El secreto del Hotel Miramar Capítulo 20 — La carpeta que no debía existir #2
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Capítulo 20 — La carpeta que no debía existir #2

—No lo sé. Pero conocía la diferencia entre los registros de la central y los documentos de Isabel. Eso significa que sabe qué estamos buscando.

—¿Y qué es exactamente la segunda copia? —preguntó Mateo.

Inés tardó en contestar.

—La primera vez que Clara me habló de ella, me dijo que existían dos juegos de documentos.

Isabel había preparado una copia para entregarla a alguien que pudiera investigar los pagos y los cargamentos.

La otra debía permanecer oculta hasta que estuviera a salvo.

Adela sabía dónde estaba una de ellas, pero Clara nunca me dijo quién tenía la segunda.

Lucía recordó la anotación del puesto de enlace: La segunda copia permanece bajo custodia hasta nueva orden.

Hasta entonces habían interpretado que se refería a un archivo guardado en el edificio del faro.

Ahora era posible que aquella frase describiera algo diferente: un documento entregado a una persona, una prueba protegida fuera de los depósitos del puerto.

—¿Y si mi abuela no tenía la copia? —dijo—. ¿Y si solo sabía quién la custodiaba?

Inés la miró con una expresión de reconocimiento.

—Eso es lo que temo. Adela no me dijo nunca que la tuviera en su poder. Solo me explicó que, mientras la copia siguiera donde estaba, todavía existía una oportunidad de demostrar lo que había ocurrido.

Mateo abrió la carpeta y volvió a examinar la página con las tres iniciales.

La anotación de noviembre había sido agregada después del registro original, posiblemente por alguien que había tenido acceso al libro.

En la parte inferior, casi oculto por el doblez del papel, había un pequeño número escrito con lápiz: 314.

—¿Esto estaba antes? —preguntó, señalándolo.

Inés se inclinó para mirar.

—No lo había visto. Puede que sea una referencia interna. La central tenía números de expediente, pero no recuerdo que fueran de tres cifras en ese formato.

Lucía observó el número. El 17-B del depósito, las iniciales P.

E., la dirección de Inés y ahora el 314 parecían formar parte de un sistema de referencias que alguien había utilizado para esconder información dentro de registros aparentemente ordinarios.

No podían saber todavía si cada número llevaba a un sitio, a una persona o a otro documento.

Pero la aparición de aquel código indicaba que aún no habían leído los registros con suficiente atención.

El sonido de un vehículo estacionándose frente a la casa interrumpió sus pensamientos. Unos segundos después llamaron a la puerta. Elena miró por la ventana y reconoció el automóvil de Rivas, que había llegado acompañado por otro agente.

El comisario entró, saludó brevemente y pidió que le mostraran la carpeta. Revisó las páginas sin tocarlas demasiado y escuchó el relato de Inés sobre los hombres que habían aparecido en su casa. Después solicitó una descripción de sus voces y de los vehículos que habían visto.

—Vamos a revisar la vivienda y a tomar declaración formal —dijo—.

Pero antes necesito que entendamos algo: quien los llamó no estaba interesado en cualquier documento.

Sabía exactamente qué carpeta había allí y mencionó la segunda copia.

Eso significa que la amenaza no se limita a borrar lo que ocurrió en 1986.

Alguien está intentando impedir que ustedes lleguen a una prueba que todavía existe.

—¿Puede ser Tomás? —preguntó Lucía.

Rivas cerró la carpeta.

—Puede ser él. Pero también puede ser alguien que trabajaba con él, alguien que recibía órdenes de otra persona o alguien que utiliza su nombre para desviar la investigación. Las iniciales y el anillo negro son indicios, no una conclusión.

Mateo asintió, aunque la preocupación no desapareció de su rostro.

—¿Qué hacemos ahora?

