Capítulo 23 — La mujer bajo otro nombre
La mujer bajo otro nombre
El automóvil de Héctor Valera había desaparecido antes de que el agente llegara a la esquina.
Durante unos minutos, Rivas permaneció frente al taller de Santa Marina, observando la calle vacía, mientras Lucía intentaba asimilar la imagen que acababa de ver.
Doce años atrás, aquel hombre había conseguido borrar su propio rastro, convertir a Clara Benítez en una mujer muerta y dejar a Isabel Valdés fuera de todos los registros que podían explicar su desaparición.
Ahora sabía que habían encontrado la segunda copia y que ya no podían ser engañados con la misma facilidad.
—No va a abandonar la zona sin intentar recuperar los documentos —dijo Rivas—. Si ha mantenido este lugar durante tantos años, debe de guardar algo más aquí o en otro sitio cercano.
El comisario ordenó a su agente que comunicara la descripción del vehículo y revisara las rutas de salida de Santa Marina.
Después regresó al taller y examinó con más atención las carpetas encontradas.
Lucía se había quedado junto a la mesa, sosteniendo la fotografía de su madre.
No conseguía apartar la mirada del rostro de Isabel, captado junto al muelle en una época en la que todavía creía que podría demostrar lo que había descubierto y regresar a casa.
—Hay algo que no encaja —dijo ella.
Mateo se acercó.
—¿Qué cosa?
—Si Valera quería que Clara desapareciera, ¿por qué utilizó el cuerpo de una mujer sin identificar? Podría haber bastado con hacer circular la noticia de que había abandonado el pueblo. En cambio, organizó una muerte oficial, con un registro, un entierro y una firma que podían ser investigados.
Rivas dejó una carpeta sobre la mesa.
—Porque una persona desaparecida puede reaparecer. Una persona declarada muerta deja de ser buscada de la misma manera. Si alguien preguntaba por Clara, bastaba con mostrar el asiento de defunción y afirmar que todo estaba resuelto.
—Pero el cuerpo no era de ella —dijo Mateo.
—Eso creemos. Y si no era Clara, necesitamos saber quién era.
Lucía volvió a examinar la hoja donde figuraba la orden de declarar fallecida a Clara Benítez.
La frase parecía definitiva, pero la ausencia de un certificado médico original y la falta de una identificación documentada demostraban que alguien había manipulado el procedimiento.
Habían encontrado una parte de la verdad, aunque todavía no sabían qué había sucedido con la mujer enterrada bajo aquel nombre.
Rivas pidió que trasladaran los documentos a la comisaría para inventariarlos.
Antes de cerrar la carpeta, Lucía descubrió que el sobre original en el que había aparecido la segunda copia tenía un doblez inusual en uno de los extremos.
El papel estaba pegado por dentro, como si alguien hubiera introducido una hoja delgada entre dos capas y luego hubiera sellado el borde.
—Espere —dijo.
Con ayuda de un instrumento de la caja de pruebas, Rivas separó cuidadosamente el papel. En el interior apareció una tira estrecha, doblada varias veces y protegida por una película de cera que se había vuelto quebradiza con los años.
La abrió sobre la mesa.
Contenía tres líneas manuscritas.
22 de octubre de 1986. Cuerpo femenino trasladado desde el acceso costero.
Identidad real: I. V.
Registro público: C. B. Orden de H. V. Reconocimiento de T. S. Trámite de E. V.
Durante unos segundos, Lucía no pudo respirar con normalidad. Las iniciales de su madre estaban allí. Isabel Valdés. Su identidad había sido ocultada detrás del nombre de Clara Benítez.
Mateo leyó la tira por encima de su hombro y retrocedió un paso.
—No —murmuró—. No puede ser.
Rivas tomó la nota y volvió a leerla. Su expresión se endureció.
—Esto podría ser la clave de toda la investigación, pero no voy a darlo por confirmado sin más pruebas. Si la anotación es auténtica, significa que el cuerpo identificado como Clara pudo haber sido el de Isabel.
Lucía sintió que el despacho comenzaba a alejarse de ella.
Desde su regreso al Miramar había intentado reconstruir los últimos días de su madre, convencida de que cada pista podía conducirla a una persona que supiera dónde estaba.
Había imaginado una huida, un escondite, quizá una vida bajo otro nombre.
Nunca había querido contemplar la posibilidad de que Isabel estuviera enterrada en el mismo cementerio donde habían despedido a desconocidos durante años, sin que nadie supiera quién era.
—Tenemos que encontrar a Clara —dijo.
Rivas asintió.
—Es la única persona que puede ayudarnos a reconstruir lo ocurrido después de que Isabel abandonara el puesto de enlace. Si está viva, su testimonio podría confirmar la identidad del cuerpo y explicar por qué se falsificó el registro.
Mateo miró la nota una vez más.
—Y tenemos que hablar con mi padre.
—Primero vamos a localizar a Clara —respondió Rivas—. Después interrogaremos a Tomás y a Ernesto con las pruebas delante. No quiero darles tiempo para coordinar una explicación.
