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El Instituto
D onna Vitale cerró la tienda de materiales y colocó los papeles con sus dedos regordetes en una carpeta, cuidando de no dañar sus uñas pintadas de fucsia.
Le gustaban las rutinas y durante los diecisiete años que había trabajado para los Muscatello, cada primer día del semestre se reunía con el director, es decir con Hugo, para entregar su informe.
Donna tocó la puerta del tercer piso de la oficina de Hugo, con la carpeta en mano.
—Adelante —dijo Muscatello.
El rostro pálido de Hugo resaltaba detrás del escritorio, la amplitud de la silla de cuero y las solapas del saco oscuro lo hacían parecer más grueso de lo que realmente era.
Donna había conocido al padre de Hugo, y aún le asombraba el parecido físico: las cejas definidas, los labios finos, el pelo negro azabache.
Hugo Muscatello hijo era más corpulento y bastante más atractivo.
Al principio le preocupó que una persona tan joven estuviese a cargo del instituto, pero Hugo fue capaz de desplegar una simpatía de la que su padre había carecido y la clientela se multiplicó a los pocos meses de su llegada .
Donna tomó una bocanada de aire, quizás había subido muy rápido los tres pisos del instituto.
El director la invitó a sentarse y tomó entre sus manos, de uñas cortas y bien cuidadas, la carpeta que ella le proporcionó.
Hugo mantenía la oficina elegante: madera retocada en aceite de muebles, piso reluciente y almohadones mullidos, pero un desagradable olor ácido y cortante invadía el ambiente.
—¡De nuevo! ¡Ese olor es insoportable! —exclamó Donna dirigiéndose a la ventana, que abrió de par en par con grandes aspavientos.
—¿Llegó Giulia Febres? —preguntó Hugo mientras ojeaba el contenido de la carpeta.
—Sí —dijo Donna luego de haber asegurado la ventana—, fue una de las primeras —El aire frío del exterior llenó rápidamente la habitación, pero el olor ácido y pesado no se dispersó del todo—. ¿No le molesta el olor? ¿Sabe usted que los murciélagos pueden manchar el techo con sus excrementos?
—¿Qué tal le pareció? —preguntó Hugo, mirando al techo.
A Donna le preocupaba la cubierta de la oficina, de un acabado de yeso blanco con molduras dobles en las esquinas, pues como en todos los tejados sin losa, el espacio entre las tejas externas del techo del edificio y el yeso interior era lo suficientemente amplio para varios nidos de murciélagos.
—Me pareció que tuvimos un buen inicio. Tenemos cinco alumnos más que el año pasado, además, dos estudiantes vienen de Alemania y uno de Noruega.
—Me refiero a la chica Febres. —Hugo devolvió la carpeta.
—¡Ah! ¿Febres? Bien, me pareció muy bien. No habla mucho. Hugo, el olor ya está bajando por las escaleras, necesitamos deshacernos de esa peste de murciélagos. Quién sabe, quizás también haya ratones.
—Donna, ¿otra vez con los murciélagos? La alcaldía debería encargarse —contestó Hugo .
—Está bien—dijo Donna, recuperando la carpeta—. Veré qué puedo hacer. Pero lo que necesitamos es contratar a un fumigador.
—Si la alcaldía no lo hace, intenta con los bomberos —contestó Hugo.
—¿Los bomberos?
—Ayer me pediste dinero para la contribución de los bomberos y ellos tienen escaleras, ¿no es así? ¿O solo sirven para estar sentados todo el día? —Una línea se marcó en el entrecejo de Hugo.
—Sí, ya pagamos la contribución de cada año. Es la ley para el permiso de funcionamiento. Pero…
Hugo entrecerró sus manos.
—Veré qué puedo hacer —contestó Donna, poco convencida.
—¿Dónde está Vicenzo? —preguntó Hugo—. Necesito hacer un envío urgente.
—Debe de estar abajo —contestó Donna—. Se mete en las aulas para hacer la limpieza y no escucha cuando lo llaman.
Yo ya le he dicho que, como conserje, tiene que estar más atento a lo que usted necesita, y que pase por aquí en las mañanas.
No quiero decir que sea mal empleado, solo que está un poco sordo y a veces pierde tiempo en labores que…
—Entrégale este sobre —la interrumpió Hugo, alzando la mano—. Y la chica Febres. La quiero entrevistar mañana. A las diez.
—¿La estudiante? —Donna no entendía por qué Hugo preguntaba por la chica Febres. Hugo acostumbraba a rodar varios proyectos y negocios y, aunque a veces le resentía, una parte de ella ya se había acostumbrado a que no le informara de sus asuntos.
Hugo no le contestó.
—Bueno, bueno. Está bien. Yo le aviso a Giulia Febres que esté en su oficina mañana a las diez en punto. ¿O a las nueve y cincuenta mejor? ¿Le indico algo más a Vicenzo? ¿Necesita usted algo más?
—Solo dele el sobre. La chica, a las diez. Que no toque antes la puerta .
Donna salió en busca de Vicenzo Gatti, el conserje.
Era el encargado de la limpieza en general, por lo que tenía las llaves del instituto y la mala costumbre de tener todo cerrado, lo que la irritaba tremendamente.
Lo encontró como siempre, con la ropa un poco grande y las llaves a la cadera, cerrando los salones, y le entregó el sobre con los encargos de Muscatello.