El secreto del Hotel Miramar Capítulo 18 — El domicilio equivocado
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Capítulo 18 — El domicilio equivocado

El domicilio equivocado

La mañana siguiente amaneció cubierta por una niebla espesa que había borrado los contornos del puerto y convertido las calles de Puerto de la Niebla en pasillos grises.

Lucía llevaba varias horas despierta. Sobre la mesa del comedor del Hotel Miramar había extendido el cuaderno azul de Mercedes Acosta, las anotaciones de Adela y las fotocopias de los registros que su padre había entregado.

Había intentado encontrar una relación entre los nombres, las fechas y los números telefónicos, pero cada respuesta parecía abrir una pregunta nueva.

La anotación que más la inquietaba seguía siendo la misma: Clara — llamar solo después de recibir confirmación de A.

V. Al principio había pensado que aquellas iniciales correspondían a Adela Valdés, pero no podía demostrarlo.

Su abuela había mantenido contacto con Clara durante años, o al menos eso sugerían los documentos.

Sin embargo, si Adela sabía dónde encontrarla, ¿por qué no había dejado una dirección clara en su carta?

¿Y por qué había escrito que no confiara en todo lo que Mateo le dijera?

Lucía cerró el cuaderno cuando oyó pasos en el pasillo. Mateo apareció en la puerta con dos tazas de café y una carpeta bajo el brazo. Tenía el aspecto de quien había dormido poco y pasado buena parte de la noche pensando en lo mismo que ella.

—Rivas llamó hace unos minutos —dijo, dejando una taza junto a los papeles—. Consiguió información sobre el número que aparece en el cuaderno.

Lucía apartó las anotaciones para hacerle sitio.

—¿Encontró a Clara?

—Todavía no. El número estuvo registrado a su nombre en un domicilio de Balvanera hasta 1994.

Después figura una transferencia, pero el registro que consiguió consultar no incluye el nombre del nuevo titular.

Rivas cree que puede averiguar algo más si consigue localizar el archivo de la compañía telefónica.

—¿Y la dirección?

Mateo abrió la carpeta y sacó una hoja con una dirección escrita a máquina. Lucía la leyó dos veces. Era un edificio de apartamentos en una calle de Balvanera, en Buenos Aires, el mismo domicilio que figuraba en el registro antiguo.

—Podría haber vivido allí cuando recibió la carta de Mercedes —dijo ella—. Pero eso no significa que siguiera allí después.

—No. Aunque hay algo más. Rivas encontró una anotación vinculada con el cambio de titularidad. No es un documento oficial, sino una referencia en un registro auxiliar. Alguien pidió que las llamadas dirigidas a ese número no fueran derivadas a la nueva línea.

Lucía levantó la vista.

—¿Por qué alguien haría eso?

—Podría ser una decisión de Clara. O podría haber sido una manera de impedir que alguien la encontrara.

La segunda posibilidad dejó entre ambos un silencio incómodo.

Lucía volvió a mirar la dirección. Si Clara había querido desaparecer, tal vez no bastara con llamar a las puertas de un edificio donde ya no vivía.

Pero si otra persona había intervenido para aislarla, aquella anotación podía ser una de las pocas huellas que quedaban de su paradero.

—Tenemos que ir a Buenos Aires —dijo.

Mateo no respondió enseguida. Se acercó a la ventana y observó la calle desierta, donde la niebla comenzaba a disiparse lentamente.

—Podemos ir —aceptó—, pero antes deberíamos averiguar si Adela guardó algo más sobre ella. No creo que tu abuela anotara esa dirección por casualidad.

Lucía sintió una punzada de frustración.

Había revisado los documentos de Adela durante días, pero todavía quedaban cajas en el antiguo despacho del hotel.

Algunas contenían facturas, recibos de proveedores y correspondencia comercial que nadie había ordenado desde hacía años.

Hasta entonces, había considerado que esos papeles eran secundarios frente a las pruebas relacionadas con el puerto y la desaparición de su madre.

—El despacho —murmuró—. Hay dos cajas que no abrí. Estaban debajo del escritorio, detrás de los archivadores.

Mateo asintió.

—Entonces empecemos por ahí.

El despacho conservaba el olor de los libros viejos y de la madera encerada.

La luz entraba por una ventana estrecha, iluminando el polvo suspendido en el aire.

Lucía retiró las cajas de su escondite y las colocó sobre la alfombra.

La primera contenía documentos contables del hotel, organizados por año.

La segunda estaba llena de sobres, tarjetas de visita y hojas sueltas que Adela había guardado sin un orden aparente.

Trabajaron en silencio durante casi una hora.

Mateo revisaba las fechas de los recibos mientras Lucía clasificaba las cartas.

Encontraron correspondencia con proveedores, notas de huéspedes y varias facturas de reparaciones realizadas en el edificio durante la década de los ochenta.

