El secreto del Hotel Miramar Capítulo 19 — La dirección de los ausentes
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Capítulo 19 — La dirección de los ausentes

La dirección de los ausentes

Lucía no consiguió dormir aquella noche.

Había dejado los documentos de Adela sobre el escritorio, pero las iniciales escritas en el reverso de la tarjeta seguían ocupando sus pensamientos.

T. S. Tomás Salvatierra. No era una identificación definitiva, pero la coincidencia resultaba demasiado evidente para tratarla como un detalle insignificante.

Si aquellas letras pertenecían al padre de Mateo, necesitaba averiguar por qué había escrito que todos los nombres saldrían a la luz si Clara hablaba y por qué Adela había guardado aquella advertencia junto con la dirección de una persona capaz de localizarla.

Cerca de las siete de la mañana, Lucía oyó que Mateo se movía en la habitación contigua. Se levantó, se puso un abrigo y fue a buscarlo. Lo encontró junto a la ventana, con una taza de café entre las manos y la mirada fija en el jardín húmedo.

—Tenemos que hablar con tu padre —dijo ella.

Mateo se volvió. No pareció sorprendido.

—Lo pensé durante toda la noche. Si las iniciales son suyas, quiero saber por qué aparecen ahí. Pero no voy a defenderlo antes de escucharlo.

—No te estoy pidiendo que lo defiendas.

—Lo sé. —Dejó la taza sobre la mesa—. Te estoy diciendo que tampoco sé qué vamos a encontrar.

Lucía recogió la tarjeta y la guardó en su bolso.

Había tomado una decisión: primero irían a la dirección de la zona sur.

No quería alertar a Tomás antes de saber quién vivía allí, y mucho menos darle la oportunidad de preparar una explicación.

Si aquella persona conocía el paradero de Clara, quizá pudiera aportar algo que ni siquiera Rivas había conseguido encontrar en los registros.

Mateo estuvo de acuerdo. Antes de salir, llamó al comisario desde el teléfono del vestíbulo y le explicó lo que habían descubierto. Rivas escuchó sin interrumpirlo. Cuando Mateo mencionó las iniciales, el silencio al otro lado de la línea se prolongó unos segundos.

—No hagan acusaciones todavía —dijo finalmente el comisario—. Una tarjeta guardada durante años puede tener varias explicaciones. Pero la dirección me interesa. Dejen anotado dónde van y avísenme cuando lleguen.

—¿Conoce el nombre del propietario? —preguntó Lucía, acercándose al aparato.

—Todavía no. Voy a comprobarlo. Y escúchenme bien: si alguien les dice que Clara está allí, no den por hecho que pueden confiar en esa persona. La última vez que apareció su nombre en un registro fue hace tiempo, y desde entonces parece que alguien se ha ocupado de borrar sus rastros.

La advertencia no hizo más que confirmar la urgencia del viaje.

Salieron de Puerto de la Niebla poco después de las ocho.

El cielo se había despejado, aunque el viento frío que venía del Atlántico seguía empujando nubes bajas sobre la ruta.

Durante el trayecto, Lucía repasó mentalmente las fechas: la desaparición de Isabel en octubre de 1986, la carta de Clara a Mercedes unas semanas después, las anotaciones de Adela y la dirección fechada en noviembre de 1996.

Doce años de silencios, cambios de domicilio y mensajes que no parecían destinados a ser encontrados.

—Hay algo que no entiendo —dijo cuando llevaban un rato viajando—. Si Adela conservaba una dirección actualizada en 1996, ¿por qué no fue a buscar a Clara?

Mateo mantuvo la vista en la ruta.

—Quizá fue. No tenemos manera de saberlo todavía.

—Entonces, ¿por qué no dejó una explicación?

—Porque tal vez no pudo. O porque tenía miedo de que alguien encontrara sus notas.

Lucía recordó el aviso que había aparecido en el cuarto azul: La copia ya no está donde Adela la dejó.

Aquellas palabras demostraban que alguien conocía los escondites de su abuela y sabía qué buscaba.

Si el mensaje había sido escrito recientemente, era posible que esa persona también conociera la dirección que llevaban.

—Alguien entró en el hotel y revisó las cosas de Adela —dijo—. Si la tarjeta sigue aquí, quizá no la encontró. O quizá la encontró y no le dio importancia.

—O quizá quería que la encontráramos nosotros.

Lucía lo miró.

—¿Para conducirnos a una trampa?

—No lo sé. Pero hemos aprendido que las pistas no siempre significan lo que parecen.

El resto del viaje transcurrió en silencio.

A medida que se acercaban al conurbano, el paisaje comenzó a cambiar.

Los campos abiertos dieron paso a barrios de casas bajas, talleres mecánicos y comercios que empezaban a levantar sus persianas.

La dirección de la tarjeta los condujo finalmente a una calle arbolada de Temperley, alejada de las avenidas más transitadas.

Allí encontraron una casa antigua, de ladrillos rojizos y ventanas altas, con un pequeño jardín protegido por una reja verde.

No había placa en la entrada ni indicios de que funcionara allí un negocio. Lucía comprobó que la numeración coincidiera con la tarjeta antes de llamar al timbre.

