El secreto del Hotel Miramar Capítulo 17 — La llamada pendiente
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Capítulo 17 — La llamada pendiente

La llamada pendiente

Mateo abrió la puerta del hotel y la dejó pasar.

Habían acordado llevar los documentos a Rivas antes de intentar cualquier llamada, porque la libreta podía contener datos importantes para localizar a Clara.

Lucía dejó sus cosas sobre el mostrador y llamó a la comisaría.

El subcomisario respondió personalmente.

—Tenemos información nueva sobre Clara Benítez —dijo ella—.

Encontramos una carta que le escribió a una antigua compañera de la central telefónica y una libreta con números, fechas y anotaciones.

Hay una referencia a mi abuela y otra que podría indicar que Clara seguía en contacto con alguien después de marcharse del pueblo.

—No toquen más la libreta —respondió Rivas—. Voy para allá. Quiero revisar los documentos antes de decidir cómo seguimos.

Lucía colgó y fue a la oficina para preparar la mesa. Mateo se quedó en la recepción, terminando de asegurar la cerradura de la puerta trasera. Cuando regresó, ella había colocado la libreta, la carta y una copia de la fotografía de Isabel junto a Clara sobre el escritorio.

—¿Crees que Adela sabía dónde estaba Clara? —preguntó él.

—Creo que sabía cómo ponerse en contacto con ella. No es lo mismo.

—¿Y si la llamó durante todos estos años?

Lucía miró la última página de la libreta.

—Entonces tendremos que averiguar por qué nunca me habló de ella.

Mateo se sentó frente a la mesa. Durante un instante pareció a punto de decir algo más, pero decidió guardar silencio.

Lucía conocía demasiado bien aquel gesto.

Lo había visto antes, cuando él estaba preocupado por algo que no quería compartir, y también cuando intentaba encontrar una respuesta que no terminara en otra discusión.

—Puedes preguntarme lo que quieras —dijo Mateo de pronto.

Lucía levantó la vista.

—Eso tendrías que haberlo dicho hace doce años.

Él aceptó la respuesta sin defenderse.

—Lo sé. No puedo cambiar lo que hice entonces. Solo puedo intentar no repetirlo ahora.

Lucía volvió a mirar los documentos. No estaba dispuesta a perdonarlo por una promesa pronunciada en el momento oportuno, pero empezaba a comprender que su relación con Mateo no podía reducirse únicamente a los errores del pasado.

Todavía había afecto entre ellos, aunque estuviera cubierto por una desconfianza que ambos tendrían que aprender a atravesar.

El subcomisario llegó poco después de las diez. Traía una carpeta nueva y un pequeño grabador de voz. Saludó a los dos y pidió que le contaran cómo habían conseguido la libreta.

Lucía le explicó la visita a Mercedes, el recuerdo de la antigua central telefónica y la carta que Clara había enviado después de abandonar Puerto de la Niebla.

Rivas escuchó con atención y examinó el sobre, la escritura y las fechas.

Después abrió la libreta por la primera página y comenzó a revisar los nombres anotados.

Había números de teléfono, iniciales, direcciones parciales y referencias a las comunicaciones del puerto.

Algunos estaban tachados; otros aparecían rodeados por círculos.

Junto a determinados números figuraba una fecha y una hora, como si Clara hubiera registrado llamadas realizadas o recibidas.

Las últimas páginas contenían varias anotaciones más recientes, aunque algunas fechas se habían desvanecido.

—¿Estos registros pertenecen todos a 1986? —preguntó Rivas.

—No —respondió Lucía—. Hay fechas posteriores. Vi una de 1989 y otra que parece de 1994.

El subcomisario se detuvo en la página que ella le señaló. En el margen, escrito con tinta azul, aparecía un número telefónico de Buenos Aires. Debajo figuraban las iniciales C. B. y una frase breve: No dejar mensaje. Esperar respuesta.

Rivas comparó la anotación con otras páginas.

—Esto es importante. Si la libreta se utilizó durante varios años, es posible que Clara siguiera comunicándose con alguien después de marcharse del pueblo. Necesitamos establecer a quién pertenecía ese número y si todavía está activo.

—¿Podemos llamarlo? —preguntó Mateo.

—Podemos intentarlo, pero antes voy a comprobar si existe algún registro que permita identificar al abonado. No quiero que una llamada inesperada ponga sobre aviso a una persona que todavía no sabemos si está relacionada con la investigación.

Lucía comprendía la precaución, aunque la espera empezaba a resultarle insoportable.

Cada vez que aparecía una dirección o un nombre nuevo, parecía que debían detenerse antes de llegar a la respuesta.

Sin embargo, Rivas estaba haciendo algo que ninguno de ellos podía conseguir por su cuenta: convertir los documentos en una investigación formal y comprobar las relaciones entre las personas mencionadas.

El subcomisario tomó nota del número y guardó la libreta dentro de una funda protectora.