Nada parecía relacionado con Clara hasta que Lucía descubrió un sobre amarillento, sin remitente, fechado en noviembre de 1986.

Dentro había una hoja doblada en cuatro. La letra era pequeña y regular, distinta de la de Adela. El mensaje no llevaba firma.

La línea ya no es segura. No vuelvas a llamar desde el hotel. Si recibes confirmación, usa el número nuevo. No preguntes por Isabel.

Lucía sintió que se le enfriaban las manos.

La fecha era posterior a la desaparición de su madre por unas semanas, y la referencia al hotel vinculaba aquella nota con el cuaderno de Mercedes.

No era una prueba de que Clara hubiera estado en contacto con Adela, pero la coincidencia resultaba demasiado precisa para ignorarla.

—¿Qué dice? —preguntó Mateo.

Lucía le entregó la hoja. Él la leyó despacio y luego la volvió a examinar, como si esperara encontrar una firma oculta en alguno de los pliegues.

—Alguien estaba intentando proteger una comunicación —dijo—. O controlar quién podía utilizarla.

—Y sabía que Isabel había desaparecido.

—Sí. Pero no sabemos si quien escribió esto estaba de su lado.

Lucía recuperó la nota y la acercó a la ventana. En el reverso había una pequeña marca de tinta, casi borrada: dos letras y una cifra. A. V. 21.

Las mismas iniciales del cuaderno, seguidas por un número que podía ser una fecha, una clave o una referencia a otra anotación.

—Adela —susurró Lucía—. Tiene que ser ella.

Mateo no pareció convencido.

—Es posible. Pero si tu abuela organizaba las comunicaciones, también pudo haber utilizado las iniciales de otra persona. No podemos darlo por hecho.

Lucía lo miró con impaciencia.

—Siempre encontramos una razón para no confiar en lo que tenemos delante.

—Y cada vez que damos algo por seguro, aparece un detalle que lo contradice. No quiero que terminemos siguiendo una pista falsa porque se parece a la respuesta que necesitamos.

La frase le molestó, en parte porque sabía que tenía razón.

En los últimos días, había acusado mentalmente a Tomás, sospechado de su padre y llegado a imaginar que Adela había ocultado información para proteger a alguien.

Cada una de esas hipótesis tenía algún fundamento, pero ninguna explicaba por completo lo ocurrido.

Continuaron revisando los papeles. En el fondo de la caja encontraron una tarjeta de visita de una compañía de teléfonos, con un número escrito a mano y la palabra Balvanera.

La tarjeta parecía haber sido guardada mucho después de la fecha de la nota.

En una esquina, Adela había escrito: No llamar hasta saber quién escucha.

Lucía sintió que el despacho se volvía más pequeño a su alrededor. Su abuela no solo había conservado documentos de la desaparición. Había seguido las huellas de alguien durante años, con suficiente cautela como para temer que hasta una llamada telefónica pudiera ponerla en peligro.

—No estaba esperando que la verdad apareciera sola —dijo Lucía—. Estaba investigando.

—Y quizá alguien lo sabía —respondió Mateo.

En ese momento sonó el teléfono del vestíbulo. Ambos se quedaron inmóviles. Desde que habían comenzado a investigar, cada llamada inesperada les provocaba la misma reacción: una mezcla de esperanza y temor que ninguno quería reconocer.

Lucía salió del despacho y levantó el auricular.

—Hotel Miramar.

Al otro lado no hubo respuesta inmediata. Solo se oyó una respiración tenue, seguida por un ruido que podía ser el roce de una mano contra el micrófono.

—¿Hola?

Una voz femenina respondió en un susurro.

—¿Está Lucía Valdés?

—Soy yo. ¿Quién habla?

La mujer tardó unos segundos en contestar.

—No debería haber llamado a este número.

Lucía apretó el auricular.

—¿Conoce a mi madre?

La respiración al otro lado se volvió irregular. Después, la mujer pronunció una frase que hizo que Lucía sintiera que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—Tu abuela me dijo que, si alguna vez preguntabas por el puesto de enlace, debía esperar hasta que tuvieras la fotografía del día veintiuno.

Lucía miró hacia el despacho, donde Mateo acababa de aparecer en la puerta.

—¿Quién es usted?

—No puedo decírtelo por teléfono. Hay cosas que todavía no sabes y que no deben quedar registradas.

—¿Es Clara Benítez?

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Lucía comprendiera que había acertado o que, al menos, había mencionado el nombre que la mujer temía escuchar.

—No vuelvas a llamar al número que figura en el cuaderno —dijo la voz—. Ese número ya no pertenece a nadie que pueda ayudarte.

—Entonces deme otro. Dígame dónde encontrarla.

La mujer soltó una exhalación temblorosa.

—Busca la dirección que Adela guardó después de la última llamada. No la que aparece en los registros oficiales. La otra.

—¿Qué dirección? ¿Dónde está?

Pero la mujer ya no parecía escucharla. Antes de cortar, dijo algo más, tan bajo que Lucía tuvo que pegarse el auricular al oído.

