El secreto del Hotel Miramar Capítulo 22 — El hombre que nunca murió #3
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Capítulo 22 — El hombre que nunca murió #3

—Y quizá descubramos quién era la mujer enterrada bajo el nombre de Clara.

Lucía guardó la fotografía de los tres hombres en un sobre rígido.

Ya no quería que aquella imagen continuara escondida en una caja, esperando a que alguien volviera a encontrarla por casualidad.

Era la única prueba que conectaba directamente a Tomás, Ernesto y Valera en el puesto de enlace, y estaba convencida de que detrás de ella existía una verdad más antigua que cualquiera de sus sospechas.

Poco después, los tres salieron hacia Santa Marina.

El viaje fue breve, pero a Lucía le pareció interminable. Cuando llegaron a la dirección, encontraron una casa de fachada gris, con un taller abandonado en la parte delantera. La puerta principal tenía un candado nuevo. En el suelo, junto al umbral, había marcas recientes de barro.

Rivas hizo una seña al agente que lo acompañaba.

Tras comprobar la orden, abrieron la entrada y registraron las habitaciones.

El taller estaba vacío, salvo por herramientas oxidadas, cajas de repuestos y una mesa cubierta de polvo.

Sin embargo, en una habitación posterior encontraron una estantería con carpetas ordenadas por año.

Varias llevaban etiquetas con fechas comprendidas entre 1986 y 1996.

Lucía reconoció de inmediato el formato de los registros: columnas estrechas, códigos de carga y anotaciones marginales similares a las que había encontrado entre las pertenencias de su padre.

Mateo se acercó a una caja marcada con el número 17. Dentro había papeles de transporte, recibos de pagos y copias de documentos del puerto. En el fondo encontraron un sobre cerrado con una etiqueta que decía: Archivo reservado. Puesto de Enlace. Copia 2.

Rivas se puso guantes antes de abrirlo.

Dentro había varias hojas mecanografiadas, una fotografía de Isabel tomada junto al muelle y una lista de nombres acompañados por números de cuenta. En la última página, una firma aparecía al pie de una instrucción:

La persona identificada como Clara Benítez debe figurar como fallecida hasta nueva orden. Los registros de su salida no deben incorporarse al archivo general. El expediente queda cerrado.

Debajo estaba el nombre completo de quien había firmado la orden.

Héctor Valera.

Lucía sintió que el mundo se detenía a su alrededor. La segunda copia existía. Había permanecido oculta durante doce años, guardada por el mismo hombre que había organizado la desaparición documental de Clara y cuya muerte nunca había sido demostrada.

Rivas examinó las páginas sin apartar la vista de la firma.

—Esto es lo que necesitábamos —dijo—. Tenemos un documento que vincula a Valera con la falsificación del registro de Clara. Ahora podemos investigar formalmente quién era la mujer enterrada bajo ese nombre, dónde estuvo Clara después del 22 de octubre y qué ocurrió con Isabel.

Lucía tomó la fotografía de su madre. En el reverso había una anotación escrita por Adela, que ninguno había advertido antes:

Isabel salió viva del puesto. Clara no fue la única que desapareció.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Rivas volvió a examinar el documento, pero no encontró ninguna explicación adicional.

La firma de Valera demostraba que Clara había sido declarada muerta mediante una orden administrativa; no demostraba qué había sucedido con Isabel después de abandonar el puesto de enlace.

La segunda copia contenía información sobre pagos, cargas y nombres, pero no una confesión que explicara toda la desaparición.

Antes de que pudieran revisar el resto del archivo, un ruido resonó en la parte delantera de la casa. El agente salió al pasillo y regresó de inmediato.

—Comisario, hay alguien afuera.

Rivas guardó los documentos en la carpeta de pruebas y se acercó a la puerta sin abrirla. A través de una rendija, Lucía vio un automóvil oscuro estacionado frente al taller. Junto a él había un hombre de abrigo largo, con una mano apoyada sobre el techo del vehículo.

Cuando el hombre levantó el brazo para ajustarse el cuello, Lucía distinguió el anillo negro.

No podía verle bien el rostro, pero reconoció la silueta de la fotografía.

El hombre permaneció unos segundos frente a la casa. Después miró directamente hacia la puerta, como si supiera que lo estaban observando.

Y sonrió.

Rivas ordenó al agente que saliera por la entrada lateral. El hombre reaccionó de inmediato, se metió en el automóvil y arrancó antes de que pudieran bloquearle el paso. El vehículo desapareció al doblar la esquina.

Lucía se quedó mirando el lugar donde había estado estacionado.

Héctor Valera sabía que habían encontrado la segunda copia. También sabía que, por primera vez, existían pruebas suficientes para vincularlo con la falsa muerte de Clara y con los registros que habían desaparecido del puesto de enlace.

Pero su presencia frente a la casa revelaba algo todavía más inquietante.

No había regresado a Santa Marina para recuperar documentos que creyera perdidos.

Había ido a comprobar quién los había encontrado.

Y estaba dispuesto a hacer lo necesario para que nadie volviera a leerlos.