El secreto del Hotel Miramar Capítulo 22 — El hombre que nunca murió
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Capítulo 22 — El hombre que nunca murió

El hombre que nunca murió

Lucía no se apartó del teléfono hasta que estuvo segura de que la comunicación había terminado.

La voz del desconocido seguía resonando en su memoria.

No había gritado ni pronunciado una amenaza explícita, pero conocía el contenido de las notas de Adela y sabía que Héctor Valera era el nombre que estaban intentando investigar.

Aquello significaba que alguien había seguido sus pasos, o que la información sobre la segunda copia llegaba a una persona con acceso a los documentos que ellos creían ocultos.

Mateo cerró el cuaderno gris y lo guardó en el cajón del escritorio.

—Tenemos que llamar a Rivas.

Lucía asintió, todavía con la mirada fija en la fotografía de los tres hombres.

Tomás, Ernesto y Héctor Valera aparecían juntos frente al puesto de enlace, en una fecha que Adela no había escrito.

La imagen no parecía una fotografía improvisada.

Los tres miraban hacia un punto fuera del encuadre, como si alguien les hubiera pedido que se colocaran allí. Ninguno sonreía.

—Antes de llamarlo, quiero que mires algo —dijo Lucía.

Acercó la fotografía a la lámpara del escritorio.

En el fondo, detrás de los hombres, se distinguía una parte del edificio y un cartel metálico junto a una puerta lateral.

La mayor parte de la inscripción estaba cubierta por la sombra del alero, pero todavía se podían leer dos palabras: Archivo reservado.

Mateo examinó la imagen con atención.

—Esa puerta daba al sector posterior del puesto de enlace. Federico nos dijo que había compartimentos que ya estaban vacíos cuando él llegó a trabajar allí.

—¿Y si no eran simples compartimentos? ¿Y si alguien los utilizaba para guardar registros que no debían aparecer en los archivos oficiales?

—Es posible. Pero la fotografía no demuestra qué había detrás de esa puerta.

Lucía señaló el borde inferior de la imagen. En una esquina aparecía un número escrito con lápiz: 314. Era idéntico al que habían encontrado en los registros telefónicos.

Mateo se quedó mirándolo.

—Entonces el número no se refiere únicamente al registro de defunciones.

—O alguien lo utilizó para conectar los dos registros. La llamada, el puesto de enlace y la muerte registrada de Clara podrían formar parte de una misma operación.

Lucía levantó el auricular y llamó a Rivas. El comisario respondió después del segundo intento. Ella le explicó lo ocurrido y le pidió que revisara la fotografía junto con los documentos encontrados en el hotel.

—No salgan de allí —ordenó él—. Voy a acercarme con los registros que conseguí esta tarde.

—¿Encontró algo sobre Héctor Valera?

—Sí. Y creo que es más importante de lo que imaginábamos.

La comunicación terminó antes de que Lucía pudiera hacer otra pregunta.

Durante los siguientes veinte minutos, ella y Mateo permanecieron en el despacho.

Ninguno volvió a mencionar las iniciales T.

S. ni la posibilidad de que Tomás hubiera participado directamente en la falsificación de la identidad de Clara.

Ahora tenían que considerar una hipótesis diferente: quizá Tomás y Ernesto habían ayudado a ocultar información, pero el responsable de organizar la operación había sido otra persona.

Si Héctor Valera había conseguido desaparecer sin dejar una muerte oficialmente registrada, podía haber seguido actuando durante todos aquellos años bajo una identidad distinta.

Rivas llegó al Miramar poco después, acompañado por un agente que permaneció en la entrada mientras él subía al despacho. Llevaba una carpeta gruesa y una copia de la fotografía que Lucía le había enviado por teléfono a través de una fotocopiadora cercana.

El comisario dejó los documentos sobre la mesa y se quitó el abrigo.

—Héctor Valera trabajaba para una empresa que administraba parte de las operaciones de carga del puerto —explicó—.

No era un empleado cualquiera. Tenía autorización para revisar registros, coordinar determinados movimientos y certificar que algunas cargas hubieran pasado por los controles correspondientes.

Su nombre aparece en varios documentos que Ernesto conservó, aunque en ninguno figura como responsable principal.

Lucía abrió la carpeta.

—¿Qué le ocurrió?

—Desapareció a finales de octubre de 1986.

Según una nota interna de la empresa, se había producido un accidente durante una operación nocturna cerca del muelle.

Una embarcación salió sin autorización y nunca regresó.

Valera figuraba entre las personas que podrían haber estado a bordo, pero no se recuperó ningún cuerpo.

La empresa lo declaró fallecido meses después para cerrar su expediente laboral.

Mateo frunció el ceño.

—¿Y el registro civil?

—No existe un acta de defunción a su nombre. Solo una anotación administrativa de la empresa. En otras palabras, hicieron que todos creyeran que había muerto, pero nunca demostraron que fuera así.