—Y no confíes en el hombre que llevaba el anillo negro. No fue el único que estuvo en la estación aquella noche.

La comunicación se interrumpió.

Lucía permaneció junto al teléfono, inmóvil, con el auricular todavía en la mano. Mateo se acercó despacio.

—¿Era Clara?

—No lo sé. Pero conocía a Adela y sabía lo de la fotografía del veintiuno. También sabe que el número del cuaderno está comprometido.

Mateo miró hacia la calle, visible a través de la puerta de entrada. La niebla se había levantado casi por completo, dejando al descubierto las fachadas y los vehículos estacionados frente al hotel.

—¿Dijo algo más?

Lucía dudó. La advertencia sobre el anillo negro podía referirse a Tomás, pero también a cualquier otra persona que hubiera estado en la estación.

Hasta ese momento, la investigación se había concentrado en identificar al hombre que había amenazado a Isabel.

Ahora aparecía una posibilidad más inquietante: quizá aquel hombre no había actuado solo, y la persona que había llamado acababa de confirmar que existía otro testigo.

—Dijo que buscáramos una dirección distinta de la que figura en los registros —respondió—. Una que Adela guardó después de la última llamada.

Volvieron al despacho y revisaron los sobres restantes.

Lucía buscó entre las facturas, las tarjetas y los papeles sueltos, mientras Mateo examinaba los márgenes de los documentos por si encontraba alguna anotación que hubiera pasado inadvertida.

Al cabo de unos minutos, Lucía descubrió un sobre pequeño pegado al fondo de la caja.

No tenía nombre ni dirección, pero el borde estaba sellado con una tira de cinta adhesiva envejecida.

Dentro había una tarjeta de cartón con una dirección escrita a mano. No era la de Balvanera, sino la de una casa en una calle tranquila de la zona sur del Gran Buenos Aires. Debajo, Adela había anotado una sola frase:

Clara no vive aquí. Aquí vive la persona que sabe dónde encontrarla.

Lucía leyó la frase en voz alta. Mateo se inclinó para examinar la tarjeta y reconoció, en la esquina inferior, la fecha: noviembre de 1996.

La dirección no era reciente, pero tampoco pertenecía a la época de la desaparición. Alguien había actualizado aquella pista dos años antes de la muerte de Adela.

—Tu abuela seguía buscando a Clara —dijo Mateo—. O mantenía contacto con alguien que podía localizarla.

Lucía guardó la tarjeta en el bolsillo interior de su abrigo.

—Entonces iremos a esa dirección.

—Antes voy a llamar a Rivas. Si la persona que vive allí tiene antecedentes, una relación con el puerto o alguna conexión con los registros de 1986, conviene saberlo antes de presentarnos.

Lucía aceptó, aunque la impaciencia le resultaba difícil de contener.

Por primera vez desde su regreso, tenía una pista que no dependía de una cinta deteriorada ni de la memoria incierta de un testigo.

Era una dirección conservada por Adela en una fecha relativamente reciente, una huella que podía conducirlos hasta Clara o hasta alguien que conociera el destino de su madre.

Mateo tomó la tarjeta y copió la dirección en una hoja aparte. Cuando se la devolvió, Lucía advirtió que él había dejado de mirar los documentos. Observaba la anotación del reverso, una frase que ella no había visto antes porque la tarjeta estaba pegada al fondo del sobre.

La letra era distinta de la de Adela. Alguien había escrito allí, con tinta negra y trazos firmes:

Si Clara habla, todos los nombres saldrán a la luz.

Debajo aparecía una firma abreviada, formada por dos iniciales.

T. S.

Lucía sintió que la sospecha volvía a instalarse entre ellos, más pesada que antes. Mateo tomó la tarjeta, pero no intentó ocultar las letras ni apartar la mirada.

—Puede ser una firma falsificada —dijo.

—Puede ser —respondió Lucía—. Pero también puede ser la primera prueba de que tu padre no fue el único Salvatierra que sabía quién era Clara.

Mateo palideció ligeramente. No discutió. Se quedó mirando las iniciales como si, de pronto, hubiera descubierto que el silencio de su familia era mucho más antiguo y peligroso de lo que había imaginado.

Afuera, una sirena sonó a lo lejos, en dirección al puerto.

Lucía guardó la tarjeta junto con los demás documentos y cerró la caja.

La dirección del sur de Buenos Aires les ofrecía una nueva oportunidad, pero las iniciales de Mateo habían abierto otra pregunta, una que ninguno de los dos estaba preparado para responder.

Porque si alguien había querido impedir que Clara hablara, y si Adela había seguido buscándola hasta 1996, entonces la desaparición de Isabel no era un secreto abandonado en el pasado.

Era una investigación que alguien había mantenido viva durante doce años.

Y quizá ese alguien todavía estaba dispuesto a matar para que siguiera enterrada.