Salieron de Santa Marina con los documentos bajo custodia.
Rivas volvió a la comisaría para organizar la investigación, mientras Lucía y Mateo regresaron al hotel.
Durante el trayecto, ella permaneció en silencio.
Tenía la sensación de haber encontrado una respuesta que llevaba demasiado tiempo esperando, pero era una respuesta que no había deseado recibir.
Al llegar al Miramar, Lucía se dirigió al despacho de Adela y sacó el cuaderno azul de Mercedes, las notas de su abuela y la tarjeta con la dirección de Inés Soria.
Revisó las anotaciones hasta encontrar la referencia al mensaje de 1996: Clara debía recibir confirmación de A. V. antes de utilizar el número nuevo.
Adela Valdés. Las iniciales coincidían.
Su abuela había conservado un canal de comunicación con Clara y había dejado las indicaciones para que Lucía pudiera recuperarlo.
No era una dirección directa ni una llamada convencional, sino un procedimiento pensado para que ambas pudieran reconocerse sin exponer el contacto a cualquiera que revisara los registros.
Lucía llamó a Inés desde la comisaría, utilizando el número que Rivas había autorizado.
Le explicó que habían encontrado el documento oculto y que necesitaban hablar con Clara con urgencia.
No le reveló todos los detalles, pero fue suficiente para que la anciana comprendiera la gravedad de la situación.
—Voy a intentarlo —dijo Inés—. Hay una persona que todavía puede hacerle llegar un mensaje. No sé si aceptará reunirse con ustedes, pero le diré que la segunda copia ha aparecido y que Valera está buscando recuperarla.
—Dígale también que encontramos el nombre de mi madre —añadió Lucía—. Si sigue viva, tiene que saber que ya no estamos buscando a ciegas.
Inés guardó silencio.
—Te llamará cuando pueda hacerlo sin ponerse en peligro. No vuelvas a marcar ese número ni intentes localizarla por otros medios.
La comunicación terminó. Lucía dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando el cuaderno abierto.
Sabía que la respuesta podía tardar horas o días.
Sin embargo, por primera vez desde que había regresado a Puerto de la Niebla, existía una posibilidad real de escuchar a alguien que hubiera estado con Isabel durante sus últimas horas.
Mateo permanecía junto a la ventana.
—Si esa anotación es cierta, mi padre ayudó a identificar a tu madre con otro nombre.
Lucía levantó la vista.
—Sí.
—No voy a pedirte que lo perdones, ni a decirte que quizá tenía una buena razón. Necesito saber qué hizo y por qué. Después veremos qué significa para nosotros.
Lucía advirtió que había elegido las palabras con cuidado. Mateo no intentaba justificarse ni proteger a su familia. También él estaba empezando a reconocer la distancia entre el padre que había conocido y el hombre que aparecía en aquellos documentos.
—No sé si voy a poder volver a mirarlo de la misma manera —dijo ella.
—Yo tampoco.
No hubo nada más que añadir. Cada uno cargaba con una historia que había dejado de ser privada y ahora formaba parte de una investigación que podía cambiar para siempre su relación con el pasado.
La llamada llegó al anochecer.
El teléfono del vestíbulo sonó una vez. Lucía contestó y escuchó una respiración breve antes de que una voz femenina pronunciara su nombre.
—Soy Clara.
Lucía cerró los ojos.
—¿Está segura de que podemos hablar?
—No por mucho tiempo. Inés me dijo que encontraron la segunda copia. También me dijo que encontraron el nombre de Isabel.
La voz se quebró al pronunciarlo.
—Encontramos una nota que afirma que el cuerpo registrado como usted era el de mi madre.
Durante un instante, Clara no respondió. Después soltó una exhalación temblorosa.
—Entonces lo descubrieron. Tardé doce años en creer que alguien conseguiría encontrar ese documento.
—¿Es verdad? ¿Mi madre está muerta?
Clara guardó silencio. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba cansada, como si hubiera llevado aquella respuesta consigo durante demasiado tiempo.
—Sí, Lucía. Tu madre murió después de salir del puesto de enlace. Yo estaba con ella.
Lucía se apoyó contra el mostrador. La afirmación era tan definitiva que le costó comprenderla. Hasta ese momento, la muerte de Isabel había sido una posibilidad escondida entre documentos incompletos. Ahora la confirmaba una mujer que había compartido con ella sus últimas horas.
—Necesito saber qué pasó —dijo Lucía—. Necesito saberlo todo.
—Te lo contaré. Pero no por teléfono. Valera sabe que han encontrado los documentos y puede estar vigilando las comunicaciones. Si todavía no te ha localizado, es porque cree que puede recuperar lo que encontrasteis.
—¿Dónde podemos verla?
Clara le dio una dirección de Santa Marina, distinta de la del taller.
Era una casa pequeña situada cerca de la estación, donde había vivido con otro nombre durante los últimos años.
Acordaron encontrarse al día siguiente, con la condición de que Lucía no fuera sola y de que Rivas conociera el lugar.
Antes de cortar, Clara añadió algo más.