Capítulo 16 — La central telefónica #2
—Durante algunos años. Clara era más joven que yo y tenía una memoria extraordinaria para las voces.
Podía reconocer a una persona por la manera de respirar antes de que dijera su nombre.
También era muy cuidadosa con los mensajes que transmitía.
Si alguien pedía que se comunicara algo de manera urgente, ella lo anotaba para asegurarse de que llegara a la persona correcta.
Lucía sintió que aquella descripción coincidía con la idea que se había formado de Clara a partir de los documentos.
—¿Recuerda si conocía a mi madre?
Mercedes permaneció pensativa unos segundos.
—Sí. Isabel venía a la central de vez en cuando. No necesitaba llamar a nadie por trabajo todos los días, pero a veces pedía una línea privada o dejaba un mensaje para una persona que no quería recibirlo en su casa. Clara solía atenderla.
—¿Y recuerda algo de octubre de 1986?
La mujer bajó la mirada hacia la taza que tenía entre las manos.
—Recuerdo que hubo varias llamadas extrañas durante aquellos días.
Algunas llegaban desde teléfonos públicos y otras desde oficinas del puerto.
No todas tenían un destinatario claro. A veces alguien llamaba para preguntar si determinada persona había estado en la estación o si había salido del pueblo.
Clara se inquietó bastante. Me dijo que no le gustaba la forma en que algunas personas utilizaban la central para averiguar cosas que no les correspondían.
—¿Escuchó alguna amenaza?
Mercedes negó con la cabeza.
—No directamente. En aquella época, las operadoras conectábamos llamadas entre líneas y podíamos oír fragmentos cuando se producían interferencias, pero no nos dedicábamos a escuchar conversaciones ajenas.
Clara, sin embargo, recibió una llamada una tarde que la dejó muy alterada.
Después salió de la oficina y no regresó hasta el día siguiente.
Lucía sintió que se le aceleraba el corazón.
—¿Recuerda la fecha?
Mercedes cerró los ojos, intentando reconstruir el recuerdo.
—Creo que fue el 21 de octubre. No podría asegurarlo, pero fue durante la misma semana en que desapareció Isabel.
Clara llegó temprano a la mañana siguiente, pidió hablar conmigo y me dijo que iba a dejar el trabajo.
Le pregunté qué había ocurrido, pero me contestó que necesitaba marcharse del pueblo durante un tiempo.
—¿Le dijo por qué?
—No con claridad. Me explicó que había escuchado algo que no debía haber escuchado y que alguien podía pensar que ella sabía más de lo que realmente sabía. Tenía miedo, pero también parecía convencida de que había tomado la decisión correcta.
Lucía miró a Mateo. El testimonio de Mercedes encajaba con la nota encontrada en la tarjeta de Adela y con el registro del puesto de enlace.
Clara había estado involucrada en las comunicaciones del puerto, había recibido una llamada que la alteró y había abandonado su empleo poco después de que Isabel desapareciera.
—¿Sabe adónde se fue? —preguntó Lucía.
Mercedes negó con la cabeza.
—Me dijo que tenía una pariente en Buenos Aires, pero no quiso darme la dirección. Después me escribió una vez. Fue una carta breve, en la que me pedía que no intentara buscarla y que, si alguien preguntaba por ella, dijera que no sabía dónde estaba.
—¿Todavía conserva esa carta?
Mercedes permaneció en silencio durante unos segundos. Después se levantó y fue hasta el aparador. Abrió un cajón, apartó varias fotografías y sacó un sobre amarillento, cuidadosamente doblado en los extremos.
—La guardé porque me pareció extraño que me pidiera algo así. Nunca pensé que pudiera estar relacionado con la desaparición de Isabel, pero ahora que me lo cuentas, no estoy tan segura.
Lucía tomó el sobre con cuidado. En el frente aparecía su nombre, escrito con una caligrafía que no reconoció inmediatamente. Debajo, en letras más pequeñas, figuraba una fecha: 4 de noviembre de 1986.
Lo abrió lentamente. Dentro había una hoja escrita a mano.
Mercedes:
Perdoname por marcharme sin despedirme. No puedo explicar lo que ocurrió en la central, pero necesito que me creas cuando te digo que no fue un error de conexión ni una confusión de nombres. Alguien utilizó una llamada para localizar a una persona que no debía ser encontrada.
No sé qué consecuencias tendrá lo que escuché. Solo sé que no puedo quedarme aquí y fingir que nada ha pasado. Si algún día alguien pregunta por Isabel, no digas que la escuchaste hablar con una voz desconocida. No quiero que te ocurra lo mismo que a mí.
Clara.
Lucía levantó la mirada. Mercedes parecía arrepentida de haber guardado aquella carta durante tanto tiempo.
—¿Qué significa que alguien utilizó una llamada para localizar a una persona? —preguntó Lucía.
Mercedes se sentó lentamente.
