El secreto del lienzo 3
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Salermo

S alermo tenía la costumbre de revisar su atuendo en el espejo del recibidor del tercer piso antes de entrar a la oficina de Hugo.

Estaba orgulloso de su porte, adecuado para un policía romano.

Se ajustó el cinturón del uniforme de los carabineros que usaba ceñido al cuerpo, y dejó al descubierto una gruesa cadena de plata en la mano derecha.

Entró a la oficina de Hugo Muscatello con desparpajo, se quitó la gorra y la colocó sobre el escritorio.

Observó a Hugo de reojo, quien, desde su posición en la silla de cuero, levantó la vista del papel que tenía entre manos.

Llevaba el pelo oscuro peinado hacia atrás y las patillas irritadas, seguramente por la insistencia en cortarlas al ras.

Vestía un chaleco beige y, pese a que no hacía frío, conservaba puesta la chaqueta en tela de lana azul.

Salermo abrió la bolsa de papel que traía consigo. El papel crujió ruidosamente al abrir su contenido: un par de cruasanes de mantequilla.

—¿Un cruasán? —preguntó Salermo, ofreciendo uno de los panes.

Hugo negó con la cabeza y él aprovechó para engullir el primero. Las migas cayeron en el piso .

—¿De quién es? —preguntó Salermo señalando el papel que Hugo tenía en la mano. Era un carboncillo del rostro de una chica.

—Es la hija de Febres, quien ingresó al instituto —contestó Hugo, dejando el carboncillo sobre el escritorio—. Creo que este dibujo lo hizo el viejo Febres, tiene su estilo.

—Es bonita. —Salermo viró con dificultad su cuello. Tenía las manos con grasa así que no se atrevió a tomar el papel—. ¿Quién es Febres?

—Es el pintor de Apalagos, vendí una de sus obras: El jilguero en el túnel . Te comenté sobre él. ¿No lo recuerdas?

—Sí, creo que sí. —Salermo no recordaba para nada a ese tal Febres.

—Febres murió en un accidente en las minas. Sus obras están muy cotizadas, quizás podamos conseguir alguna de ellas. Cité a la hija a las 10 —contestó Hugo—, debes marcharte antes.

Salermo se apresuró en cerrar la bolsa con el cruasán restante.

—Qué duro que eres con tu amigo. Yo, en cambio, tengo algo para ti —dijo el policía.

Sacó del bolsillo del pantalón una cartera de terciopelo oscuro con sellos bordados en sus esquinas y cosido con hilo de plata.

Lo colocó sobre el escritorio—. Una obra de arte para el director del instituto —dijo con orgullo, e hizo un movimiento con la mano invitando a Hugo a hurgar en su contenido.

Hugo tomó la tela y desenvolvió un arma con lomo de acero y cuerpo color negro azabache. Era inusualmente pequeña. La empuñó con tres dedos.

—Beretta de 9mm, pico corto —dijo Hugo.

—No es cualquier Beretta. Es una edición especial. Mira el sello. Solo hay doscientas de este modelo.

Hugo revisó el sello en el lomo: la calavera de una cabra con dos cuernos largos e iguales. Era un modelo armónico: negro con plateado, con el martillo oculto. Retiró el cargador y le dio vueltas entre las manos .

—No está grabado el calibre —dijo Hugo.

—Sí, hmm... —Salermo movió el hombro—. Es original. Ya lo revisé.

Hugo verificó que la recámara se encontrara vacía y la cerró nuevamente. Repitió el procedimiento con una mano.

—¿Me trajiste un arma de mujer?

—Una preciosidad —respondió Salermo—. Es un arma de la aristocracia. Hay una diferencia.

—¿Y el otro cargador?

—¡Ah! —dijo Salermo—. Aquí está. —Metió la mano en el bolsillo—. Toma el otro cargador —Lo depositó despacio sobre la mesa.

Muscatello guardó la pistola dentro del escritorio. El cargador no lo guardó allí también sino en la arquilla a sus espaldas sobre la que se exhibían sus trofeos de tiro.

Hugo no dijo nada más, pero Salermo conocía lo suficiente a Muscatello como para reconocer que le había gustado sobremanera la adquisición.

Satisfecho, se colocó la gorra y salió de la oficina.

Bajaba distraídamente las escaleras cuando reconoció a la chica del retrato, que en ese momento subía al tercer piso.

La escalera era angosta, así que Salermo se detuvo abriéndose a un lado para dejarla pasar.

La chica vestía unas mallas que dibujaban unas pantorrillas ligeramente más gruesas de lo usual, el suéter de lana que la cubría casi hasta las rodillas.

Repasó sus facciones con avidez: el pelo lacio de un cobre brillante la cubría por debajo de los hombros, una marca bajo su ojo izquierdo; se tropezó en el escalón y se le enrojecieron las mejillas.

Cuando Giulia Febres desapareció de su vista, sintió la enorme necesidad de fumar un cigarrillo y bajó las escaleras, dejando escapar un sonoro suspiro.