—Primero, protegemos a la señora Soria y verificamos el origen de los registros. Después vamos a investigar el número 314. Si es una referencia interna, quizá nos permita identificar el expediente original o descubrir qué documento fue retirado de la central.

Rivas pidió que nadie regresara solo a la casa de Inés y que no se comunicaran con Clara por los canales antiguos. Antes de marcharse, revisó una vez más la hoja que contenía las iniciales E. V., T. S. y A. V. Se detuvo en la frase del margen.

La orden no salió de la central.

—Esta anotación puede ser más importante que los nombres —dijo—. Alguien quiso dejar constancia de que las llamadas no se originaron allí. La central era un instrumento, no necesariamente el centro de la operación.

Lucía comprendió entonces que habían estado buscando a la persona equivocada cada vez que intentaban identificar una voz en las cintas.

El hombre del anillo negro podía haber amenazado a Isabel, Tomás podía haber ocultado información y Ernesto podía haber manipulado documentos, pero ninguno de ellos tenía por qué ser quien dirigía todo aquello.

Detrás de los pagos, los registros alterados y las llamadas reservadas podía existir otra figura, una persona cuyo nombre nunca había aparecido en las pruebas que habían encontrado.

Cuando Rivas terminó de organizar los papeles, Lucía le pidió permiso para conservar una fotocopia de la hoja de las iniciales. El comisario aceptó, siempre que la copia no saliera de su vista y que la original quedara bajo custodia para examinarla.

La fotografía del puesto de enlace, la nota de Adela y las cintas ya no parecían pruebas aisladas. Todas señalaban hacia una estructura que había sobrevivido a la desaparición de Isabel y que, doce años después, seguía protegiendo sus secretos.

Antes de abandonar la casa, Lucía se acercó a Inés.

—No voy a dejar de buscar a Clara —le dijo—. Y tampoco voy a detenerme hasta saber qué le pasó a mi madre.

La anciana le sostuvo la mirada.

—Entonces hay algo más que debes saber. Antes de marcharse, Clara me dijo que, si algún día alguien encontraba el número 314, no debía buscarlo en los archivos del puerto ni en la central telefónica.

—¿Dónde, entonces?

Inés miró a Mateo y luego volvió a dirigirse a Lucía.

—En el registro de defunciones.

Lucía sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.

—¿Qué tiene que ver una lista de personas fallecidas con la segunda copia?

—No lo sé. Clara no me explicó más. Solo dijo que el nombre que necesitaban encontrar podía figurar entre los muertos, aunque esa persona hubiera seguido viviendo durante años.

Mateo se quedó inmóvil. Rivas, que ya estaba junto a la puerta, regresó al comedor al escuchar las últimas palabras.

—¿Está segura de que dijo eso? —preguntó el comisario.

—Nunca lo olvidé.

Nadie habló durante varios segundos. Si Clara había utilizado el registro de defunciones como una clave, podía haber querido esconder la identidad de alguien que necesitaba desaparecer oficialmente.

También podía haber dejado una advertencia sobre una falsificación, un nombre borrado o una muerte que nunca había ocurrido.

Lucía pensó en la fotografía fechada el 21 de octubre de 1986, un día después de la desaparición de su madre.

Isabel había sido vista con vida cuando todos creían que ya había abandonado el pueblo o que había muerto.

Si alguien había alterado los registros para ocultar su destino, quizá el libro de defunciones contuviera una pista sobre ella o sobre otra persona vinculada a la investigación.

Rivas guardó la carpeta en un porta documentos.

—Voy a comprobar esa referencia. No hagan nada por su cuenta hasta que sepamos qué significa.

Pero Lucía sabía que esperar no sería fácil.

Por primera vez, la investigación apuntaba a una fuente que hasta entonces nadie había considerado.

Y si el número 314 conducía realmente al registro de defunciones, podían estar a punto de descubrir que uno de los nombres más importantes de aquella historia llevaba doce años oficialmente muerto.

Aunque quizá nunca hubiera dejado de estar vivo.