—Eso es lo que nunca llegué a comprender. Clara no me contó qué había escuchado ni a quién se refería. Solo me dijo que la llamada se había realizado desde una línea que no debía haber estado conectada con la central aquella noche.
Mateo se inclinó hacia delante.
—¿Una línea del puerto?
—Podría haber sido. En aquella época había conexiones internas que se utilizaban para comunicar los talleres, las oficinas de carga y algunos puestos de vigilancia.
No todas pasaban por el mismo tablero. Si alguien utilizó una línea privada sin autorización, era posible que la operadora no supiera desde dónde se había originado la llamada.
Lucía volvió a leer la carta. No mencionaba el nombre de Isabel directamente salvo en la última frase, pero parecía claro que Clara había temido que alguien utilizara las comunicaciones para vigilar a quienes estaban relacionados con la desaparición.
También podía explicar por qué había decidido marcharse del pueblo y pedir que nadie intentara encontrarla.
—¿Sabe dónde está ahora? —preguntó.
Mercedes negó lentamente con la cabeza.
—No. Pero hay algo que nunca te conté porque pensé que no tenía importancia. La última vez que vi a Clara, me dejó una pequeña libreta con números de teléfono escritos a mano. Me pidió que la guardara hasta que alguien viniera a buscarla. Nunca volvió por ella.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Todavía la tiene?
Mercedes asintió y se levantó. Fue hasta una habitación contigua y regresó con una caja de madera pequeña, cuya tapa estaba sujeta con un cierre metálico.
Dentro había varias fotografías, un llavero y una libreta de tapas azules.
Las páginas estaban amarillentas y algunas tenían los bordes doblados.
En la primera hoja aparecían varios nombres, fechas y números de teléfono.
Entre ellos, Lucía reconoció el de la central telefónica y el de la oficina del puerto.
En la última página había una anotación que le llamó la atención.
Clara — llamar solo después de recibir confirmación de A.V.
Lucía se quedó inmóvil. Las iniciales A.
V. podían corresponder a Adela Valdés, su abuela, aunque también podían pertenecer a otra persona.
Lo importante era que Clara había dejado instrucciones para que una llamada solo se realizara después de recibir una confirmación de alguien identificado con esas iniciales.
—¿Reconoce estas letras? —preguntó.
Mercedes observó la página.
—No podría asegurarlo. Clara utilizaba abreviaturas para mantener algunos nombres fuera de la libreta. Nunca me explicó qué significaban.
Lucía cerró el cuaderno con cuidado. Por primera vez desde que había regresado al pueblo, tenía la certeza de que su abuela había mantenido una relación directa con Clara después de la desaparición de Isabel.
No sabía si Adela había ayudado a su hija a ocultarse, si había recibido información de la telefonista o si había sido la persona encargada de mantener viva una conexión que nadie más conocía.
Pero la anotación demostraba que Clara no había desaparecido sin dejar rastro. Había previsto que alguien pudiera necesitar encontrarla, y había dejado instrucciones para que esa búsqueda se realizara bajo determinadas condiciones.
Mateo miró a Lucía.
—Tenemos que llevarle esto a Rivas.
Ella asintió y guardó la carta y la libreta en un sobre protector.
Antes de marcharse, agradeció a Mercedes su ayuda y le prometió que no divulgaría la información sin consultarla primero con el subcomisario.
La mujer la acompañó hasta la puerta y se quedó observándolos mientras se alejaban por la acera.
El cielo había comenzado a oscurecer sobre la plaza.
Lucía llevaba la libreta apretada contra el cuerpo, consciente de que acababan de encontrar otra pieza de la historia de Isabel.
Clara había escuchado una conversación que nunca llegó a explicar, había abandonado su trabajo y había dejado instrucciones para que alguien pudiera localizarla más adelante.
Y ahora sabían que Adela estaba relacionada con esa búsqueda.
Cuando llegaron a la esquina, Lucía se detuvo y volvió a abrir la libreta para examinar la última anotación. Debajo de las iniciales A. V. había una fecha escrita con tinta azul: 21 de octubre de 1986.
El mismo día en que Isabel había sido fotografiada en el puesto de enlace.
Lucía cerró el cuaderno y miró hacia el mar.
Había pasado doce años creyendo que su madre había desaparecido de manera inexplicable.
Ahora empezaba a comprender que, quizá, varias personas habían intentado ayudarla a conservar los documentos y mantenerla a salvo, aunque ninguna hubiera conseguido protegerla de lo que finalmente ocurrió.
Pero todavía no sabía quién había ordenado aquellas llamadas, quién había utilizado el anillo negro para intimidar a los testigos ni por qué la copia original seguía desaparecida.
Lo único que empezaba a quedar claro era que Clara Benítez había escuchado algo que podía cambiarlo todo.
Y Lucía estaba cada vez más cerca de averiguar qué había sido.