El secreto del Hotel Miramar Capítulo 20 — La carpeta que no debía existir
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Capítulo 20 — La carpeta que no debía existir

La carpeta que no debía existir

Inés Soria permaneció inmóvil en medio del comedor, mirando la puerta de entrada como si esperara que cediera bajo el peso de quienes llamaban desde el otro lado.

La carpeta de cartón seguía abierta sobre la mesa.

Mateo la cerró de inmediato y deslizó las hojas en su interior, mientras Lucía recogía las copias que habían quedado junto a la ventana.

Por un momento, ninguno de los tres habló.

El ruido de la calle parecía haberse apagado y, detrás de la puerta, los desconocidos aguardaban con una paciencia que resultaba más amenazadora que cualquier grito.

—No abras —dijo Lucía.

Inés la miró con una mezcla de resignación y miedo.

—Si no abro, van a entrar. Siempre terminan entrando.

—¿Hay otra salida?

La mujer señaló un pasillo estrecho que comunicaba el comedor con la cocina.

—La puerta del patio da a un corredor lateral. Se puede salir por allí, pero hay una reja al fondo. Hace años que no la utilizo.

Mateo tomó la carpeta.

—Entonces tenemos que movernos antes de que decidan entrar.

Un golpe seco sacudió la puerta principal.

—Señora Soria —repitió el hombre—. No queremos hacerle daño. Solo necesitamos recuperar unos documentos.

Lucía sintió un escalofrío al escuchar la seguridad con que pronunciaba aquellas palabras. No era la voz de alguien que estuviera buscando una explicación. Era la de un hombre convencido de que tenía derecho a exigir lo que había ido a buscar.

Inés se acercó a la puerta del comedor, pero Mateo la sujetó suavemente del brazo.

—No tiene que explicarles nada.

—Ustedes no lo conocen —replicó ella en voz baja—. Si creen que estoy ayudándolos, no van a dejarme tranquila.

—Y si les entrega la carpeta, tampoco —dijo Lucía—. Ahora saben que los documentos existen. No hay ninguna garantía de que se vayan cuando la tengan.

La anciana bajó la mirada. Durante un instante pareció mucho más vieja de lo que Lucía había imaginado al verla abrir la puerta. Había pasado doce años intentando mantenerse al margen de una historia que había destruido la vida de demasiadas personas, y ahora el pasado había vuelto a buscarla.

—Vengan —dijo finalmente.

Los condujo hasta la cocina. Mateo llevaba la carpeta apretada contra el pecho; Lucía no dejaba de mirar hacia el pasillo, esperando oír el primer crujido de la cerradura. Al llegar al patio, Inés cerró la puerta detrás de ellos y señaló una salida estrecha, parcialmente oculta por unas macetas.

—El corredor termina en una reja que da a la calle trasera. La llave está junto al marco.

Mateo avanzó primero. La reja estaba oxidada, pero la cerradura cedió después de varios intentos. Lucía ayudó a Inés a atravesar el estrecho paso. Cuando salieron a la calle, un motor se puso en marcha al otro lado de la manzana.

Mateo se asomó por la esquina. Alcanzó a ver un automóvil oscuro estacionado frente a la casa, con un hombre al volante. El vehículo arrancó despacio y dobló hacia la avenida. No pudo distinguir la matrícula.

—Nos estaban esperando —dijo.

—¿Cómo supieron que habíamos venido? —preguntó Lucía.

Mateo no respondió. Podían haberlos seguido desde Puerto de la Niebla, haber vigilado el domicilio de Inés o haber recibido información de alguien que supiera que la investigación había llegado hasta ella. Ninguna explicación era tranquilizadora.

Inés cerró la reja y se volvió hacia ellos.

—No podemos quedarnos aquí. Conozco a una vecina que puede dejarnos usar el teléfono. Está a media cuadra.

Caminaron por la calle trasera sin hablar.

Lucía sentía que cada ventana podía ocultar a alguien que los observara.

Al llegar a una casa de fachada amarilla, Inés llamó dos veces y luego una tercera, más breve.

Una mujer de mediana edad abrió la puerta, reconoció a Inés y los hizo pasar sin formular preguntas.

En el salón, mientras la vecina buscaba el teléfono, Mateo se comunicó con Rivas. Le explicó lo ocurrido, dio la dirección y describió el automóvil. El comisario escuchó sin interrumpirlo.

—No vuelvan a la casa —ordenó—. Voy a enviar a alguien para revisar el lugar y voy a comprobar si el vehículo aparece en algún registro. Necesito que me digan exactamente qué documentos tienen.

Mateo miró a Lucía antes de contestar.

—Registros de llamadas de la central telefónica, con anotaciones que vinculan tres iniciales con comunicaciones reservadas de octubre y noviembre de 1986. Una de ellas coincide con las de mi padre.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Están seguros de que la anotación pertenece al registro original?

—La página parece auténtica. La última frase fue escrita por otra persona, según Inés.

—No toquen más esos documentos. Voy a buscar a alguien que pueda examinarlos. Y no contacten a Tomás todavía.

Lucía se acercó al teléfono.

—¿Por qué?

