El secreto del Hotel Miramar Capítulo 19 — La dirección de los ausentes #2
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Capítulo 19 — La dirección de los ausentes #2

—Durante años pensé que bastaba con no hablar.

Después empezaron a llegar mensajes. No eran amenazas directas.

Solo preguntas sobre Clara, sobre Adela, sobre si yo recordaba una llamada concreta.

En 1996, un hombre vino a esta casa. Dijo que trabajaba para una empresa que quería recuperar unos documentos antiguos.

Me mostró una tarjeta y me pidió que confirmara que Clara se había comunicado con una persona determinada. Me negué.

Lucía recordó inmediatamente la fecha de la tarjeta.

—¿Era Tomás Salvatierra?

Inés apartó la mano de la carpeta.

—No puedo asegurarlo. El hombre no se presentó con ese nombre. Pero llevaba un anillo grande, con una piedra negra.

El silencio cayó sobre el comedor.

La imagen de la mano descrita por Ledesma en la estación volvió a la mente de Lucía.

El registro de equipajes, la llamada, las iniciales T.

S. y ahora aquella visita a la casa de Inés en 1996.

Las coincidencias empezaban a componer una secuencia, aunque todavía quedaban demasiados huecos para reconstruirla con certeza.

—¿Qué le dijo? —preguntó Mateo.

—Que algunas personas habían sufrido por hablar demasiado y que yo debía pensar en mi familia. No necesitó explicarse más. Dejé de usar el teléfono de la casa para hablar con nadie relacionado con Puerto de la Niebla.

—¿Por qué no denunció la amenaza?

Inés lo miró con dureza.

—Porque las personas que debían investigar podían estar implicadas. Porque no sabía qué había ocurrido con Isabel. Porque tenía una hija pequeña y no estaba dispuesta a ponerla en peligro para demostrar que yo tenía razón.

Lucía comprendió que aquella respuesta se parecía demasiado a las explicaciones que había escuchado de su padre y de otros testigos.

El miedo había sido el hilo que mantenía unidos todos los silencios.

Cada persona había ocultado una parte de la verdad por una razón diferente, y la suma de esas decisiones había permitido que la desaparición de Isabel permaneciera sin resolver durante doce años.

—¿Dónde está Clara ahora? —preguntó.

Inés bajó la mirada hacia la carpeta.

—No tengo una dirección actual. La última vez que tuve noticias suyas fue en 1996. Me envió un mensaje por medio de una persona de confianza. Decía que no debía intentar localizarla y que, si Adela necesitaba hablar con ella, tenía que utilizar una palabra acordada.

—¿Cuál era la palabra?

—Faro.

Lucía sintió que algo se movía dentro de la investigación.

El antiguo puesto de enlace, las iniciales P.

E., las fotografías junto al faro y los documentos ocultos habían convertido aquel lugar en un punto central.

Pero ahora la palabra podía ser algo más que una referencia geográfica: quizá era la señal que Clara había dejado para que Adela supiera cuándo podía ponerse en contacto con ella sin exponerla.

—¿Y Adela la utilizó?

—No lo sé. Después de aquel mensaje no recibí ninguna otra comunicación. En noviembre de 1996, envié una carta a Puerto de la Niebla, pero volvió sin abrir. No volví a intentarlo.

Mateo observó la carpeta y después miró a Inés.

—¿Podemos ver esos registros?

La mujer vaciló. Parecía estar sopesando no solo el riesgo de entregarlos, sino también las consecuencias de romper un silencio que había mantenido durante tantos años. Finalmente desató la cinta y abrió la carpeta.

Las primeras hojas eran copias de páginas del libro de guardia de la central telefónica.

Había números, horas de conexión y observaciones escritas a mano.

La mayoría correspondía a llamadas ordinarias.

En varias páginas aparecían marcas al margen, hechas con lápiz, que señalaban comunicaciones desviadas o conectadas fuera del horario habitual.

Lucía revisó las fechas hasta encontrar una anotación del 20 de octubre de 1986. La letra era pequeña, pero legible:

20:43. Línea puerto-estación. Conexión manual solicitada. Interlocutor sin identificación. Orden verbal de mantener registro reservado.

Debajo aparecía una segunda anotación, correspondiente a dos días después:

21:16. Línea externa con destino a la central de Santa Marina. La operadora informa una voz femenina. Solicita no registrar el número de origen.

—Santa Marina —dijo Lucía—. Federico Méndez habló de una mujer que salió con mi madre desde el puesto de enlace. Y Clara se había marchado poco después de la desaparición.

Inés asintió.

—Es posible que la llamada fuera suya, pero no puedo asegurarlo. La persona que la atendió era otra operadora. Yo solo conservé la anotación porque me pareció extraño que alguien exigiera mantenerla fuera del registro ordinario.

Mateo encontró otra hoja, doblada en dos, con una anotación fechada en noviembre de 1986. No contenía un número telefónico, sino una lista de tres iniciales: E. V., T. S. y A. V.

Lucía sintió que se le aceleraba el pulso. Ernesto Valdés. Tomás Salvatierra. Adela Valdés. Los tres nombres que habían aparecido, de distintas maneras, alrededor de la desaparición.

En el margen inferior había una frase escrita por otra mano:

La orden no salió de la central.

—¿Qué significa esto? —preguntó Mateo.

Inés se inclinó para leerla. Por primera vez desde que habían entrado, pareció verdaderamente asustada.

—No lo sé. Pero esa frase no la escribí yo.

Lucía examinó la tinta y la forma de las letras.

La anotación parecía posterior al resto de la página.

Alguien había agregado aquella advertencia para que no se confundiera una llamada con la orden de realizarla.

La central telefónica había sido utilizada para transmitir información, pero la decisión podía haberse tomado en otro lugar.

Antes de que pudieran examinar más documentos, sonó el timbre de la casa.

Inés se quedó inmóvil. Mateo cerró la carpeta mientras Lucía guardaba las hojas que habían estado consultando. La anciana se levantó lentamente y se acercó a la ventana lateral. Apartó apenas la cortina y miró hacia la entrada.

—No esperaba a nadie —susurró.

—¿Quién es? —preguntó Lucía.

Inés no respondió. Su rostro se había quedado sin color.

Un segundo timbrazo resonó en el interior de la casa. Esta vez fue más largo.

La mujer regresó al comedor y miró directamente a Mateo.

—Cuando el hombre vino en 1996, dijo que volvería si alguien intentaba recuperar los registros. No sé si era una amenaza o una manera de asegurarse de que yo entendiera el mensaje.

El timbre sonó por tercera vez.

Mateo se acercó a la ventana del comedor, pero no apartó la cortina. Lucía se levantó y guardó la tarjeta de Adela en su bolso. No estaban preparados para enfrentarse a quienquiera que hubiese llegado, pero tampoco podían fingir que no estaban allí.

Entonces, desde la entrada, una voz masculina atravesó la puerta cerrada.

—Señora Soria, sabemos que tiene visitas. Venimos a buscar una carpeta que no le pertenece.

Inés retrocedió un paso.

Y Lucía comprendió que, por primera vez desde que había comenzado a investigar la desaparición de su madre, alguien acababa de reconocer abiertamente que los documentos que buscaban existían.