—Voy a consultar el registro de domicilios y pedir que verifiquen los datos con la compañía telefónica. Mientras tanto, necesito que intenten recordar si Adela recibía llamadas que no quería atender delante de otras personas.

Lucía se quedó pensativa. Recordó las tardes en que su abuela se sentaba junto al teléfono de la recepción y bajaba la voz cuando alguien llamaba desde Buenos Aires.

En su infancia, aquello no le había parecido extraño.

El hotel recibía consultas de huéspedes, proveedores y familiares, y Adela acostumbraba atender personalmente los asuntos importantes.

Sin embargo, ahora esos recuerdos adquirían un significado distinto.

—Sí —respondió—. A veces se llevaba el teléfono a la oficina y cerraba la puerta. Yo pensaba que eran llamadas de trabajo, pero había ocasiones en que parecía preocupada después de colgar.

—¿Recuerdas quién llamaba?

—No. Nunca lo decía.

Mateo intervino.

—Yo también la vi hacer eso alguna vez. Después de que Isabel desapareció, mi padre dejó de frecuentar el hotel durante un tiempo. Recuerdo que Adela recibía llamadas y, cuando terminaban, se quedaba mirando por la ventana. Nunca nos explicó por qué.

Rivas anotó ambos testimonios.

—Puede que no tengan relación con Clara, pero conviene tenerlos registrados. Si las comunicaciones continuaron durante años, podrían ayudar a establecer cuándo se interrumpieron y quién estaba al otro lado.

El subcomisario cerró la carpeta y se dispuso a marcharse. Antes de salir, miró a Lucía con seriedad.

—No intenten localizar a Clara por su cuenta.

Si la encontramos, será importante que pueda hablar sin sentirse amenazada.

Y si ella sabe algo sobre lo que ocurrió con tu madre, necesitamos que comprenda que la investigación busca establecer los hechos, no obligarla a sostener una versión determinada.

Lucía asintió. No quería que Clara desapareciera otra vez antes de que pudieran hablar con ella.

Durante el resto de la mañana, el hotel permaneció tranquilo.

Mateo terminó de reparar el pestillo de la puerta trasera y revisó la ventana de la oficina, mientras Lucía ordenaba las copias de los documentos.

Al mediodía, la llamaron desde la comisaría.

Rivas había conseguido una primera referencia sobre el número de Buenos Aires: figuraba asociado a una vivienda de la zona de Balvanera, aunque el registro consultado no permitía confirmar si seguía perteneciendo a la misma persona.

—¿Es la dirección de Clara? —preguntó Lucía.

—Todavía no puedo afirmarlo —respondió Rivas—. Es una dirección vinculada al número que figura en la libreta. Voy a pedir una verificación adicional. No quiero que te hagas ilusiones antes de tener una confirmación.

—¿Y cuánto puede tardar?

—No lo sé. Depende de los registros disponibles y de si la compañía conserva información suficiente de aquella época.

Lucía agradeció la respuesta y colgó. Aunque la dirección podía ser una pista falsa, era la primera conexión concreta entre la libreta de Clara y Buenos Aires. Si lograban confirmar que ella había vivido allí, podrían reconstruir parte de sus movimientos después de abandonar Puerto de la Niebla.

Al terminar la llamada, Mateo apareció en la puerta de la oficina con dos platos y una jarra de agua. Había preparado algo sencillo para almorzar con los ingredientes que quedaban en la cocina. Lucía observó la comida y luego lo miró a él.

—No tenías que hacer todo esto.

—Lo sé. Pero tú tampoco tienes que resolver todo sin comer.

Ella sonrió levemente. Era una frase que Mateo habría podido pronunciar durante su adolescencia, cuando ella pasaba horas leyendo o escribiendo y olvidaba incluso que tenía hambre. El recuerdo le produjo una mezcla de ternura y tristeza.

—Todavía te acuerdas de algunas cosas —dijo.

Mateo dejó los platos sobre la mesa.

—Me acuerdo de muchas más de las que quisiera admitir.

Lucía se sentó frente a él. Comieron en silencio durante unos minutos, hasta que Mateo levantó la vista.

—¿Alguna vez pensaste en volver al pueblo antes de que muriera Adela?

Lucía dejó el tenedor.

—Sí. Muchas veces.

—¿Por qué no lo hiciste?

Ella tardó en responder. La pregunta no parecía una acusación, sino un intento de comprender algo que ambos habían evitado durante años.

—Porque cada vez que pensaba en volver, recordaba lo que pasó con mi madre. Y después recordaba lo que pasó entre nosotros. Me resultaba más fácil decirme que había dejado atrás todo aquello que aceptar que seguía doliéndome.

Mateo bajó la mirada.

—Yo también pensé en llamarte muchas veces.

—Pero no lo hiciste.

—No. Me convencí de que, si realmente querías hablar conmigo, me habrías llamado tú. Era una excusa para no enfrentarme a lo que había hecho.

