El secreto del Hotel Miramar Capítulo 16 — La central telefónica
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Capítulo 16 — La central telefónica

La central telefónica

Lucía no conseguía dejar de preguntarse qué había sucedido entre ambas. ¿Habían acordado una fuga? ¿Había intentado Clara ayudar a su madre a salir del pueblo? ¿O habían descubierto algo tan peligroso que la única manera de protegerse consistía en desaparecer de la vida de los demás?

—¿Qué sabemos realmente de Clara? —preguntó después de varios minutos.

Rivas mantuvo la mirada en la carretera.

—Trabajaba en la central telefónica y conocía los movimientos del puerto porque atendía numerosas llamadas de comerciantes, empleados y particulares.

Según Federico, ayudó a tu madre a conservar una copia de ciertos documentos.

También sabemos que abandonó el pueblo poco después de octubre de 1986.

Lo que todavía no sabemos es por qué se marchó ni si lo hizo por decisión propia.

—Federico dijo que se fue a Buenos Aires.

—Eso cree, pero no tiene una dirección. Voy a pedir que revisen los antiguos registros laborales y los domicilios que constaban en la central. Si encontramos una referencia fiable, podremos localizarla.

Lucía bajó la mirada hacia la fotografía.

Clara aparecía parcialmente de perfil, con el cabello recogido y una carpeta apretada contra el cuerpo.

No parecía una persona que hubiera sido sorprendida por la cámara.

Más bien daba la impresión de que sabía que estaba siendo fotografiada y que había aceptado permanecer allí el tiempo suficiente para dejar constancia de su encuentro con Isabel.

—¿Quién tomó esta fotografía? —preguntó.

—Eso también necesitamos averiguarlo —respondió Rivas—. Alguien quiso conservar una prueba de que ambas estuvieron juntas. Puede haber sido una persona que intentaba protegerlas o alguien que necesitaba vigilarlas. La imagen, por sí sola, no nos permite decidirlo.

Mateo observó la fotografía desde su asiento.

—En el puesto de enlace había una mesa orientada hacia la ventana. Si la imagen fue tomada desde la puerta, el fotógrafo estaba dentro de la habitación. Eso significa que probablemente tenía acceso al lugar.

Rivas asintió.

—Es una posibilidad. Cuando tenga el informe preliminar de las fotografías que tomó el agente, podremos comparar la posición de los objetos y determinar desde dónde se hizo la toma. No espero que eso nos dé un nombre, pero quizá permita reconstruir la escena.

Lucía guardó la fotografía y se apoyó contra el respaldo.

Estaba cansada de seguir pistas que conducían a otras preguntas, pero sabía que no podía esperar que una sola prueba resolviera doce años de incertidumbre.

Cada persona que habían encontrado recordaba una parte distinta de aquella semana, y ninguna parecía haber conocido la historia completa.

Tal vez Isabel había dividido deliberadamente la información entre varias personas para evitar que una amenaza pudiera destruirla de una sola vez.

Al llegar al hotel, Rivas estacionó frente al porche y les pidió que lo acompañaran hasta la oficina.

Quería anotar formalmente la declaración de Federico, registrar la fotografía de Clara y agregar la dirección encontrada entre los papeles de Adela.

Antes de marcharse, prometió ponerse en contacto con ellos en cuanto obtuviera información sobre la antigua central telefónica.

Lucía y Mateo permanecieron en la oficina después de que el subcomisario se fue. Durante unos minutos, el único sonido fue el del reloj que colgaba sobre la puerta.

—¿Te acuerdas de la central? —preguntó Mateo.

Lucía levantó la mirada.

—Sí. Era un edificio pequeño, cerca de la plaza. De chica me parecía enorme porque había un tablero lleno de luces y cables. Mi madre me llevó una vez para que conociera a Clara. Recuerdo que ella me dejó sentarme junto a la mesa mientras atendía unas llamadas.

Mateo sonrió levemente.

—Yo también estuve allí alguna vez. Mi padre tenía que comunicarse con otros talleres y, cuando las líneas estaban ocupadas, iba directamente a la central. Pero nunca hablé demasiado con Clara.

Lucía intentó reconstruir aquel recuerdo.

Era una tarde de invierno y la lluvia había impedido que jugara en el jardín del hotel.

Isabel la había llevado consigo porque debía entregar unos documentos.

Clara había sido amable y le había ofrecido un caramelo mientras conectaba una llamada.

Lucía recordaba las luces del tablero y la manera en que la mujer podía escuchar una conversación, desconectar una línea y establecer otra en cuestión de segundos.

Entonces le había parecido un trabajo fascinante.

—Mi madre confiaba en ella —dijo—. Si la eligió para entregarle los documentos, debía tener una razón.

—Tal vez Clara sabía quién estaba llamando a quién. En una central de ese tipo, la operadora podía conocer el origen y el destino de muchas comunicaciones, aunque no necesariamente el contenido de todas.

Lucía se levantó y caminó hasta la ventana.

—Si alguien utilizó el teléfono para amenazar a mi madre, Clara podría haberlo sabido.

