecía muy joven para ser un director y que lucía bien en ese traje oscuro a tres piezas.
Se llevó la mano a la cara recordando el contacto con su cicatriz y pronto olvidó el olor desagradable del tercer piso y la inquietud que había percibido en la entrevista.