Nadie respondió.

Mateo volvió a llamar y esperó. Al cabo de unos segundos, una cortina se movió detrás de una de las ventanas.

La puerta se abrió apenas y apareció una mujer de cabello completamente blanco, delgada, con el rostro marcado por profundas arrugas y una expresión que pasó de la cautela a la sorpresa cuando vio a Lucía.

—¿Qué quieren?

—Buscamos a una persona que conoció a Clara Benítez —respondió Lucía—. Nos dijeron que tal vez usted podría ayudarnos a encontrarla.

La mujer no abrió más la puerta.

—¿Quién les dijo eso?

Lucía sacó la tarjeta del bolso y se la mostró sin entregársela.

La anciana la observó desde el umbral. Cuando vio la fecha escrita en la esquina, su expresión cambió.

El temor que había en sus ojos se convirtió en algo más difícil de interpretar: reconocimiento, quizá, mezclado con una tristeza antigua.

—¿Dónde consiguieron esto?

—Pertenecía a mi abuela, Adela Valdés. Murió hace unos días.

La mujer cerró los ojos un instante. Después miró por encima del hombro de Lucía, hacia la calle desierta, antes de apartarse de la puerta.

—Entren. Y cierren bien la reja.

El interior de la casa estaba ordenado con una pulcritud casi excesiva.

Había muebles de madera oscura, fotografías familiares y una radio antigua sobre una repisa.

La mujer los condujo hasta el comedor y les indicó que se sentaran.

No les ofreció nada y tampoco se sentó enseguida.

Permaneció de pie junto a la ventana, vigilando la calle.

—Me llamo Inés Soria —dijo finalmente—. Trabajé en la central telefónica de Puerto de la Niebla hasta 1987. Conocía a Clara. También conocía a Adela.

Lucía sintió que, por primera vez, las piezas de la investigación parecían acercarse unas a otras.

—¿Sabe dónde está Clara?

Inés la miró con atención.

—Antes de contestarte, necesito saber qué encontraste sobre tu madre.

Lucía intercambió una mirada con Mateo. No estaba dispuesta a revelar todos los documentos, pero tampoco había viajado hasta allí para seguir ocultando información.

—Mi madre desapareció en octubre de 1986.

Encontré dos cintas que dejó, una fotografía tomada el día veintiuno en el antiguo puesto de enlace y registros que indican que Clara se reunió con ella después de que todos creyeran que había desaparecido.

También encontré una nota en la que Adela le advertía que no llamara desde el hotel.

Inés bajó lentamente la cabeza.

—Entonces Adela consiguió conservar algunas pruebas.

—¿Qué pruebas?

—Eso depende de qué haya pasado con la segunda copia.

Lucía se inclinó hacia ella.

—¿Usted sabe dónde está?

—No. Pero sé quién la tuvo por última vez. Y sé por qué Clara abandonó el pueblo.

Mateo habló por primera vez desde que habían entrado.

—¿Fue por las llamadas que escuchó en la central?

Inés lo observó con detenimiento. Cuando reconoció su apellido, algo en su expresión se endureció.

—Tú eres el hijo de Tomás Salvatierra.

No era una pregunta.

—Sí.

La anciana se apartó de la ventana y se sentó frente a ellos.

—Entonces esto es más peligroso de lo que pensaba.

Mateo apretó los labios.

—¿Qué tiene que ver mi padre con Clara?

Inés tardó en responder. Abrió un cajón del aparador, sacó una carpeta de cartón y la colocó sobre la mesa. La carpeta estaba cerrada con una cinta, y sus bordes mostraban las marcas del tiempo. En la cubierta había una fecha escrita con tinta azul: 23 de octubre de 1986.

—Después de la desaparición de Isabel, recibí instrucciones para revisar unas comunicaciones de la central.

No debía copiar los números ni conservar los registros.

Me dijeron que eran órdenes de la administración y que no tenía que hacer preguntas.

Pero una de las llamadas quedó marcada en el libro de guardia.

La habían conectado desde un teléfono del puerto a un número que no figuraba en el directorio local.

—¿A quién llamaron? —preguntó Lucía.

—No lo supe entonces. Clara sí. Ella reconoció la voz de la persona que llamó y entendió que no estaban intentando encontrar a Isabel por casualidad. Alguien sabía que seguía viva después del día veinte y quería averiguar dónde se escondía.

Lucía notó que se le tensaban los dedos.

—¿Y esa llamada condujo hasta ella?

—Clara creyó que sí. Por eso se fue. No confiaba en la policía local ni en la gente que controlaba los registros del puerto.

Adela la ayudó a salir de Puerto de la Niebla, pero antes de marcharse Clara dejó una copia de parte de sus anotaciones conmigo.

Me pidió que no la entregara a nadie sin una confirmación de Adela.

Lucía miró la carpeta.

—¿Es esa copia?

—No. Son los registros telefónicos que conseguí conservar. La copia de los documentos de Isabel era distinta. Clara me dijo que contenía nombres y pagos, pero nunca me permitió verla.

—¿Y qué pasó con los registros?

Inés puso una mano sobre la carpeta, como si quisiera asegurarse de que siguiera allí.