—O quizá recibió alguna de esas llamadas directamente.

La posibilidad la hizo volver la cabeza.

—¿Crees que por eso se marchó?

Mateo tardó en contestar.

—No lo sé. Pero si estaba ayudando a Isabel y conocía los movimientos de las personas implicadas, es posible que también se convirtiera en un objetivo.

Lucía guardó silencio. La amenaza que había recibido por teléfono en el hotel había sido breve y precisa.

La voz masculina sabía que estaba investigando y le había advertido que no siguiera los pasos de su madre.

Si alguien había utilizado el mismo método para intimidar a Isabel en 1986, Clara podía haber sido una de las pocas personas capaces de reconocer el origen de aquellas llamadas.

—Quiero ver la central —dijo finalmente.

Mateo miró el reloj.

—Podemos acercarnos, pero Rivas nos pidió que no investigáramos por nuestra cuenta.

—No vamos a entrar ni a tocar nada. Solo quiero comprobar si el edificio sigue allí y averiguar quién lo utiliza ahora.

Mateo dudó antes de asentir. No parecía convencido de que fuera una buena idea, pero tampoco intentó detenerla.

Salieron del hotel a pie poco después de las cuatro y caminaron hasta la plaza principal.

La antigua central telefónica se encontraba en una calle lateral, entre una farmacia y una casa de artículos eléctricos.

El edificio había cambiado de aspecto. La fachada conservaba la puerta de madera y dos ventanas estrechas, pero el cartel de la empresa telefónica había desaparecido y una persiana metálica cubría parte de la entrada.

Lucía se detuvo frente al local. Durante su infancia, aquel lugar había sido una ventana hacia el mundo exterior.

Allí se recibían noticias de familiares lejanos, se concertaban visitas y se escuchaban los avisos que llegaban desde el puerto.

Ahora parecía un establecimiento comercial cualquiera, sin señales de la función que había cumplido durante tantos años.

La puerta estaba abierta. En el interior, un hombre acomodaba cajas de lámparas y materiales eléctricos sobre unos estantes. Cuando los vio, dejó lo que estaba haciendo y se acercó.

—Buenas tardes. ¿Necesitan algo?

Lucía le explicó que estaba buscando información sobre la antigua central telefónica y que quería saber si todavía conservaban documentos o registros de los años ochenta. El hombre escuchó con atención y después negó con la cabeza.

—La central dejó de funcionar aquí hace años. La empresa trasladó los equipos a otra instalación y se llevó casi todos los registros técnicos. Yo alquilé el local después. No queda mucho de lo que había antes.

—¿Y sabe quién trabajaba aquí en 1986? —preguntó Lucía—. Busco a una mujer llamada Clara Benítez.

El hombre frunció ligeramente el ceño.

—El nombre me suena, pero yo no la conocí. Tengo entendido que algunas de las antiguas empleadas se trasladaron cuando cerraron la oficina. Si necesitan encontrar registros de personal, tendrán que hablar con la compañía telefónica o con el municipio.

Lucía agradeció la información y salió con Mateo.

La visita no les había dado ninguna respuesta concreta, pero había confirmado que el edificio ya no conservaba los equipos ni los libros de la época.

Si existía algún registro de las llamadas que Isabel había realizado, tendría que estar archivado en otro lugar.

Mientras regresaban hacia la plaza, Mateo señaló una casa baja situada detrás de la farmacia.

—Creo que allí vive Mercedes Acosta. Trabajó durante años en la central, aunque no sé si llegó a coincidir con Clara.

Lucía miró la casa. Recordaba vagamente el apellido.

Mercedes había sido una mujer de cabello oscuro que aparecía algunas veces en las reuniones del pueblo y que conocía a casi todos los trabajadores de la estación y del puerto.

Si seguía viviendo allí, tal vez pudiera explicar cómo se organizaban las comunicaciones en 1986.

Se acercaron a la puerta y llamaron. Una mujer mayor apareció al cabo de unos segundos, apoyándose en el marco. Su cabello estaba recogido en un moño sencillo y llevaba un delantal sobre una blusa clara. Cuando Lucía se presentó, la mujer tardó unos instantes en reconocerla.

—Eres la nieta de Adela —dijo finalmente—. Te recuerdo de cuando venías con Isabel. Siempre llevabas un libro bajo el brazo.

Lucía sonrió con tristeza.

—Sí. Hace mucho tiempo.

Mercedes los invitó a pasar. La casa olía a té y a pan recién horneado. En la sala había una radio encendida a bajo volumen, varias fotografías familiares y un aparador con tazas de porcelana. Mercedes les indicó que se sentaran junto a la ventana y fue a preparar una tetera.

Lucía aprovechó para explicarle por qué habían regresado al pueblo y qué estaban intentando averiguar. Mencionó la desaparición de Isabel, la fotografía del puesto de enlace y el nombre de Clara Benítez.

Al escuchar ese nombre, Mercedes dejó la tetera sobre la mesa.

—Clara —repitió—. Hace mucho que nadie me pregunta por ella.

—¿Trabajaron juntas? —preguntó Lucía.

Mercedes asintió lentamente.