Lucía recordó la frase de Adela: El tercero hizo que todos creyeran que había muerto.

Por primera vez, aquella anotación adquiría un significado concreto. Tomás y Ernesto habían ayudado a ocultar la verdad; Valera había desaparecido de los registros laborales y de las operaciones del puerto, dejando tras de sí una muerte que nadie podía verificar.

—¿Por qué utilizaron la muerte de Clara? —preguntó.

Rivas extendió sobre la mesa la copia del registro de defunciones.

—Eso es lo que todavía no sabemos. El asiento de Clara se incorporó dos días después de la fecha en que supuestamente murió.

El cuerpo fue enterrado sin identificar y la firma que atribuye el reconocimiento a Tomás presenta irregularidades.

Lo que sí sabemos es que Valera desapareció durante esos mismos días y que alguien utilizó una identidad falsa para cerrar otro expediente.

—¿Podrían haberlo hecho para protegerlo? —preguntó Mateo.

—Es una de las hipótesis. Si Valera seguía vivo, podía desaparecer sin necesidad de explicar por qué había abandonado su puesto. Si, además, consiguieron que Clara figurara como muerta, habría sido mucho más difícil encontrarla o comprobar que había salido del pueblo después de reunirse con Isabel.

Lucía pensó en Federico Méndez, que había visto a su madre salir del puesto de enlace con una mujer el 21 de octubre de 1986.

Si aquella mujer era Clara y después alguien registró su muerte, la falsificación había servido para borrar a una testigo que podía vincular a Valera con las operaciones del puerto.

—Mi madre sabía que él estaba detrás de todo —dijo.

—Sabía que había alguien con suficiente autoridad para ordenar modificaciones en los registros —respondió Rivas—. Pero no tenemos pruebas de que conociera toda la estructura. Tampoco sabemos si Valera actuó solo o si recibió ayuda de personas que nunca llegaron a aparecer en los documentos.

El comisario sacó una hoja amarillenta de la carpeta.

Era un registro de pagos de la empresa de transporte, fechado en 1996.

En una columna aparecía el nombre de un contratista que había recibido varias transferencias por servicios de mantenimiento.

La firma del responsable era ilegible, pero el número de cuenta coincidía con una referencia escrita por Adela en una de sus anotaciones.

—Este registro apareció en un archivo comercial que la empresa intentó dar por cerrado hace años —dijo Rivas—. Los pagos continuaron después de la supuesta muerte de Valera. No figuran a su nombre, sino a nombre de una sociedad pequeña de Santa Marina.

Lucía recordó las llamadas a aquella localidad y la antigua comunicación registrada en la central telefónica.

Santa Marina estaba lo bastante cerca como para mantener contacto con Puerto de la Niebla, pero lo bastante lejos para que una persona pudiera rehacer su vida sin llamar demasiado la atención.

—¿Quién figura como titular de la sociedad?

—Un tal Héctor Vidal. El nombre aparece por primera vez en 1987 y desaparece de los registros comerciales en 1997. No puedo asegurar que sea Valera, pero la cuenta recibió pagos de la empresa en las mismas fechas en las que Valera habría estado desaparecido.

Mateo se inclinó sobre la hoja.

—Héctor Vidal. Las mismas iniciales.

—Exactamente. Puede tratarse de una coincidencia, pero la cuenta también está vinculada a un domicilio que figura en una antigua guía comercial de Santa Marina.

Rivas escribió una dirección en una hoja aparte y se la mostró. Era un inmueble situado cerca de la estación, en una calle de casas bajas y pequeños talleres. Según el registro, había funcionado allí un negocio de reparación de aparatos eléctricos hasta mediados de los años noventa.

Lucía sintió que la investigación empezaba a tener un destino concreto.

—¿Cree que todavía vive allí?

—No lo sé. El negocio cerró, pero la propiedad sigue registrada a nombre de la sociedad. Mañana voy a pedir una comprobación formal. No quiero que vayamos directamente a una casa sin saber quién puede estar esperándonos.

Lucía aceptó la recomendación, aunque la espera le resultaba insoportable.

Durante doce años había vivido con la explicación de que Isabel se había marchado voluntariamente.

Ahora sabía que su madre había intentado escapar, que había buscado ayuda y que alguien había hecho desaparecer las pruebas de sus últimos movimientos.

Cada nuevo documento la acercaba a una respuesta, pero también demostraba que la verdad había sido protegida por demasiadas personas.

Antes de irse, Rivas volvió a examinar la fotografía de los tres hombres.

—Necesito saber cuándo fue tomada. ¿Hay alguna fecha en el reverso?

Lucía le entregó la imagen. El comisario la giró y examinó los bordes, hasta descubrir una anotación casi borrada que no habían advertido antes. Bajo la fecha, escrita con letra diminuta, aparecía una frase:

Antes de cerrar el archivo, todos deben firmar.

Rivas guardó silencio.

—Eso cambia bastante las cosas —dijo.

—¿Por qué? —preguntó Mateo.