El secreto del Hotel Miramar Capítulo 21 — El nombre de una muerta
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Capítulo 21 — El nombre de una muerta

El nombre de una muerta

La noticia llegó a Puerto de la Niebla poco antes del mediodía.

Lucía estaba en el comedor del Hotel Miramar, revisando una vez más las fotocopias del cuaderno de Mercedes Acosta, cuando sonó el teléfono.

Mateo se encontraba en el despacho de Adela, comparando las fechas de los registros del puerto con las anotaciones encontradas en la casa de Inés Soria.

Ella atendió la llamada y reconoció la voz de Rivas.

Lucía se puso de pie.

—¿Qué significa?

—Prefiero mostrarles los documentos personalmente. Traigan las copias de los registros telefónicos, pero no las originales de la señora Soria. Es importante que nadie manipule esos papeles hasta que podamos determinar su procedencia.

Lucía llamó a Mateo. En pocos minutos estuvieron listos para salir.

Durante el trayecto, ella intentó imaginar qué podía haber encontrado Rivas en el registro de defunciones.

La frase que Inés había repetido seguía inquietándola: El nombre que necesitaban encontrar podía figurar entre los muertos, aunque esa persona hubiera seguido viviendo durante años.

Si alguien había utilizado una identidad falsa, el registro podía conducirlos hasta la persona que había ayudado a desaparecer a Isabel. Pero también existía otra posibilidad: que hubieran registrado una muerte que nunca ocurrió.

Rivas los esperaba en su despacho con un libro de tapas oscuras y varias hojas mecanografiadas. Había solicitado una consulta al archivo municipal y conseguido una copia certificada de un asiento antiguo. Junto al libro reposaba una carpeta con documentos del cementerio local.

—El número 314 aparece en una anotación marginal del registro de la central telefónica —explicó—. En un primer momento pensé que podía ser un número de expediente policial, pero no encontré ninguna referencia coincidente. Después recordé lo que dijo la señora Soria sobre el registro de defunciones.

Abrió el libro por una página marcada con una tira de papel.

—Este es el asiento número 314 del registro correspondiente a octubre de 1986.

Lucía se inclinó sobre la mesa. La caligrafía era antigua y difícil de leer, pero el nombre se distinguía con claridad.

Clara Benítez.

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

—No puede ser —murmuró Lucía—. Inés recibió noticias de ella en 1996.

—Eso es lo que tenemos que averiguar —respondió Rivas—. Según este registro, Clara Benítez murió el 22 de octubre de 1986. La fecha coincide con los días inmediatamente posteriores a la desaparición de tu madre.

Mateo tomó la hoja que Rivas había separado del libro y leyó el asiento completo. La causa consignada era un supuesto accidente en la costa. El cuerpo había sido recuperado cerca del antiguo acceso al faro y la identidad se había establecido mediante un reconocimiento realizado por un tercero.

—¿Quién la reconoció? —preguntó.

Rivas señaló una línea al final del documento.

Mateo la leyó una vez. Después volvió a leerla, más despacio.

—Tomás Salvatierra.

El nombre quedó suspendido en el aire.

Lucía sintió que una presión le cerraba el pecho.

Tomás había admitido que se reunió con Isabel el 20 de octubre y que después fue a la estación.

También había reconocido que ocultó información por miedo a las consecuencias de sus actividades en el puerto.

Ahora aparecía vinculado a la identificación de una mujer que, según otra testigo, había estado con Isabel al día siguiente de su desaparición.

—¿Su padre conocía a Clara? —preguntó Lucía.

Mateo dejó la hoja sobre la mesa.

—No lo sé. Puede que la conociera por su trabajo en la central telefónica. En un pueblo pequeño, casi todos conocían a los demás.

—Pero ¿por qué iba a identificar su cuerpo?

—Eso es precisamente lo que quiero saber.

Rivas intervino antes de que la discusión tomara un rumbo que ninguno pudiera controlar.

—No vamos a concluir que Tomás mintió solo porque aparezca su firma en un documento. Es posible que haya reconocido el cuerpo de buena fe. Lo que debemos comprobar es si el registro se corresponde con una muerte real.

El comisario sacó otro papel. Era una copia del certificado médico que supuestamente había servido de base para inscribir la defunción.

—Aquí aparece la primera irregularidad. El certificado original no está en el archivo. Solo queda esta referencia, incorporada varios días después de la fecha de la muerte. Además, el número del documento corresponde a un talonario de una clínica privada que dejó de funcionar poco después.

—¿Y el cuerpo? —preguntó Lucía.

—Fue enterrado en el cementerio municipal. Pero en el libro de inhumaciones hay una anotación que no coincide con el asiento de defunción.

Rivas abrió la carpeta del cementerio y les mostró una página fotocopiada.

El registro indicaba que una mujer sin identificar había sido enterrada el 23 de octubre de 1986.

