El secreto del Hotel Miramar Capítulo 22 — El hombre que nunca murió #2
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Capítulo 22 — El hombre que nunca murió #2

—Porque ya no parece una fotografía tomada por casualidad.

Es posible que alguien haya reunido a los tres para documentar una decisión.

Si la fotografía se hizo en el puesto de enlace y el número coincide con el registro telefónico, podría existir un documento relacionado con una orden que nunca se incorporó al archivo oficial.

Lucía recordó las palabras de Adela sobre la segunda copia.

Si existía un documento que demostraba quién había dado las órdenes, Valera podía tener un motivo para seguir buscando los registros.

La copia no solo permitiría demostrar irregularidades en el puerto: también podía identificar a las personas que habían participado en la desaparición de su madre.

Rivas se llevó las copias para examinarlas. Antes de marcharse, pidió a Mateo que no contactara a su padre y a Lucía que no volviera a llamar a Inés hasta que hubieran evaluado el riesgo. Después bajó al vestíbulo y se reunió con el agente que lo esperaba en la entrada.

Lucía y Mateo se quedaron solos.

—Voy a hablar con mi padre —dijo él.

—Rivas acaba de pedirte que no lo hagas.

—No voy a darle detalles de la investigación. Solo quiero preguntarle si conoce a Héctor Valera.

—Si sabe que estamos investigando ese nombre, puede advertirle.

Mateo se apoyó en el escritorio. Por primera vez desde que había comenzado la investigación, parecía no saber qué decisión tomar.

—No puedo seguir fingiendo que lo que encontramos no tiene nada que ver con él. Si mi padre ayudó a ocultar lo ocurrido, necesito saber por qué. Y si fue Valera quien organizó todo, quiero saber qué lugar ocupaba Tomás en esa historia.

Lucía entendió su necesidad. Durante años, Mateo había vivido con una versión incompleta de los hechos: las sospechas sobre la ropa manchada de su padre, el silencio después de la desaparición de Isabel y una conversación que había marcado la ruptura con Lucía en 1995.

Ahora esos recuerdos empezaban a adquirir un sentido distinto.

—Primero esperemos a que Rivas compruebe la dirección —dijo—. Si Valera sigue vivo, es posible que podamos encontrarlo sin poner sobre aviso a tu padre.

Mateo asintió, aunque su expresión revelaba que la espera sería difícil.

Aquella noche, Lucía volvió a revisar la caja de documentos de Adela.

No buscaba otra dirección, sino una explicación de por qué su abuela había seguido investigando durante tantos años.

En el fondo de la última carpeta encontró un sobre que llevaba su propio nombre.

La letra era de Adela, pero la fecha correspondía a 1996, dos años antes de su muerte.

Dentro había una sola hoja.

Lucía: si algún día encuentras el nombre de Héctor Valera, no lo busques primero en el puerto. Buscalo en los libros de los muertos. No me refiero a los registros oficiales, sino a los nombres que las personas abandonan para poder seguir viviendo.

Lucía volvió a leer la última frase.

Los nombres que las personas abandonan para poder seguir viviendo.

Debajo, Adela había escrito dos palabras: Héctor Vidal.

El nombre coincidía con la sociedad comercial que Rivas acababa de encontrar. Pero había algo más: en el margen, su abuela había dibujado una flecha que conducía a una anotación breve.

La segunda copia está con quien firmó el cierre.

Lucía llamó a Mateo para que bajara al despacho. Cuando él leyó la carta, su expresión se ensombreció.

—Si Valera firmó el cierre del archivo, es posible que la copia esté en su poder.

—O que se la haya entregado a alguien de confianza.

Mateo señaló la primera parte de la nota.

—Adela dice que no lo busquemos en los registros oficiales. Quizá sabía que había utilizado otra identidad.

—Eso explicaría por qué desapareció de la documentación del puerto y reapareció mediante una sociedad comercial.

Lucía guardó el sobre junto con el cuaderno gris.

Había encontrado una relación directa entre el nombre de Valera y la identidad de Héctor Vidal, pero no sabía si aquello bastaría para demostrar que se trataba del mismo hombre.

Necesitaban algo que los vinculara con el puesto de enlace, con los pagos y con la falsificación de la muerte de Clara.

Al día siguiente, Rivas los llamó antes de las nueve.

La propiedad de Santa Marina seguía registrada a nombre de la sociedad vinculada a Héctor Vidal.

El agente que había acudido al lugar había encontrado el edificio cerrado, pero un vecino aseguró que, hacía pocos días, un hombre había entrado y salido por la puerta trasera.

No pudo identificarlo con precisión, aunque recordaba que llevaba un anillo grande con una piedra negra.

Lucía cerró los ojos un instante. El anillo volvía a aparecer.

Rivas les pidió que lo esperaran en la comisaría antes de viajar. Había conseguido una orden para inspeccionar la propiedad y quería que la acompañaran como testigos de los documentos, no como investigadores por cuenta propia.

Mateo miró a Lucía cuando terminó la llamada.

—Si es él, vamos a saber por qué intentó detenernos.