El secreto del lienzo 1
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El secreto del lienzo

El secreto del lienzo

Por Alicia Ribas Roca

© inepub.com

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Florencia

G iulia Febres se detuvo y una ráfaga de viento la hizo parpadear mientras leía el letrero de la esquina: la calle del Ciompi.

Avanzó por la callejuela de fachadas de arquitectura medieval con algunas bicicletas apostadas en sus veredas estrechas hasta la siguiente esquina y revisó nuevamente el nombre de la calle.

—Debe de ser por aquí —se dijo a sí misma en voz alta.

El Instituto de Arte Muscatello ocupaba todo un edificio y colindaba con el famosísimo teatro Ornello.

Giulia ingresó por el portón del instituto a través de unas grandes puertas dobles de madera, pintadas en verde con aldabas de leones de bronce, que permanecían abiertas y sobre las que reposaba el número doscientos doce.

Dentro del edificio se topó con una tienda con paredes de vidrio sobre las cuales se leía el letrero:

Tienda de Cristal

Materiales de arte y pigmentos importados

Abierto de lunes a viernes de 9:00 a 13:00

16:00 a 19:30 horas

Se reciben inscripciones del instituto .

Avanzó hacia los estantes de bisutería, portavasos, cerámicas, óleos, pinceles y todo tipo de pigmentos y materiales de arte. La tienda y las inscripciones estaban a cargo de una señora de pelo rojizo, capaz de hablar mil palabras por minuto y vender la mercadería a tres personas al mismo tiempo.

La mujer se encontraba sentada en su escritorio, frente a dos estudiantes de cara somnolienta, vestidos enteramente de negro, sentados en sillas de aluminio.

Giulia esperó a un lado y la señora pronto reparó en ella.

— Buona sera, bella , yo soy Donna Vitale —Alzó la mirada—. ¿Vienes a inscribirte?

—Ya estoy inscrita. Envié mi documentación por correo —contestó Giulia.

—¿Eres de primer año?

—Sí, es mi primer día. Soy Giulia Febres.

—¡Oh! Giulia Febres. El señor Muscatello me pidió que le avise cuando llegues —‍murmuró Donna mientras revisaba una hoja impresa.

Giulia abrió la boca para preguntar por qué el señor Muscatello querría verla, pero la mirada curiosa de los estudiantes de negro que se encontraban a su costado la hizo cerrarla.

—Los tres están en la misma clase —anunció Donna—. Vayan por las escaleras al salón Pitti, en el segundo piso. ¡Vamos! A moverse.

Giulia subió con el resto del grupo por unas escaleras amplias de piedra pulida, que se encontraban tras la oficina.

Las escaleras eran ruidosas y alegres, «¡ Buona sera !

» se escuchaba cada dos escalones, y el eco subía hasta perderse en el corredor del segundo piso, donde el silencio primaba en los talleres y las clases.

Había cerca de catorce salones. El salón Pitti, justo a la derecha de las escaleras, era el más pequeño.

Se apretaron en unas bancas de madera oscura.

Federico Monti, el profesor encargado de Historia del Arte, se ajustó las gafas, se peinó el bigote y subió a un banco que le permitía la vista de todo el grupo.

Luego dio una introducción sobre los métodos de trabajo y una larga lista de libros, tres de los cuales debían ser leídos en el mes: Poética de Aristóteles, Historia del arte , de E.

H. Gombrich, y El complot del arte , de Baudrillard.

—En la biblioteca quizás encontremos esos libros —Su compañera de banca se agachó para amarrar el cordón de uno de sus tenis—. Soy Carina. —Se retiró el pelo ensortijado de la cara—. Si quieres vamos juntas mañana, y puede ser que encontremos libros en otros idiomas.

—Gracias, sí, me gustaría —contestó Giulia—, aunque no sé si podría leer libros en otros idiomas.

—¡Oh! Pensé que eras extranjera. Tienes rasgos exóticos.

Giulia sintió que se le encendía la cara. Había recogido su pelo, de un color cobrizo singular, con una coleta.

—¿Arriba hay más salones? —preguntó Giulia.

—¿El tercer piso? No, allí no se dictan clases. El último piso lo ocupa el dueño del instituto, Hugo Muscatello —contestó Carina.

Su primer día en el instituto pasó como un suspiro.

Al atardecer, camino a su departamento, atravesó con pisadas amortiguadas la Piazza della Signoria.

La sensación continua de prisa, esa que se queda pegada en el cuerpo de todos los que han vivido en ciudades concurridas, desaparece pronto en Florencia.

Las impresionantes esculturas y los edificios históricos gritan a toda voz «¡Mírame, soy digno de admiración!

». Y Giulia, deteniendo su caminata, también cedió ante la grandeza de la ciudad.

El clima era agradable. Había dejado de llover y las baldosas grises lucían brillantes, con pequeños charcos en sus esquinas.

Los visitantes se aglomeraban tomando fotografías entre las colosales esculturas expuestas a simple vista bajo los arcos arquitectónicos .

Le pareció que el cielo, de un azul intenso con las nubes blanquísimas sobre el techo del Palazzo Vecchio, era igual al de la primera vez que cruzó por la piazza , hacía un mes.

Cuando se le presentó la oportunidad de ingresar al Instituto de Arte Muscatello vendió sus pocas pertenencias y se trasladó a Florencia.

Durmió varias noches en un hostal económico, hasta que encontró un apartamento: un ático en el sexto piso de un edificio en la vía del Moro; bueno, un intento de ático, más bien era una estructura de madera y vidrio sobre la terraza.

Fue difícil convencer al arrendatario, quien había estado reacio a alquilarle el apartamento.

No quería entregarle el espacio a una estudiante, le había dicho.

Ella logró convencerlo explicándole que era la más apropiada para subir los seis pisos, que no tenía problemas con las goteras, ni con atravesar la terraza para ir al cuarto de aseo común que se encontraba en el piso inferior.

«Ha sido una suerte encontrar el espacio», pensaba Giulia, recordando el gran ventanal de su habitación orientado hacia la impresionante vista del Ponte Vecchio.

Tenía un colchón bajo el tejado inclinado, un sofá azul y un mesón de piedra que separaba el área de la cocina.

Poco después supuso que el motivo por el que el ático no había sido arrendado era el frío del invierno, que se colaba por el ventanal como larvas de hielo.

Cuando llegó la noche y regresó al ático, Giulia estaba tan entusiasmada que pensó que no iba a poder dormir.

Se soltó la coleta y se tumbó sobre el colchón; las emociones del día la habían dejado exhausta, y cuando cerró los ojos solo un pensamiento la inquietó: ¿por qué querría el dueño del instituto que le avisaran cuando ella llegase?

Giulia no encontró un motivo y se tranquilizó pensando que quizás era así con todos los estudiantes.

Abrazó la almohada y durmió hasta el día siguiente.