No figuraba el nombre de Clara Benítez, sino un número de ingreso y una referencia al lugar donde se había encontrado el cuerpo.

—¿No hay una identificación posterior? —preguntó Mateo.

—No en ese libro. El registro de defunciones dice que el cuerpo era el de Clara Benítez.

El registro del cementerio dice que la mujer fue enterrada sin identificar.

En teoría, tendría que existir un documento que explique cómo se pasó de una persona desconocida a una identidad concreta. No lo encontramos.

Lucía sintió que las piezas encajaban de una manera nueva, aunque todavía incompleta.

Clara podía haber muerto realmente y alguien haber utilizado su nombre después.

También podía haber sobrevivido y haber sido declarada muerta para ocultarla.

El registro no resolvía el misterio; lo convertía en algo mucho más grave.

—¿Podemos comprobar si la tumba existe? —preguntó.

—Ya lo hice —respondió Rivas—. El número de ingreso corresponde a una sepultura antigua.

No hay lápida con el nombre de Clara. Según el encargado, el sector fue reorganizado años después y algunos restos se trasladaron al osario común.

No existe un medio sencillo de verificar la identidad del cuerpo sin una exhumación y una investigación formal.

Mateo se pasó una mano por la frente.

—Si mi padre identificó a esa mujer, tuvo que verla.

—Eso no demuestra que fuera Clara —dijo Lucía—. Pudo identificarla porque alguien se lo pidió.

—O pudo estar convencido de que lo era.

La voz de Mateo sonó apagada. Lucía comprendió que aquellas posibilidades también lo afectaban de una manera que ella no podía medir.

Si Tomás había identificado un cuerpo sin tener certeza de quién era, había participado en la construcción de una mentira.

Si sabía que la mujer no era Clara, su participación podía ser todavía más grave.

Rivas cerró el libro.

—Hay otra cuestión. El acta lleva una firma adicional, al margen del reconocimiento. No pertenece al médico ni al funcionario que asentó la defunción. La estamos comparando con otras firmas de los registros del puerto.

—¿Puede decirnos de quién es? —preguntó Lucía.

—Todavía no. Pero las iniciales que aparecen junto a ella son las mismas que figuran en algunos documentos que ustedes encontraron: E. V.

Lucía sintió un golpe de inquietud. Ernesto Valdés.

Su padre había trabajado en la administración de una empresa de transporte vinculada al puerto, había recuperado la maleta de Isabel y había ocultado información sobre lo ocurrido.

Nunca había afirmado que conociera el destino de Clara, pero había reconocido que guardó silencio para protegerse.

—Mi padre también está en esto —dijo.

—Su firma aparece en el documento —precisó Rivas—. No sabemos qué estaba autorizando. Podría haber intervenido en el traslado administrativo de los restos, en una identificación o en alguna otra gestión. No voy a atribuirle un delito sin pruebas.

Lucía apenas lo escuchaba. Recordó la conversación con Ernesto, su manera de evitar ciertas preguntas y la expresión que había tenido cuando admitió que la maleta de Isabel nunca llegó a subir al tren.

Él sabía que su madre había intentado marcharse y que había terminado confiando una parte de sus documentos a Adela.

Ahora su firma aparecía en el registro de la muerte de otra mujer.

—Tengo que hablar con él —dijo.

—Lo haremos cuando sepamos qué significa su intervención —respondió Rivas—. Si lo llamas ahora, podría alterar lo que recuerda o ponerse en contacto con alguien más.

Lucía detestaba la idea de esperar, pero sabía que el comisario tenía razón.

Ya habían visto cómo cada llamada, cada visita y cada pregunta parecían llegar a oídos de alguien antes de que pudieran obtener una respuesta.

Si Tomás o Ernesto formaban parte de la red que había mantenido oculto el destino de Isabel, advertirles de cada nuevo descubrimiento solo les permitiría cerrar otras puertas.

Mateo volvió a mirar el registro.

—¿Qué pasó con el número 314? ¿Por qué estaba escrito en los documentos de la central?

Rivas sacó una fotocopia de la hoja de guardia.

—Eso todavía no lo sabemos. Pero hay un detalle que me parece significativo. La anotación no dice simplemente «314». Está escrita al lado de una llamada realizada el 23 de octubre de 1986, un día después del entierro de la mujer sin identificar.

Lucía recordó el registro telefónico: la comunicación desde la línea del puerto, la orden de mantenerla reservada y la frase agregada después por alguien que no quería que se olvidara el origen de aquella instrucción.

—La orden no salió de la central —dijo.

Rivas asintió.

—Exactamente. Si el número 314 era una referencia a la defunción de Clara, alguien pudo utilizar la central para comunicar que la identidad había quedado registrada. O para confirmar que el procedimiento se había completado. Pero seguimos sin saber quién dio la orden.