—Porque si uno de los hombres que fue a buscar la carpeta tiene relación con las personas que estamos investigando, necesitamos saber quién es antes de advertirle que estamos cerca de una respuesta. Hasta entonces, mantengan la información entre ustedes y yo.

Rivas cortó después de pedirles que esperaran en un lugar seguro. La vecina, que se había presentado como Elena, les ofreció agua y dejó que Inés se sentara junto a la ventana. La anciana parecía agotada. Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas y los ojos fijos en un punto de la alfombra.

—No debí conservar esos papeles —murmuró.

—Los conservó porque creyó que podían servir para descubrir qué le pasó a mi madre —dijo Lucía—. Eso no fue un error.

Inés levantó la cabeza.

—No sabes lo que significaba vivir allí en aquella época.

El puerto daba trabajo a casi todo el pueblo, directa o indirectamente.

Si alguien se enfrentaba con las personas equivocadas, no perdía solamente su empleo.

Podía perder su casa, sus amigos, hasta la posibilidad de salir de allí sin que alguien lo siguiera.

Yo tenía una hija. Clara también tenía cosas que proteger.

—¿Y mi madre? —preguntó Lucía—. ¿Ella no tenía nada que proteger?

La mujer no respondió enseguida. Sus ojos se humedecieron, aunque no llegó a llorar.

—Isabel era distinta. No porque no tuviera miedo, sino porque había decidido que el miedo no podía gobernar todas sus decisiones.

Cuando encontró aquellos registros, creyó que podía denunciar lo que ocurría sin que nadie se atreviera a hacerle daño.

Subestimó a las personas involucradas. Y nosotros, los que sabíamos alguna parte de la verdad, no hicimos lo suficiente para ayudarla.

Lucía sintió que una rabia antigua comenzaba a mezclarse con la tristeza.

Durante años había imaginado a su madre tomando la decisión de marcharse, abandonando el pueblo sin mirar atrás.

Después había descubierto que esa versión podía ser una mentira.

Ahora empezaba a comprender que la verdad no estaba escondida en un único secreto, sino repartida entre personas que habían elegido callar.

—¿Qué contenían los documentos que Isabel encontró? —preguntó Mateo.

Inés apoyó las manos sobre las rodillas.

—No los vi completos. Clara me dijo que había registros de cargamentos que no aparecían en los libros oficiales, pagos a personas que no debían recibirlos y autorizaciones firmadas por alguien con acceso a la administración.

También dijo que una de las operaciones no tenía que ver solamente con mercancías.

Había personas que necesitaban que ciertos movimientos no quedaran registrados.

—¿Personas que entraban o salían del país? —preguntó Lucía.

—No puedo asegurarlo. Clara nunca me lo explicó con claridad. Solo me dijo que Isabel había encontrado algo más grave que un fraude comercial.

Mateo bajó la mirada hacia la carpeta que había colocado sobre una silla.

Si los documentos se limitaban a demostrar contrabando o corrupción, la amenaza seguía siendo grave, pero no explicaba por qué alguien había perseguido a Isabel durante tantos años.

La posibilidad de que los cargamentos encubrieran algo diferente abría una dimensión más peligrosa de la investigación.

—¿Por qué no nos contó esto antes? —preguntó.

Inés lo miró con dureza.

—Porque no sabía quién eras. Cuando vi tu apellido, pensé que habías venido con ella para conseguir los documentos en nombre de tu padre.

Mateo soportó la acusación sin apartar la mirada.

—No sabía que existían estos registros hasta hoy.

—Eso no demuestra nada.

—No. —Su respuesta fue serena—. Pero tampoco demuestra que yo esté trabajando para él.

Lucía observó a Mateo. Había esperado que reaccionara con indignación, que intentara proteger a su padre o que reclamara una confianza que nadie podía darle.

En cambio, aceptaba que las dudas fueran legítimas.

Aquello no eliminaba sus sospechas, pero le permitió reconocer que él también estaba descubriendo una historia familiar que quizá había sido construida sobre mentiras.

El teléfono de Elena sonó poco después. La mujer atendió, escuchó unos segundos y luego les hizo una seña a Inés y a Lucía para que se acercaran.

—Es para ustedes —dijo, tapando el auricular con la mano—. Preguntan por la señora Soria.

Inés se quedó rígida.

—¿Quién es?

Elena volvió a preguntar, pero quien llamaba no dio un nombre. Solo pidió que Inés escuchara un mensaje.

La anciana tomó el auricular con cautela.

—Estoy aquí.

La voz que respondió era masculina, grave y tranquila. Lucía no consiguió reconocerla desde donde estaba, pero vio cómo el rostro de Inés perdía el poco color que había recuperado.

—Ya no sirve de nada seguir escondiendo los registros —dijo el hombre—. La carpeta no es lo que vinimos a buscar.

Inés apretó el auricular.

—Entonces, ¿qué quieren?

—Lo mismo que queríamos en 1986: que nadie encuentre la segunda copia.

La comunicación se interrumpió.

Inés dejó el auricular sobre la mesa y se cubrió la boca con una mano. Lucía se acercó de inmediato.

—¿Quién era?

La mujer negó con la cabeza.