Capítulo 21 — El nombre de una muerta #2
Mateo se inclinó sobre el documento. En la parte inferior de la página de defunciones, junto al número del asiento, había una pequeña marca de tinta que no parecía pertenecer a la escritura del funcionario.
—¿Qué es esto?
Rivas examinó la señal.
—No lo advertí antes.
Era una figura pequeña, trazada con dos líneas curvas que formaban algo parecido a una flecha. Debajo aparecían las letras P. E.
Lucía sintió un escalofrío.
Puesto de Enlace.
El mismo lugar donde Federico Méndez había visto a Isabel el 21 de octubre. El mismo edificio donde habían encontrado el registro de la segunda copia, las dependencias vacías y las marcas de que alguien había retirado documentos poco antes de su llegada.
—La muerte de Clara está vinculada con el puesto de enlace —dijo.
—O alguien quiso vincularla —corrigió Rivas—. No debemos olvidar esa posibilidad.
El comisario llamó a un agente y le pidió que comprobara si existían otras defunciones registradas con una marca similar. Después guardó los documentos en una carpeta cerrada y les indicó que no hablaran de la inscripción fuera de la investigación.
Lucía y Mateo salieron de la comisaría cuando la tarde comenzaba a oscurecer. El viento había cambiado y traía desde el mar un olor intenso a algas. Durante el trayecto de regreso al Miramar, ninguno intentó llenar el silencio.
Al llegar al hotel, Lucía se dirigió directamente al despacho de Adela.
Si su abuela había seguido investigando hasta 1996, era posible que hubiera descubierto que Clara figuraba como fallecida.
También podía haber encontrado el nombre de la persona que había solicitado aquella inscripción.
Lucía buscó en las cajas que todavía no habían terminado de revisar, apartando sobres y facturas hasta encontrar un pequeño cuaderno de tapas grises.
No lo había visto antes.
En las primeras páginas había anotaciones contables sin importancia. Más adelante, sin embargo, encontró una lista de fechas y nombres escrita por Adela. En una entrada de octubre de 1986 aparecía una frase que le hizo detenerse.
Clara sigue viva. La muerte registrada no es la suya.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Debajo, Adela había escrito una fecha posterior, ya en 1996, y una dirección que no coincidía con la que habían encontrado en la tarjeta de la caja.
Mateo se acercó y leyó por encima de su hombro.
—Tu abuela lo sabía.
—No solo lo sabía. Alguien se lo confirmó.
Lucía pasó la página. Había una última anotación, más breve, escrita con una presión tan intensa que la punta del lápiz había marcado el papel.
El verdadero muerto es el hombre que firmó la identificación.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿A quién se refiere?
Lucía volvió a mirar el registro de defunciones que habían fotografiado en la comisaría.
La firma que aparecía junto al reconocimiento pertenecía a Tomás Salvatierra, pero las iniciales E.
V. figuraban en el margen, al lado de la referencia administrativa.
¿Cuál de los dos había identificado el cuerpo?
¿Y quién era el hombre que Adela consideraba muerto?
Dio vuelta la página, buscando una explicación. No encontró otra frase. Solo un nombre escrito en el borde inferior, separado del resto de las anotaciones por una línea.
Héctor Valera.
Lucía no lo reconoció de inmediato. Después recordó las listas de pagos, las firmas que nadie había conseguido identificar y aquella referencia a una persona que controlaba los movimientos del puerto sin aparecer en los registros oficiales.
Mateo le quitó suavemente el cuaderno de las manos y volvió a mirar el nombre.
—No recuerdo haberlo visto en ningún documento.
—Yo tampoco.
Lucía regresó a las anotaciones del puerto.
En una de las listas, junto a varios pagos sin justificar, había una firma que hasta entonces habían considerado ilegible.
Ahora, al comparar las letras, pudo distinguir una coincidencia inquietante: la inicial del nombre y el trazo final eran prácticamente iguales.
Héctor Valera no figuraba entre los testigos entrevistados, no aparecía en los documentos que Ernesto había entregado y tampoco estaba mencionado en las declaraciones de Tomás. Sin embargo, su nombre aparecía en las notas privadas de Adela, vinculado a los pagos y a la falsa muerte de Clara.
Mateo tomó el teléfono para llamar a Rivas, pero Lucía le pidió que esperara. Antes de dar el siguiente paso, necesitaba estar segura de que no estaban confundiendo dos personas distintas.
Revisó las últimas hojas del cuaderno. En la contraportada había un sobre pegado con cinta, tan delgado que parecía una parte del cartón. Lo desprendió con cuidado y encontró una fotografía pequeña, doblada por la mitad.
En ella aparecían tres hombres junto a la entrada del antiguo puesto de enlace. Uno era Tomás Salvatierra. El segundo se parecía a Ernesto Valdés. El tercero tenía el rostro parcialmente oculto por la sombra del alero.
En el reverso, Adela había escrito tres nombres.
Tomás Salvatierra.
Ernesto Valdés.
Héctor Valera.
Debajo había una última frase:
Dos ayudaron a ocultar la verdad. El tercero hizo que todos creyeran que había muerto.
Lucía levantó lentamente la mirada hacia Mateo.
La fotografía no demostraba quién había dado las órdenes, ni explicaba qué había ocurrido con Isabel después del 21 de octubre de 1986.
Pero revelaba algo que hasta entonces no habían considerado: el hombre que había organizado aquella operación podía llevar doce años viviendo bajo una identidad que nadie había intentado investigar.
Y si Héctor Valera era el hombre oficialmente muerto, entonces quizá fuera también la única persona que conocía el paradero de la segunda copia.
El teléfono del despacho comenzó a sonar.
Lucía atendió sin apartar los ojos de la fotografía.
—¿Hola?
La voz al otro lado era masculina y desconocida.
—Deja de buscar a Héctor Valera —dijo el hombre—. Tu abuela cometió el error de creer que podía protegerlo. Tu madre cometió el mismo error.
Lucía apretó el auricular.
—¿Quién habla?
—Alguien que todavía puede evitar que cometas el último error de tu familia.
La llamada se cortó.
Durante unos segundos, Lucía permaneció inmóvil. Después dejó el auricular sobre la mesa y miró a Mateo.
Por primera vez, ya no tenían solamente una lista de pagos, una serie de llamadas sospechosas y el testimonio contradictorio de varios hombres. Tenían un nombre que alguien estaba intentando borrar de la investigación.
Héctor Valera. Y la certeza de que seguía siendo peligroso.