Lucía lo observó durante unos segundos. Por primera vez, Mateo estaba reconociendo no solo el error de haber ocultado información, sino también el orgullo que había prolongado la distancia entre ellos.

Aquello no reparaba los años perdidos, pero hacía que la conversación pareciera menos una discusión pendiente y más un comienzo, aunque ninguno estuviera dispuesto a llamarlo así.

—No quiero que confundas esto con que todo está arreglado —dijo ella.

—No lo confundo.

—Todavía no sé cuánto puedo confiar en ti.

Mateo asintió.

—Lo entiendo. No te voy a pedir más de lo que puedas darme.

Lucía continuó comiendo sin responder. El afecto que todavía sentía por él no había desaparecido, pero ahora comprendía que no podía recuperar lo que habían tenido ignorando las razones por las que se habían separado.

Si alguna vez volvían a acercarse, tendría que ser de otra manera: sin silencios impuestos, sin decisiones tomadas en nombre del otro y sin exigir que el pasado dejara de doler antes de poder construir algo nuevo.

A primera hora de la tarde, Rivas llamó de nuevo. Esta vez, su voz sonaba más seria.

—Confirmé que el número de la libreta estuvo asociado a una vivienda de Balvanera durante varios años. El registro está a nombre de una mujer llamada Clara Benítez.

Lucía se puso de pie.

—¿Es ella?

—Coinciden el nombre y la zona, pero todavía no tengo una confirmación de identidad. El domicilio dejó de figurar a su nombre hace tiempo. Estoy tratando de averiguar si el registro se canceló porque se mudó o si hubo un cambio de titular.

—¿Tenemos alguna dirección posterior?

—Todavía no. Pero hay una anotación administrativa que indica que el servicio se trasladó a otro domicilio en 1994. Estoy intentando obtener ese registro.

Lucía sintió que una mezcla de esperanza y temor le recorría el pecho.

Clara había seguido en contacto con alguien relacionado con el pueblo durante años y, al menos hasta 1994, había vivido en Buenos Aires.

Eso significaba que no se había marchado sin dejar rastro, aunque todavía no sabían si seguía allí ni si aceptaría hablar con ellos.

—¿Cree que podremos encontrarla?

—Es posible. Pero necesito que tengas paciencia y que no llames al número por tu cuenta. Si sigue activo, podríamos alertar a alguien que no queremos poner sobre aviso.

La llamada terminó. Lucía permaneció junto al escritorio, mirando la libreta dentro de su funda.

La dirección de Balvanera podía conducirlos hasta Clara, pero también podía llevarlos a otra persona que hubiera utilizado el número años atrás.

No quería cometer el error de confundir una coincidencia con una prueba.

Mateo se acercó y leyó la expresión de su rostro.

—¿Hay novedades?

Lucía le contó lo que Rivas había confirmado. Él escuchó atentamente y después señaló la última página de la libreta.

—Mira la fecha que está al lado del número. No es 1994.

Lucía acercó la hoja a la lámpara. La tinta azul estaba parcialmente borrada, pero al inclinar el papel consiguió distinguir los números con mayor claridad. La fecha era de noviembre de 1996.

Debajo, la frase seguía siendo legible: No dejar mensaje. Esperar respuesta.

Lucía sintió un escalofrío. Si la fecha era correcta, alguien había utilizado aquel número dos años antes de la muerte de Adela.

Eso significaba que la comunicación podía haber continuado mucho después de que Clara abandonara Puerto de la Niebla y que su abuela había mantenido un vínculo con ella hasta los últimos años de su vida.

—Adela sabía que Clara seguía en contacto —dijo Lucía.

Mateo asintió lentamente.

—Y quizá sabía algo sobre tu madre que nunca llegó a contarte.

Lucía miró hacia la ventana. Afuera, el cielo volvía a oscurecerse, y el viento hacía temblar las ramas de los árboles del jardín.

Durante años había pensado que su abuela había callado porque temía hacerle daño.

Ahora comenzaba a sospechar que Adela había mantenido una comunicación secreta con Clara para conservar algo que todavía podía poner a muchas personas en peligro.

No sabía si la copia original seguía existiendo, ni quién había escrito las amenazas que habían encontrado en el hotel. Tampoco sabía si Clara estaba dispuesta a revelar lo que había ocurrido con Isabel después de aquella mañana de octubre de 1986.

Pero ahora tenían un dato que no podían ignorar.

La última comunicación registrada entre Clara y alguien relacionado con el Miramar podía situarse en noviembre de 1996, apenas dos años antes de que Lucía regresara al pueblo.

Si Adela había seguido hablando con ella hasta entonces, quizá no había estado esperando que su nieta descubriera la verdad por casualidad.

Quizá había estado preparando el camino para que, cuando llegara el momento, Lucía pudiera encontrar a la única persona que todavía conservaba una parte de la historia de Isabel.

Y si Clara había respondido a aquella última llamada, entonces aún podía saber dónde estaba la copia que todos llevaban años buscando.